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Los pasos perdidos de la nadadora guatemalteca Valerie Gruest

Valerie Gruest.

Valerie Gruest.

A los 17 años, edad en la que los jóvenes ansían comerse con cáscara las manzanas de la vida, la guatemalteca Valerie Gruest agradece los pasos que se ha perdido de caminar porque gracias a ellos anda por Río 2016 con una alegría pueril.

“Estoy aquí para disfrutarlo todo, no tengo posibilidades de medallas porque aún no he madurado como nadadora pero mañana será el día que imagino hace 17 años”, dijo la especialista en 800 metros estilo libre.

Valerie conoció el sabor del agua con cloro a los 18 días de nacida, cuando la lanzaron a una alberca, y a los 4 años participó en su primera competición internacional, un festival acuático en Islas Caimán, después del cual vivió como si uno de sus pulmones fuera de anfibio y estuviera destinada a pasar una parte de su existencia en una piscina.

“Mi mamá nadó en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 y mi tía lo hizo en los de Atenas 2007; hasta allá fui a verla y la consecuencia fue que hice click con el deporte, decidí ser nadadora, y ahí empecé mi locura”, asegura.

Tiene una dentadura blanca y unos ojos color café que parecen sonreír cuando pasea por la villa con una actitud que hace pensar en una estudiante acabada de salir de la Secundaria adoradora de los olímpicos como si no fuera uno de ellos.

“Este es de Botswana, este otro de Perú, y los demás del equipo de boxeo de Estados Unidos y del de Ecuador”, dice mientras toca cada pin incrustado en su acreditación.

Si bien tiene una historia de vida bonita, Valerie es una buena nadadora, la primera guatemalteca en clasificarse a la natación olímpica con una marca A con sus 8:33.28 minutos en una competencia en Bahamas a finales del pasado mes de junio.

Con su historial desde la categoría de alevines, cualquiera piensa que la chica no tuvo niñez. Es todo lo contrario, siempre encontró tiempo para tratar de tú a sus muñecas y todavía presume de ser amiga de sus amigos con quienes viola la dieta de deportista en restaurantes de pastas y heladerías de Guatemala.

Su entrenadora es su madre, Karin Slowing, decimonovena en los 800 libres en Los Ángeles 1984, quien acepta que su hija no será protagonista en Río 2016, pero pronostica que su carrera deportiva tendrá un cambio porque no será la misma luego de nadar al lado de las mejores del mundo.

Puede ser verdad, aunque el giro lo provocará el cambio de entrenamiento. En septiembre comenzará a estudiar economía en una Universidad de el estado estadounidense de Illinois y tendrá mucho margen para mejorar sus registros.

“Llevo 17 años en el agua y ponerme en el bloque de salida será la recompensa por cumplir siete horas diarias de trabajo desde mi etapa de niña y será algo hermoso tocar la pared”, reitera.

Por estar en la piscina, Valerie Gruest se ha perdido tantos pasos como los que emplearía si caminara de Río de Janeiro a Guatemala. Ha sido una buena inversión porque ya está entre las mejores nadadoras de América Latina y siquiera llegó a la madurez.

“Todavía me pasan cosas. Aquí mismo en Río hace unos días tragué agua en la alberca”, revela con picardía, como si contara un secreto relacionado con sus pasos perdidos.


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