El cuento chino de la campeona María Espinoza

Quizá como agradecimiento a China, el lugar donde se hizo campeona olímpica y mundial de taekwondo, a los 29 años la mexicana María Espinoza rige su vida por un proverbio de aquel país, según el cual a veces pesa más la calidad.

"La calidad más que la cantidad, la edad deja eso; ahora uno se regula y tiene la madurez para saber qué es lo mejor", aseguró la peleadora con tres medallas olímpicas, oro en Beijing 2008, bronce en Londres 2012 y plata en Río de Janeiro 2016, además del título mundial en Pekín 2007.

Sonríe poco pero cuando habla muestra la sabiduría de quien va por el mundo por encima del bien y del mal luego de haberse convertido en la mejor deportista mujer de la historia de su país y de haber ganado todos los títulos del taekwondo.

"Ahora me dedico a disfrutar lo que siempre me ha gustado, el taekwondo, y me exijo sin estrés, sin mirar el ránking mundial", dice.

Lleva el nombre virgen, pero en la selección nacional la adoran como a una deidad por otra razón, su buen tino para llegar a su forma deportiva más alta en el momento decisivo y su exactitud para dar la patada decisiva cuando algo grande está en juego.

Responde con frases cortas e inteligentes y a veces parece una filosofa como cuando explica que el único problema de su vida de campeona ha sido batallar con la mente porque su cuerpo siempre se arregló para responderle.

"Lo más pesado es dominar la mente, mi cuerpo tiene una buena genética, es una virtud, aunque me he cuidado y eso ayuda, me alimento bien, y descanso como se debe", observa.

En un entrenamiento abierto a los medios, la mexicana originaria de Guasave, en el estado de Sinaloa, se confundió con las chicas del equipo juvenil, corrió como ellas, se vio feliz en las rutinas de saltos y cambios de ritmo y por momentos hizo recordar a aquella niña de cutis como durazno campeona de la Olimpiada Nacional hace un montón de años atrás.

"En la Olimpiada me formé, luego me llevaron al equipo nacional y construí mi carrera. Hoy disfruto cada entrenamiento como si fuera el primero, o el último", dice.

Un rato después no está sudada, viste un elegante kimono y mira el rostro de quien le pregunta por sus dolores para luego comentar que los físicos han sido pocos porque las lesiones la han respetado, menos cuando se partió una mano en 2006 y la operaron, o un año después que le tocó batallar con una dolencia en el empeine.

Otra cosa han sido las penas del alma como la del 2011 cuando la dejaron fuera de los Juegos Panamericanos de Guadalajara, la de un año después cuando le desearon mal por haberse ido con el entrenador cubano Pedro Gato, o como el de la semana pasada cuando su antiguo tutor falleció de manera repentina a los 53 años.

"Gato dejó un legado, nos marcó a todos, no solo a mí. Tenía mucho conocimiento pero lo mejor era su seguridad. Jamás lo veías dudar y me hizo bien porque en mi vida él fue un antes y un después", explica.

Lo dice y ni siquiera se le aguan los ojos.

Quizás encontró la forma de mantener vivo al maestro, con un cuento chino, según el cual, después de tres medallas olímpicas, ahora puede dar prioridad a la calidad, que en su caso quiere decir apostar a la belleza por encima del número de combates ganados.

Copyright © 2017, Hoy Los Angeles, una publicación de Los Angeles Times Media Group
75°