Donald Trump: comparsa distractor en la pasarela política de EE.UU.

Donald Trump: comparsa distractor en la pasarela política de EE.UU.

Estoy de visita en México, donde con justificada razón se despotrica en contra del magnate estadounidense que quiere ser presidente, Donald Trump, quien dijo ante sus seguidores, la mayoría jóvenes, que “México no es amigo” de Estados Unidos: “Cuando México nos envía a su gente, no nos está enviando a los mejores, sino a gente que tiene muchos problemas y que los traen con ellos. Traen drogas, crimen y son violadores”, dijo este protagonista del espectáculo circense en el que ha sido convertida una buena parte de la actividad política en muchos países, incluido Estados Unidos.

Trump dijo también que si llega a la Casa Blanca construirá un “gran, gran muro” en la frontera sur y hará “que México lo pague”.

Con su anuncio presidencial, Trump se convirtió en el decimosegundo candidato (hoy 14) republicano que se presenta como aspirante a ocupar la Casa Blanca, sólo un día después de que Jef Bush hiciera públicas sus intenciones  de seguirle los pasos a su hermano George W Bush y a su padre George H. W. Bush quienes fueron ya los inquilinos de tan ansiada residencia en Washington.

He dicho que la indignación ante lo dicho por Trump es justificada, pero los mexicanos que verdaderamente quieran a México no debieran confundirse. Trump invertirá millones de dólares en megalómana campaña de la que saldrá perdedor. El magnate que está siendo boicoteado por importantes medios de comunicación, negándose a transmitir el concurso de “belleza” Miss USA y Miss Universo, que son de su propiedad, está jugando un papel distractor de comparsa electoral. El estrambótico y narcisista Donald Trump, hace el ridículo creyendo que hacer política es ponerle bikini a su fortuna de  unos 9.000 millones de dólares y subirse con ella a la pasarela electoral de las primarias republicanas, como en las pasarelas sobre las que desfilan las mujeres que aspiran a ser reconocidas como “las más bellas”. El sistema estadounidense así se lo permite. En 2010 la Suprema Corte le dio alas a la influencia del gran capital  sobre la democracia, tras declarar inconstitucional cualquier límite que se imponga a las empresas para destinar dinero corporativo a la financiación de campañas electorales, con la histórica decisión Citizens United vs Federal Election Commission, cuatro años más tarde, usando nuevamente como excusa la garantía constitucional a la libertad de expresión, la Suprema Corte dictaminó por mayoría de 5-4 la eliminación del límite individual de cada ciudadano a contribuciones políticas electorales, de tal suerte que la millonaria “libertad de expresión” del señor Trump estará muy activa, pero sin alcanzarle para comprar su arribo a la Casa Blanca, aunque sí para comprarse una efímera imagen de “celebridad política”.

Mientras muchos medios de comunicación, mexicanos y estadounidenses, continúan explotando al máximo lo que Trump piensa sobre los mexicanos, sigue brillando por su ausencia en esos mismos medios, el debate justo y necesario sobre el indignante proceso de desnacionalización de México, sobre la entrega descarada de sus recursos a las insaciables corporaciones multinacionales que han impuesto este mundo de Jauja para su beneficio, el del dinero y el poder como significado único de la existencia, más allá de lo que al locuaz Donald Trump se le haya ocurrido decir sobre los mexicanos para tratar de ganar la simpatía de esos estadounidenses aterrados por la noticia de que Estados Unidos se ha convertido en el segundo país del mundo con el mayor número de personas que hablan español sólo por debajo de México.

Para el periodista Chris Hedges, el Estado corporativo que dirige el destino de la sociedad estadounidense, busca nuevamente conseguir la participación de la gente en “la farsa política de unas elecciones de coreografía”,  siendo esto posible, dice Hedges, porque muchos estadounidenses “han sido sistemáticamente adoctrinados y apartados de la realidad”. Y agrega: “Nuestros amos corporativos han construido una cultura de masas centrada en el culto del yo, del hedonismo y el espectáculo desenfrenado, donde aquellos que sufren merecen sufrir y donde las víctimas son responsables de su condición de víctimas”.

Lo dicho por  Hedges describe a la perfección al histriónico millonario Donald Trump que tanto revuelo armó con su opinión sobre los mexicanos, sirviendo de sparring electoral en la pasarela política republicana tan llena de  trogloditas comparsas como Trump o Ted Cruz, incapaces de cuestionar la antidemocrática “simbiosis establecida entre la Casa Blanca, el Congreso y las gigantescas empresas bélico-industriales, de seguridad, de la construcción, del gas, eléctricas y petroleras. Y de servicios en estos rubros, recipientes de jugosos contratos del Departamento de Defensa, de Energía y de la NASA: una dinámica entre el Ejecutivo, el Legislativo y las empresas que se da en el contexto de lo que la ciencia política en Estados Unidos conoce como ‘el triángulo de hierro’, con una notable propensión, sistémica, hacia el despilfarro, y un estado de corrupción de gran magnitud”, según describe John Saxe-Fernández en su libro: Terror e Imperio, la hegemonía política y económica de Estados Unidos. Libro en el que Saxe-Fernández aborda el comportamiento político y económico, regional e internacional de EE.UU.  desde una perspectiva histórica, desde su fundación a finales del siglo XVIII, hasta la crisis de la llamada Pax Americana planteada como “aberración” de los extremistas que se asentaron en la Casa Blanca con Bush, Cheney y Rumsfeld, proponiendo el concepto de “presidencia imperial” para referirse a la actuación del Poder Ejecutivo estadounidense.

Escribía este breve artículo en un centro deportivo que no visitaba desde hace algunos años en la Ciudad de México, cuando fui interrumpido por la muy agradable presencia del maestro de natación: “¿Ya te regresaste a México por lo que dijo el gringo ese sobre nosotros los mexicanos?”

Nos dimos un fuerte abrazo, excelente persona y excelente deportista, quien atinadamente me diría durante la conversación: “Estamos aquí muy enojados con lo que nos dijo el Donald ese, pero no por la invasión gringa que se puede ver por todos lados”. El maestro de natación tiene razón, estando en México, pueden verse los efectos de lo que investigadores del tema refieren como “la conquista de los espíritus” formulada por el aparato de “exportación cultural” del Gobierno norteamericano dirigido al mundo y muy particularmente al llamado Tercer Mundo. Aparato de mecanismos mucho más discretos e ignorados que los de los aparatos económicos y militares. Se trata de un proceso de “uniformización de los espíritus basado en un dominio indiscutible de las técnicas de comunicación para favorecer la “desnacionalización” cultural y material  de las élites de países como México, de acuerdo con Y. Eudes, autor del importante libro: “La colonización de las conciencias, las centrales de USA de exportación cultural”.

En 1795, Andrew Lee exhortó a los norteamericanos a “dar gracias a Dios que nos ha hecho diferentes de nuestros hermanos de las demás naciones”. Tristemente, con sus acciones, la élite mexicana en el poder lleva décadas diciendo “amen” ante tan estrambótico auto-concepto por parte de la nación que según el autor estadounidense Craighton E Gee resulta ser “una de las naciones, religiosamente, más fundamentalistas del mundo”.

Muy indignada en el discurso se mostró la élite mexicana en el poder encabezada por el presidente Enrique Peña Nieto  ante la “estrategia electoral” saturada de prejuicios del magnate Donald Trump, pero abismalmente incongruente en sus acciones  tan  grotescas de desnacionalización y desmantelamiento de México , con el obvio propósito de la entrega del país al aberrante totalitarismo global del Mercado y el Dinero, que hace ver pequeñas a otras formas generadoras de violencia en el planeta.

¿Donald Trump? Por favor, no hay que distraerse con el circo, maroma y teatro que se nos tiene preparados. ¿Está listo el pueblo estadounidense para volver a decir: presidente Bush o presidente Clinton, con todo lo que eso implica? ¿Y México, para seguir diciendo: “amen” en la era del poder global corporativo y de la desmovilización política de la ciudadanía?

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