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Lección de futbol y calidad al Tricolor

(Jeff Chiu / AP)

El presente de Juan Carlos Osorio, entrenador de la selección mexicana, tuvo un cambio radical la noche del sábado en Santa Clara cuando el Tricolor fue humillado por Chile en los cuartos de final de la Copa América Centenario.

Después de 90 minutos y siete goles en contra, a nadie le interesaba el récord de 22 partidos invicto al que había llegado México en partidos internacionales. Tampoco importaban los 10 juegos invicto que tenía Osorio bajo su mando con el Tricolor.

El sábado por la noche, México sufrió la goleada más vergonzosa en su historia, en un torneo con prestigio, ante más de 70,000 aficionados que al final coreaban los “oles” en contra del Tricolor e insultaban a su propio arquero.

Chile les dio una lección de futbol, tal como había sucedido dos días antes del inicio de la Copa América Centenario en San Diego, a pesar de que esa noche Javier Hernández les salvó la noche y el Tri obtuvo una victoria que lo alejó de la realidad.

Tras el 7-0, los periodistas en la sala de prensa de Levi’s Stadium comenzaron a cuestionar los movimientos de un estratega que hasta ese entonces estaba gozando de “una luna de miel” con los aficionados y la prensa mexicana.

Los periodistas, quienes antes de la derrota estaban encantados con el colombiano, enfocaron sus críticas en su alineación de constantes cambios partido a partido, experimentos de posiciones de jugadores, la exclusión de Rafa Márquez, la decisión de utilizar a varios porteros, y más excusas que salieron sobrando.

Osorio tardó en salir a la conferencia de prensa tras el partido, en una sala que lo esperaba lleno de periodistas mexicanos con caras largas, chilenos con sonrisas de oreja a oreja y varios “neutrales” incrédulos por lo que habían visto.

El exentrenador del Sao Paulo de Brasil comenzó con una disculpa hacia la afición mexicana, mientras que al mismo tiempo los jugadores del Tricolor como Javier Hernández, Rafa Márquez, Andrés Guardado y Guillermo Ochoa daban la cara a los medios, disculpándose de la penosa actuación.

Luego Osorio aceptó sus pecados.

“Pienso que me equivoqué en todo, quisimos buscar la posesión, nos ganaron la pelota cada vez que buscamos la pelota en largo”, expresó Osorio, quien heredó un Tricolor en buen momento, tras la coronación en la Copa Oro con Miguel Herrera y la clasificación a la Copa Confederaciones gracias a Ricardo Ferretti.

En su primera derrota con el Tri, Osorio empleó un 4-3-3 al igual que Chile. Los jugadores que utilizó tenían experiencia y en el mismo torneo habían desarmado a Uruguay. Sus elementos habían enseñado rapidez, técnica, talento y atrevimiento. Pero Chile demostró que es mejor, mucho mejor, en cada uno de esos departamentos.

La Roja fue superior en cada pelota dividida, tal como sucedió en San Diego, cortó cada pase veloz de México y contraatacó con la misma rapidez y mayor agresividad, como dando una muestra de “como se deberían de hacer las cosas” en otro nivel.

Sus jugadores claves son mejores y más maduros que los del Tricolor. Aunque Miguel Layún, Héctor Herrera y Jesús ‘Tecatito’ Corona estén teniendo una buena temporada en el Porto de Portugal, Andrés Guardado haya ganado títulos con el PSV Eindhoven y Javier Hernández haya sobresalido con el Bayer Leverkusen de Alemania, y Ochoa siga tapando en el Málaga; la calidad de Alexis Sánchez en la Premier League, Arturo Vidal, pieza fundamental del Bayern Munich, Gary Medel, un pilar del Inter y el liderazgo de Claudio Bravo, arquero del Barcelona, fueron superiores en todos los sentidos.

“Cuando dos equipos juegan el mismo sistema, un sistema espejo, 4-3-3 contra un 4-3-3, al final se impone la calidad técnica de los jugadores. Vidal ganó en el futbol aéreo todo el tiempo”, expresó Osorio sobre la superioridad técnica, física e individual de cada jugador chileno.

La afición mexicana también ha sido víctima de un espejismo, creado por los organizadores que se llenan los bolsillos gracias a su patriotismo. A pesar de que México tenía un récord de 22 partidos invictos, varios de esos partidos habían sido en eliminatorias ante rivales de baja calidad y en encuentros amistosos del Tricolor, con la finalidad de recaudar dinero más que mejorar su nivel futbolístico.

El sábado, ese equipo que tenía la mejor racha en el mundo se desinfló como un globo y sus jugadores comenzaron a jugar con dudas, con miedo y sin hambre. El Tricolor comenzó a jugar como el equipo que es: un conjunto de jugadores que hasta el momento no ha ganado nada, pero que gracias a su afición y a la mercadotécnica, los ha elevado a tener estatus de ídolos.

El sábado, un equipo mucho mejor, el campeón de América, volvió a poner a la afición mexicana, a su técnico y a sus propios jugadores con los pies en la tierra.

La derrota y la humillación no es el fin del mundo. Los mejores se han levantado de humillaciones. Solo se espera que tanto los jugadores, como su afición, tengan buena memoria y se acuerden de aquella noche oscura en Santa Clara, California, cuando nuevamente se sientan campeones del mundo, sin serlo.


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