Huyó de los abusos del hogar; ahora sueña con romper ese ciclo con la educación

Huyó de los abusos del hogar; ahora sueña con romper ese ciclo con la educación

Los días los cuenta con emoción, porque en las próximas semanas se establecerá en Nueva York, en donde fue aceptada en Barnard College. La vida le sonríe a Laura C., quien pidió que se omitiera su apellido, después de un ciclo desventurado al que ha tenido que imponerse.

“Quería vivir algo diferente, algo nuevo”, dijo a HOY al explicar las causas de irse hasta la Coste Este, con la mente puesta en graduarse de la Licenciatura en Ciencias Políticas, pero también con la idea de dejar atrás recuerdos agridulces de los que habla sin rencor.

Laura, de 18 años de edad, nació en Los Ángeles. Su padre es de México y su madre de El Salvador. A temprana edad, conoció el sinsabor de la pobreza y los malabares que realizaban sus progenitores para sacar adelante a ella y tres hermanos más.

“Vivíamos en una casa muy chiquita”, contó.

Sus padres son indocumentados, reveló. En las condiciones que les ofrecían, lo que más tocó sus entrañas fueron los golpes y gritos. Su papá era adicto al alcohol y las drogas, y en vez de afecto descargaba el enojo en los niños y en su mamá.

En consecuencia, cuando ella tenía cinco años entró al sistema de hogares de crianza. Fueron cerca de nueves meses los que ella y sus hermanos estuvieron lejos de sus padres. “Me impactó mucho, porque no estaba con mis hermanas, no sabía lo que estaba pasando”, aseguró.

El Departamento de Niños y Familia del Condado de Los Ángeles (DCFS) colocó a los menores en diferentes casas. Luego regresaron con su madre, pero aunque el padre ya no estaba (había perdido la custodia), el ambiente no cambió.

De acuerdo a cifras oficiales, hasta abril pasado 34,295 niños y niñas recibían servicios de esta agencia; el 60% de ellos latinos. Al menos 18,000 se encontraban en un hogar de crianza, la mitad de esa cifra estaban con un pariente o una persona conocida por la familia.

Poco después de cumplir 16 años, Laura tomó una mochila y un puñado de prendas de vestir. Se armó de valor y abandonó su casa. Era la una de la madrugada cuando se presentó en un refugio de emergencia del condado.

“Sabía que si yo quería ser alguien en la vida me tenía que ir”, afirmó la joven residente en la ciudad de Downey, detallando que en las dos etapas que ha estado en el sistema le han dado techo en aproximadamente 10 casas diferentes.

En el últimos año, no obstante, ha tenido que viajar por dos horas para llegar hasta la escuela Crossroads, en Santa Mónica, en la que está inscrita desde que cursaba el séptimo grado. Parte del trayecto lo realiza en automóvil y otro tramo lo completa en el tren.

“Sé que otros se mueven de escuela en escuela, así es más difícil mantener los grados”, aseveró.

El esfuerzo valió la pena; en los próximos días recibirá una beca, que en una gala anual DCFS entregará a 175 estudiantes de hogares de crianza, algo que realizan desde hace 28 años. El monto de la beca va desde los 1,000 hasta los 15,000 dólares.

“Está bien que nos miren por lo que somos, nos están premiando por todo el trabajo que hemos hecho”, añadió.

Laura perdió comunicación con su padre en el 2004. A su madre la vio en la corte en febrero pasado. A su corta edad, esta joven entiende que sus progenitores replicaron el abuso que ellos vivieron. Su madre llegó huyendo de la guerra y en la infancia vivió daños de sus abuelos.

“Ella nos decía que podíamos ser alguien en la vida”, dijo refiriéndose a palabras de su progenitora, a quien no culpa de lo que ha vivido, pero cree que ese ciclo se puede cambiar. “Lo más importante para que no se repita es la educación”, indicó.

En este camino considera que fue clave la autoestima. “Tenía que creer en mi primero para seguir adelante”, manifestó, al mismo tiempo que exhorta: “Tenemos que buscar a personas que nos pueden a ayudar, seamos fuertes, lo podemos lograr”, concluyó.

 

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