En San Juan, las secuelas del huracán son peores que la tormenta misma

 

"Tenemos un coche, pero no podemos ir a ninguna parte por el agua", dijo Juan López, un residente de 63 años de edad, que subsistía con un espagueti que cocinaba en una pequeña estufa de gas, salchichas enlatadas y galletas.

"Dicen que abrirán mañana, pero quién sabe?", dijo López, sentado sin camisa en el piso completamente húmedo.

Las vidas de los habitantes de San Juan ahora se dividen en dos períodos: antes del huracán María y después.

Lo que sigue es desconocido. Ha pasado casi una semana desde que la tormenta - la más que ha llegado a esta la isla en 85 años - golpeó esta ciudad de 350.000 habitantes. La mayoría de las colonias todavía no tienen electricidad, ni agua potable, ni líneas telefónicas o torres de celulares.

"Lo que ahora vemos es que las secuelas son casi  peores que el paso del huracán", dijo la alcaldesa de San Juan, Carmen Yulín Cruz. "El número de muertos está aumentando. La gente todavía no ha logrado comunicarse. Y en San Juan, ustedes están viendo lo que yo llamo 'refugiados urbanos' ".

"Hacemos lo imposible para llegar a ellos, especialmente a los ancianos que quedaron encerrados en sus edificios sin comida, sin electricidad, sin medicamentos, sin atención médica", dijo. "Estamos localizándolos uno por uno".

El toque de queda desde el anochecer hasta el amanecer, impuesto después de la tormenta, se ha mantenido vigente.

El gobierno de la ciudad trabajaba para mantener dos hospitales abastecidos con combustible para sus generadores. Había dos máquinas de diálisis de emergencia, pero era casi imposible que los pacientes pudieran utilizarlas.

"Esto es algo que tiene que ser reparado rápidamente", dijo la funcionaria. "Esta es una situación de vida o muerte".

Agregó que han recibido ayuda de "la diáspora de los puertorriqueños" que viven en la zona continental de Estados Unidos el continente de los Estados Unidos".

En una serie de tweets el lunes, el presidente Trump escribió que "Puerto Rico, que ya estaba sufriendo de una infraestructura deficiente y una deuda masiva, está en serios problemas", pero añadió que "la comida, el agua y la medicina son las prioridades”.

Eso no parecía coincidir con la situación en las calles. Si hay un sentimiento dominante en la capital, es el de resignación.

Lidia Rivera, de 81 años, que se sentó en la parte trasera de la casa de su vecino para comer un poco de frijoles y arroz, dijo que no esperaba ninguna ayuda de los gobiernos puertorriqueño o federal.

"¡FEMA no viene a Llorens Torres!", dijo.

La alcaldesa ha solicitado la ayuda, pero nadie había visto equipos de emergencia federales ni trabajadores de servicios públicos.

Ramona Ayara, de 60 años, se sentó junto a un montón de basura  y comentó "La gente se enfermará por el contacto con esas aguas negras”.

A pocas cuadras de distancia, Eddy Sarita, dueño del mercado local, Jupiter Superstore, estaba tratando de limpiar el agua de la inundación y decidir si permanecer en Puerto Rico o regresar a los Estados Unidos.

Sarita temía que muchos de sus clientes estuvieran haciéndose la misma pregunta.

"Cuanto más tiempo estemos sin electricidad, más gente tratará de irse de la isla", dijo Sarita, de 67 años, que pasó años en Nueva York y tiene dos hijos y tres nietos en Orlando. "La inundación con la que puedo lidiar, sin electricidad, no hay negocio".

Incluso salir - como todo en San Juan después de María - requirió de una larga espera. En el aeropuerto, decenas de pasajeros fueron forzados a acampar durante días, durmiendo en la terminal con sus hijos y mascotas mientras aguardaban vuelos de socorro.

Edmary González dijo que no volvería pronto. Después de perder su techo y pasar casi una semana en un refugio, González, de 20 años, se dirigía a Boston con su hija de 1 año y su hijo de 3 años para unirse a la familia.

Ramón Flores, de 59 años, había estado esperando cuatro días para regresar a Chicago y esperaba pasar el lunes por la noche durmiendo en el suelo, entre perros ladrando y niños llorando. "Ha sido un caos", dijo.

Había venido a Puerto Rico antes de la tormenta para visitar a la familia, sólo para encontrar su casa destruida.

Sin electricidad, algunas linternas han sido utilizadas para leer de la Biblia. Algunos vinieron a la Iglesia Católica Nuestra Señora de Fátima en el barrio Hato Rey de San Juan, para dar gracias por haber sobrevivido a la tormenta, otros por recordar lo que habían perdido.

Daisy Nazario, de 61 años, había venido a llorar. Ella había estado cuidando a su hermana gemela Enid, que tenía cáncer uterino y se había agravado justo antes de la tormenta. El sábado por la mañana, Nazario abandonó la cama de su hermana para reparar un goteo en el techo. Cuando regresó, Enid estaba muerta.

Tomó horas para que la familia encontrara una funeraria capaz de tomar el cuerpo debido a una acumulación de personas que necesitaban ser enterradas o cremadas. Eso significaba que Nazario tendría que esperar para fijar una fecha para el funeral. "Así es como están las cosas ahora", dijo, llorando en su banca.

En lugares que habían resistido relativamente bien durante la tormenta, la escasez comenzaba a convertirse en un grave problema. Cuando los directivos del condominio Reina de Castilla reunieron a más de una docena de residentes para una junta de emergencia, finalmente estuvieron de acuerdo: tenían que conservar combustible para los generadores y reducir el uso del aire acondicionado y el uso de los aparatos electrodomésticos.

"Hubo un cambio", dijo Cesar Cerezo, de 61 años, abogado y vicepresidente de la asociación de condominios. "La gente no quería dejar de lado sus hábitos". "Estaban en la negación absoluta. Ahora están aceptando la realidad ", dijo el vecino Josue Rivera, de 75 años, quien era dueño de un supermercado y perdió una segunda casa y un barco en el huracán.

La policía que patrullaba el centro comercial Plaza Loiza el lunes por la mañana dijo que habían arrestado a cuatro hombres en relación con una serie de robos a Walgreens, una lavandería, la gasolinera, un restaurante y el supermercado. Los sospechosos fueron llevados a un centro de detención temporal porque la cárcel estaba inundada.

"La gente está desesperada", dijo Irving Velez, subgerente del supermercado saqueado. Cerca de 40 trabajadores, casi la mitad del personal de la tienda, se presentaron el lunes, la mayoría en uniforme. Los gerentes los pusieron a todos a trabajar limpiando. Todos se abrazaron e intercambiaron historias de la tormenta.

Las líneas para la gasolina eran tan largas que la gente decidió colocar en sillas con sombrillas y esperó durante horas en el calor. "Nos estamos quemando, no tenemos agua", dijo Christina Amador, una estudiante de medicina de 26 años cuyo tanque estaba casi vacío. "Estamos haciendo lo mejor que podemos".

 Amador se preocupó por lo que pasaría esta semana. Funcionarios dijeron que el 80% de la isla tendría gas el martes. Pero, ¿y si no? Dijo que los vecinos temían que los ladrones comenzaran a tratar de robar los generadores. "El saqueo va a empeorar", dijo.

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