En un pueblo de México lloran la muerte de una pequeña después del sismo y se pregunta por qué la ayuda tardó tanto en llegar

Cuando llegó a la plaza central, desesperada por encontrar a su hija y esposo desaparecidos, no había nada que Ivonne Rodríguez pudiera hacer. El poderoso terremoto había colapsado una pared de piedra de más de seis pies de alto que rodea la iglesia colonial aquí, en este enclave rural en la Ciudad de México. Los pesados escombros cayeron sobre el padre y la hija mientras ambos caminaban hacia el mercado.

“Todo lo que podía ver eran los pequeños pies de mi niña”, afirmó Rodríguez. Los escombros mataron a su hija menor y mutilaron la pierna derecha de su esposo. “Algunos me ayudaron a mover las rocas”.

Naomi Natalí Martínez, quien hubiera cumplido seis años el mes próximo, soñaba con convertirse en doctora y viajar a París. Alumna de primer grado, amaba las películas de Disney, bailar y cantar. La pequeña Naomi fue una de las al menos 360 personas que murieron en el terremoto, de magnitud 7.1, que azotó el centro de México el pasado 19 de septiembre.

Atroces relatos de muerte -y otros, edificantes, de supervivencia- emergen mientras los equipos de trabajo continúan despejando escombros en Ciudad de México y sus alrededores, descubriendo nuevos cuerpos cada día.

Aunque la atención se ha enfocado mayormente en los distritos urbanos más afectados, el sismo también devastó comunidades rurales y semirrurales como San Gregorio Atlapulco, que, si bien es parte de la capital, da una sensación de pueblo y está situada cerca de 30 millas al sur del centro. Hasta allí se llega únicamente por caminos sin asfaltar, de tierra. Muchos en esta comunidad, de 22,000 habitantes, siguen amargados porque la ayuda oficial no llegó antes.

“Fuimos nosotros, el pueblo de San Gregorio, quienes nos organizamos para salvarnos y ayudar a nuestra gente, porque nadie de autoridad respondió”, afirmó Eduardo Pérez, de 41 años, quien ayudó a retirar a víctimas de las ruinas el 19 de septiembre. “Las autoridades nos abandonaron. No llegaron aquí hasta dos o tres días más tarde”.

El delegado o jefe de la ciudad, Avelino Méndez, fue expulsado del lugar cuando se presentó, dos días después del sismo. Un día antes, Méndez había brindado una entrevista televisada a nivel nacional, en la cual minimizó los daños y la cantidad de heridos en la comunidad, comentarios que enfurecieron a muchos allí.

Videos tomados con celulares muestran a los residentes abucheando a Méndez e intentando atacarlo con sus puños y con botellas de agua, mientras sus asistentes lo protegen durante la visita. El jefe de la localidad se retiró precipitadamente, saltando a la parte trasera de un camión.

Hasta hoy, el alcance de los daños en San Gregorio Atlapulco -y el número de muertos- no ha sido confirmado públicamente. En general, las autoridades mexicanas han declinado proporcionar cifras de víctimas para zonas específicas o estructuras derrumbadas, prefiriendo en cambio dar a conocer cantidades totales diarias a nivel nacional y por ciudad. La práctica generó rumores generalizados y especulaciones en los medios sociales, de que el número de muertos es más alto de lo que se reconoce oficialmente.

“No sabemos nada; son todos rumores”, afirmó Rodrigo Acosta, sentado en los escalones de su tienda de tostadas en esa localidad, justo frente al ahora despejado sitio de un edificio de tres plantas que colapsó. Cuántas personas perecieron en el derrumbe del edificio -que incluía un popular minimercado en la planta baja, junto con establecimientos de ejercicio y billares en los pisos superiores- sigue siendo un misterio.

Eso mismo ocurre con las víctimas del derrumbe de una pared que rodeaba tanto la iglesia católica de San Gregorio y la plaza central plagada de árboles, o zócalo. Gran parte de ese muro, incluyendo tres arcos altísimos, cayeron al suelo y enterraron a la pequeña Naomi; a su padre, Pedro Martínez, y a varios vendedores que normalmente comerciaban verduras y otros artículos a la sombra de esa pared.

La madre de Naomi divisó al menos otros seis cuerpos en el sitio del derrumbe. Santuarios improvisados, con flores y velas, y ahora empapados de lluvia, todavía pueden verse cerca de los sitios donde la pequeña y otras personas perdieron la vida. “No es correcto que las autoridades y nuestro delegado  escondan las cosas”, afirmó Rodríguez, quien tiene cuatro hijos sobrevivientes: una joven de 14 años y tres varones más pequeños.

Fue un extraño giro del destino que Naomi y Martínez se encontraran cerca de ese muro a la 1:14 p.m. del 19 de septiembre. Antes de ello, el hombre había pasado por la escuela primaria para recoger a la niña y sus dos hermanos, pero los varones decidieron quedarse en la institución para un programa extracurricular. Padre e hija dejaron la escuela y se dirigieron al mercado. La ruta los llevó a la vera del muro de piedra; luego la tierra tembló.

“Había una roca enorme encima de ella”, afirmó Eduardo Galicia, de 32 años, quien se encontraba entre los habitantes que se apresuraron a ayudar. El hombre maneja un puesto de pollo en la zona y logró escapar por debajo de un arco y volver a la plaza con su hija justo antes del derrumbe.

“El padre estaba allí y gritaba desesperadamente, pero también estaba atrapado”, aseguró Galicia. “Sus piernas estaban cubiertas de rocas y no podía moverse. Él gritaba que alguien ayudara a su hija, pero ella ya estaba muerta”.

Desde la casa familiar, ubicada a media milla de distancia, Ivonne Rodríguez pudo ver el polvo que se levantaba y corrió hacia el centro de la ciudad, temiendo que se hubiera derrumbado la escuela. Sus hijos estaban a salvo, pero ¿dónde estaban su hija y su marido? Desesperada, finalmente se dirigió hacia el muro, donde Martínez (39) había sido retirado recientemente de los escombros.

“¿Dónde está la niña?”, le preguntó a su esposo. Él respondió: “Está muerta. Las rocas la han aplastado”.

Después del terremoto, Ivonne Rodríguez abrazó los restos machacados de su hija y llevó su cuerpo ensangrentado hasta la casa familiar, en la ladera.

Ninguna ambulancia llegó a la escena. Algunos parientes condujeron al marido, a través del tránsito pesado, a distintos hospitales, donde los médicos le vendaron la pierna herida pero no pudieron operarlo. Cuando llegó al tercer hospital, sus signos vitales se desvanecieron. Los doctores optaron por amputar el pie derecho del hombre, que cultiva lechuga para ganarse la vida.

Hoy, los escombros del muro y otras estructuras dañadas ya han sido despejados, en gran medida. Los niños juegan fútbol en la plaza frente a la iglesia, que perdió un campanario durante el sismo. Los camiones cisterna de la armada brindan agua a la gente, y las tropas mantienen la seguridad en las calles. Grupos de ayuda entregan alimentos, prendas, juguetes y otros artículos. Aun así, muchos parecen aturdidos. Los residentes vagan como fantasmas, con sus barbijos contra el polvo. Decenas de edificios están dañados.

El viernes, la familia realizó un funeral para Naomi. Los parientes llevaban una foto escolar de la pequeña; su madre tenía su muñeca favorita. Después de ello, hicieron una procesión hasta la tumba. En el sitio, los dolientes colocaron una cruz, la muñeca, ramos de flores y varios globos, entre ellos algunos con princesas de Disney.

Luego de las oraciones, quienes se habían acercado dieron tres hurras para Naomi. “He sufrido mis pérdidas, pero también lo han hecho muchos otros”, expresó la madre, ya desde su hogar, donde un santuario exponía muchos recuerdos de la niña, como su pijama, algunas fotos y un globo blanco con un dibujo de la Torre Eiffel. “Mi dolor es el dolor de mi pueblo, de mi gente”.

Su marido no asistió al funeral; estaba todavía bajo tratamiento médico. “Junto con sus dolencias físicas, está emocionalmente destruido”, afirmó su mujer. “Se siente culpable por la muerte de la niña. Le digo todo el tiempo que él hizo lo que pudo, que no es su culpa, pero no puede quedarse tranquilo. No ha parado de llorar y gritar. Estos han sido los peores días de nuestras vidas”.

 Traducción: Valeria Agis

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