Hijos de la Migración: Cruzar el mar en el fondo de un camión

Cruzar el mar en el fondo de un camión

Llegó a los 14 años. Tras haber vivido siempre en Tánger, Marruecos, su primera imagen de Europa fue el interior de un almacén en un pueblo de Granada: unos trabajadores abrieron el camión que transportaba tomates y, escondidos en el fondo, encontraron a cuatro jóvenes. Llamaron a la policía. Tres de ellos fueron deportados. Karim, por su edad, fue llevado a un centro de detención de menores. Bienvenido a España.

Mohammed Karim Boûry hoy tiene 25 años y vive en Madrid. Su familia tiene una situación estable en su ciudad natal, y antes de migrar él estudiaba, había un plan para su futuro. Pero era 2006, muchos chicos contaban lo que había del otro lado del mar, y él y su primo querían saber. Un día se escondieron en un camión; el camión fue subido al ferry, cruzó el Estrecho de Gibraltar, llegó a Algeciras, y de ahí a Granada. Cuando lo descubrieron, las autoridades contactaron a su familia en Marruecos y le avisaron que sería deportado. Karim no quería regresar; quería quedarse en España, buscar un futuro sin limitaciones fuera de su pueblo. Escapó del centro en Granada y llegó a la estación de tren, pidió dinero, y logró comprar un billete a Madrid.

—En Madrid me entregué a la policía municipal —recuerda con una gran sonrisa en el rostro moreno de nariz afilada, ojos vivaces, cejas espesas, barba y bigote obscuros—. Los paisanos te explican un poco cómo tienes que hacer; les dije que no tengo familia, que tengo hambre y que no tengo dónde dormir. Es lo primero que aprendí en español —dice riendo.

Karim fue llevado a un centro de acogida de menores, en donde permaneció durante casi cuatro años. De acuerdo con la legislación española, los menores migrantes que viajan solos tienen derecho a protección, a recibir alojamiento, servicios básicos y educación, hasta que cumplen 18 años. Karim empezó a ir a la escuela, aprendió rápidamente el idioma, y en poco tiempo se sintió en casa.

—Al principio fue muy duro porque no había muchos marroquís; crecí con gente de todos lados, pero más con españoles, porque aquí cuando detienen a un menor que violó la ley —“y a veces los padres denuncian a sus propios hijos”, dice con naturalidad—, como no los pueden llevar a la cárcel, los meten a un centro de menores. Ellos también tenían problemas pero nos hemos entendido, hemos encajado, éramos como una familia. En seis meses aprendí a hablar más o menos español, y “guay” —dice con orgullo—. Pero si hubiera venido siendo mayor de edad, buscando mi vida sin papeles, me habría costado mucho.

La difícil migración árabe

A diferencia de la migración que proviene de América Latina, cuyo clímax ocurrió entre los años 2000 y 2004, la migración marroquí hacia España es un fenómeno que data de por lo menos hace 30 años. En el 2000, cuando la población ecuatoriana empezó a llegar —la mayor comunidad latinoamericana en España: 450 mil personas, el 10% de la población total de inmigrantes— ya había una comunidad marroquí asentada de casi medio millón. Se estima que actualmente hay 750 mil inmigrantes marroquís en este país, la mayoría entre los 20 y los 40 años.

Abdelaziz Allaouzi, coordinador de la Fundación Ibn Battuta en Madrid, una organización que apoya a los inmigrantes para obtener el respeto a sus derechos, considera que el gran reto que enfrenta España, y en general Europa, es dejar de ver a los migrantes en términos de utilidad laboral y empezar a verlos como ciudadanos.

—Los problemas que vivimos hoy en día son los mismos de hace 60 años. No son los problemas de España, son los problemas también de Alemania, o de Francia, porque cuando Europa planteó traer la mano de obra para cubrir la escasez a nivel local o nacional, no pensaron en personas, pensaron en trabajadores ­—explica el activista—. Olvidaron que estos trabajadores tienen creencias, tienen formas distintas de ver la vida, costumbres, tradiciones, valores, y ahí es donde empezaron los conflictos de carácter multicultural. Europa en este sentido no ha dado los suficientes pasos para poder incluir a estas comunidades como ciudadanos europeos, siempre los ha dejado en segunda fila.

Allaouzi considera que, en el caso particular de España, quienes son originarios de países árabes, enfrentan una situación aún más difícil que aquellos que provienen de América Latina, porque a la condición de inmigrante se suman dos factores más: la diferencia cultural, y la religiosa.

De acuerdo con su interpretación, las facilidades otorgadas a partir del año 2000 para los inmigrantes provenientes de América Latina, en contraste con las limitaciones para quienes llegan de países africanos, tienen que ver con una intención de “reequilibrar la inmigración” lanzada desde el gobierno del entonces presidente José María Aznar. Un ejemplo: hasta la fecha, los inmigrantes provenientes de países Iberoamericanos pueden solicitar la ciudadanía española tras haber vivido dos años en el país como residentes. Para los inmigrantes de otro país, incluidos los de Marruecos, la mayor población inmigrante en España, tienen que pasar diez años.

—Muchas veces quienes gobiernan consideran que hay un mayor entendimiento con los latinoamericanos porque tienen los mismos valores o tradiciones similares. Es un error. Nuestra lucha tiene que ser entre todos los colectivos porque el objetivo es el mismo: que el inmigrante sea un ciudadano con todos los derechos y deberes. La propia Comisión Europea define integración como “un proceso bidireccional que requiere el esfuerzo de las dos partes”, pero en la práctica no es así: se exige al inmigrante que se adapte a la realidad pero no se hace el esfuerzo de entender las demandas o las necesidades del ciudadano de origen extranjero.

Gobiernos que entienden, gobiernos que no

Karim permaneció tres años y medio en el centro de menores, hasta que cumplió 18 años. Cuando salió, se encontró con la situación que enfrentan millones como él: ser un inmigrante sin derechos plenos es una vida cuesta arriba. Gracias a la intervención de organizaciones activistas que abogaron por él, no fue enviado a Marruecos. Con la posibilidad de quedarse en el país, pero sin documentos, era imposible que el chico pudiera salir adelante.

—Cuando estás en el centro de acogida te sientes integrado a la sociedad española —explica—. Puedes estudiar, convives con todos en igualdad. Pero a los 18 años es otra realidad. No te deportan si las organizaciones dan la cara por ti cuando has llegado como menor; pero no te dan un permiso de trabajo, y entonces, ¿cómo sobrevives? Si vas a la cárcel, está llena de inmigrantes sin papeles, porque han intentado comer y han robado una barra de pan. Esa es una trampa.

Con el apoyo de quienes lo conocían entró en contacto con organizaciones no gubernamentales que crean espacios para chicos en esta situación: en viviendas colectivas, centros de alojamiento de adultos, también llamados “centros de transición”, se ayuda a estos jóvenes a iniciar una vida por su cuenta, conseguir un empleo, en el mediano plazo un contrato, y con eso, regularizar su situación. Muchas de estas iniciativas surgen de la sociedad civil, y otros programas son apoyados por los niveles de gobierno autonómicos —la Comunidad de Madrid, la Generalitat de Cataluña–, o incluso desde los ayuntamientos locales, como es el caso de los gobiernos recientes en las ciudades de Madrid y Barcelona.

—En Cataluña, por ejemplo, hay mejores recursos que en Madrid con respecto a la comunidad marroquí, con mucha diferencia —explica Allaouzi. En Barcelona, la capital, se encuentra la concentración más grande de inmigrantes marroquís, unos 300 mil—. Aquí en España, son Cataluña y el País Vasco los que tienen una sensibilidad diferente a nivel de inmigración en relación con otras comunidades. En eso son más europeos que Madrid.

Karim no quiere regresar a Marruecos. Ha vuelto a visitar a su familia, “pero con el tiempo he ido aprendiendo de la vida, y cuando volví, me di cuenta de que mi nivel está más alto que la gente de ahí. Aquí para mí ha sido como una universidad, estoy sacando una carrera”, afirma. Tras varios años, ha hecho una vida independiente en Madrid y es parte de un colectivo artístico, La Tabacalera, instalado en un enorme predio industrial en el barrio de Lavapiés. Ahí organiza eventos con otros inmigrantes y compone piezas de rap, en las cuales habla de su experiencia y de su identidad, la que ha construido en la década que siguió a su viaje por el mar en el fondo de un camión.

—Yo me considero europeo y español porque mi vida está aquí, tengo mi casa aquí, tengo a mis amigos, como y duermo aquí. Y si un día  estoy en Marruecos, soy marroquí. Y si un día me voy, por ejemplo, a Estados Unidos, seré americano. Yo, donde estoy, soy de esa tierra.

*Este artículo es el tercero de una serie de tres partes, un trabajo realizado con el apoyo del International Center for Journalists (ICFJ).

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