Después de dos trasplantes, hispana recobró con fe y lucha su pasión por el deporte

Después de dos trasplantes, hispana recobró con fe y lucha su pasión por el deporte

Con el brazo derecho levanta las medallas, son alrededor de 15 preseas; y con el izquierdo, en el que lleva las cicatrices de los tratamientos de diálisis, Claudia Sánchez sostiene la evidencia de que los trasplantes le cambiaron la vida imponiéndose al temor y a la enfermedad.

“Gracias al trasplante pude correr 26 millas sin preocuparme de que se me baje el nivel de azúcar”, comentó la inmigrante, oriunda de El Salvador, que cada día corre en un parque o hace bicicleta en su casa por lo menos 60 minutos, además de comer lo que quiera.

Sánchez, residente en el Valle de San Fernando, ha completado tres maratones y ha participado en 12 medias maratones, sin detallar más de 10 carreras en las que se infiltró y que no cuenta con pruebas de preseas porque no se registró. “Costaba mucho el registro”, dijo entre risas.

Esta joven, nacida en la ciudad de San Salvador, heredó la diabetes por parte de su padre. Desde niña practicaba atletismo y natación en el estadio Flor Blanca. “Yo miraba donde colocaban las galletas y me las comía”, indicó sin saber el peligro que corría su salud.

El Hospital Rosales, sin embargo, se convirtió en un lugar de visita cotidiano. Ahí le aplicaban una dosis de insulina que le permitía estabilizarse por 12 horas. “El ejercicio baja los niveles de azúcar y te regula la presión sanguinea, eso hizo que no me muriera en El Salvador”, agrega.

Siendo adolescente llegó a California, los médicos le dieron 2 dosis de insulina y un aparato para medir la azúcar en su cuerpo. No obstante, en el 2001 comenzó con problemas renales. Luego le tuvieron que suministrar diálisis, algo que lleva como huella en su brazo izquierdo.

“Me recuerda muchas cosas”, dijo al tocarse las cicatrices.

Los problemas con el riñón le provocaba cansancio, mientras su cuerpo se deterioraba poco a poco. En total le hicieron más de 24 cirugías, nueve de ellas fueron en el brazo. “Cuando tuve peritonitis en una semana me operaron tres veces”, explicó.

Dada la condición de salud, tuvo que aceptar registrarse para un trasplante de dos órganos: pancreas y riñón. La sorpresa fue que en menos de un mes la llamaron, cuando hay personas que han tenido que esperar hasta 10 años.

“Me quedé muda, era demasiado temprano”, afirmó.

Acudió en dos veces al hospital, pero en último momento le suspendían la operación. En la tercera ocasión, era un fin de semana, junto a una amiga había programado ir a una fiesta. Por los antecedentes, se fue con su vestido de noche para ver que pasaba.

No obstante, a la tercera fue la vencida. Ese día no salió del centro asistencial. El 24 de abril de 2005 fue sometida a la operación que tardó 9 horas. “Estuve casi 8 meses en recuperación. Se me infestó la cirugía, tuve abierta la herida. Me tuvieron que hacer otra”, relató.

Desde esa operación, Sánchez ha dedicado parte de su tiempo a compartir su testimonio en foros de salud y eventos comunitarios, labor que realiza después de su trabajo como técnica en diálisis en Holly Cross Dialisis Center, en Mission Hills.

“Un trasplante no es la cura, pero mejora la calidad de vida. Es un tratamiento para toda la vida”, señaló al advertir que le han prescrito immunosupresores de por vida. “Lo único que no podés comer es toronja porque te cambia los niveles de la medicina”, aclaró.

A juicio de esta atleta, existen muchas personas en diálisis que tienen temor a que el cuerpo rechace el trasplante, otros le tienen miedo a los muchos medicamentos y también a la cirugía.

“El trasplante a mi me dio libertad de las jeringas e inyecciones de insulina, no más controles de azúcar, no más dietas, puedo comer todo lo que quiera”, indicó.

Por esa razón, considera que llevar información “puede llenar de esperanza a otras personas” para que aprendan que sí se puede, porque ella en medio de su calvario sacó a relucir su fe y nunca se dio por vencida. “Mi mayor fuerza de inspiración es Dios”, concluyó.

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