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El día que me quise morir

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Lo recuerdo como si fuera hoy: estacionado en algún rincón de San José, pegué mi cabeza al volante con fuerza para esconderme y lo sujeté firme con mis dos manos y lloré, lloré y lloré, hasta que las lágrimas se me acabaron.

Los únicos pensamientos que revoloteaban en mi mente eran: ¡Quiero morirme ya! ¡Debe ser tan delicioso estar muerto y libre ya de este infierno!

Ese día toqué fondo. Ese día se dieron cita en mi vida todos mis fantasmas, todos mis miedos, todos mis monstruos. Ese día mis peores pesadillas se hicieron realidad. Ese día llegué hasta el final de un callejón sin salida. Todas mis derrotas se hicieron presentes.

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Ese día se terminó de derrumbar como un castillo de naipes todo lo que yo había construido por años. Tenía apenas 32 años y había perdido carro, casa, empleo, reputación, era víctima de una atroz persecución y estaba a punto de perder también la libertad.

El mundo entero se me vino encima. Parecía que el destino confabulaba macabramente para llevarme al punto más negro de mi existencia. Confieso que no entendía nada. No lograba digerir como la vida podía ensañarse con tal fuerza contra un simple mortal que no mataba ni una mosca.

Sí, lo confieso: ese día estuve a instantes de tomar la trágica decisión de acabar con mi existencia. Ese fue el día para decidir si me perdía irremediablemente en esa oscuridad o si hacía algo, lo que fuera, para empezar a ver de nuevo la luz.

La vida tiene esos extrañísimos parteaguas. Yo decidí, con más resignación que fe, lo acepto, empezar de nuevo a buscar la luz.

Fue un proceso largo, complicado, una especie de montaña rusa que me daba apenas algunos sorbos instantáneos de felicidad y todavía muchos tragos amargos de desdicha, miedo, resentimiento y toneladas de inseguridades.

Pasé por tantas terapias, iglesias, cursos, talleres y hasta algunas hierbas, en busca de la pócima para ser de verdad feliz. Busqué, busqué y busqué sin cesar.

Ahora entiendo que todo tiene que ver con buscar, con buscar incansablemente hasta encontrar. Ahora entiendo que uno se convierte en eso a lo que le regala tiempo y atención en su vida. Ahora entiendo que solo merecen ser felices quienes hacen de la búsqueda de su felicidad, su norte, su misión, su tarea más importante en la vida.

El asunto cuajó, poco a poco, pero cuajó. Fui encontrando trozos de esa felicidad, trozos que se fueron haciendo más y más grandes.

Y lo hice a punta de tantas técnicas, de tantos métodos, de tantas actividades de crecimiento personal, espiritual, de motivación, de desarrollo humano.

¿Qué cuál es la técnica más efectiva? Yo digo que todas…o ninguna. Depende solo de si abrimos o no el corazón y la mente, como abrir las puertas de par en par, sin miedo, decididos a sanar, a crecer, a reconstruirnos, a sacar todo lo maravilloso que anida en algún rincón de nosotros, pero que hemos dejado perdido en medio de tantas distracciones que el mundo nos ofrece.

¡Vaya ironía! ¡Vaya paradoja! Yo, el casi suicida, tengo ahora como labor, compartir con cientos de personas trucos, consejos, técnicas, herramientas, para volver a creer, para levantarse, para sacar lo mejor de sí y ofrendarlo al mundo.

La vida tiene esos raros recovecos, esos extraños vericuetos. Pero cuando uno aprende a ver el bosque completo sin ensañarse con la rama que hoy le estorba, empieza a entenderlo todo; comienza a descubrir un propósito maravilloso hasta en las piedras que se atraviesan en el camino.

No soy quien para decir si lo que hago ahora, si lo que comparto con cientos de personas a través de lo que escribo, de los seminarios y conferencias que imparto, lo hago bien o lo hago mal. Solo puedo jurarles que me sale del rincón más hermoso del corazón.

Solo puedo asegurarles que si yo, que fui un saco lleno de miedos, inseguridades y otros muchos demonios, pude salir de allí, usted puede, él puede, ella puede; todos podemos, porque todos estamos hechos del mismo barro; todos llevamos lo mismo en el corazón.

Hoy sé que mi vida tiene muchas tareas pendientes, mucho terreno aun por arar, pero tiene especialmente una gran misión: ser feliz, ser inmensamente feliz; porque solo siendo muy feliz podré decir al partir que valió la pena vivir.

Arturo Álvarez es escritor coach, conferencista y motivador. Es el autor del libro La Oruga que quería ser Mariposa. Imparte talleres de crecimiento personal abiertos al público en Estados Unidos, Costa Rica y otros países. También realiza múltiples capacitaciones para empresas u organizaciones públicas y privadas. elcorreodearturoalvarez@gmail.com

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