Haití quiere controlar la "ciudad" surgida del terremoto

El gobierno estima que en cinco años y medio unas 250,000 personas se han asentado en un terreno no regulado

Antes de que un terremoto destruyese gran parte de la capital de Haití en enero de 2010, las únicas residentes de las áridas montañas cercanas al extremo norte de Puerto Príncipe eran las cabras flacas que pastaban por entre cactus y matorrales.

Hoy, las ferreterías venden madera y barras de refuerzo a una avalancha de colonos y los niños acarrean agua por senderos polvorientos entre hileras de casas construidas con bloques de cemento y chabolas de lata y lona. El gobierno estima que en cinco años y medio unas 250,000 personas se han asentado en un terreno no regulado urbanísticamente llamado Caná, como la tierra prometida de la Biblia.

Considerado ya el cuarto mayor distrito urbano del país, Caná podría alcanzar el millón de residentes en una década y las alarmadas autoridades se disponen ahora a ejercer cierta apariencia de control. Sin embargo, regular la informal metrópolis no será fácil.

Los desplazados por el potente sismo de magnitud 7.0 se han asentado en Caná por su cuenta, se cree que utilizando unos 100 millones de dólares de su propio dinero — parte enviado por familiares desde el extranjero — y han dotado a la urbe de una suerte de independencia de la que están orgullosos.

"Los extranjeros no nos han aportado nada", dijo Fabienne Bosquet en el refugio de chatarra y madera de su familia, mientras sus hermanaos pequeños apilan pequeños sacos de cartón para venderlos. "Son haitianos como nosotros los que han construido algo de la nada".

Algunos vecindarios en Caná tienen tiendas de alimentación y barberías, paradas de moto-taxi y guarderías. Los residentes son una mezcla de familias sumidas en la pobreza y otros que, aun con empleo, siguen pasando apuros. Entre ellos hay profesionales que cada día se desplazan hasta Puerto Príncipe, a unos 20 kilómetros (12 millas) de distancia.

Pero la vida aquí no es fácil. El agua puede estar a un largo paseo de distancia, la comida se cocina sobre hogueras y los baños son un simple agujero en la tierra.

Tras años observando con consternación el rápido crecimiento de la ciudad, el gobierno haitiano está introduciendo un programa piloto para instalar servicios básicos en una zona central de Caná, mientras desarrolla un plan director para todo el área.

Dotado con 14 millones de dólares de la Cruz Roja Estadounidense y USAID, el programa tiene previsto pavimentar carreras, abrir escuelas e instalar agua y electricidad al tiempo que colabora con residentes para asegurar que sus viviendas cumplen los estándares mínimos de construcción.

Ambos colectivos han sido criticados por su fracaso en la construcción de viviendas tras el sismo, un problema del que los directores culparon en gran medida a confusos títulos de propiedad de las tierras, problemas logísticos y batallas para avanzar en medio de una pesada burocracia. La experiencia arrojó "algunas lecciones bastante duras" para todos los implicados, dijo John Groarke, hasta hace poco director de la misión de USAID en Haití.

"Realmente no ha sido tan eficiente y rentable como esperábamos. Y lo que hemos aprendido es que los haitianos de a pie, incluso los haitianos pobres, tienen los recursos y la capacidad para comenzar a construir sus propias casas", dijo desde su oficina en la embajada de Estados Unidos, poco antes de mudarse a su nuevo puesto en Pakistán. "Lo que queremos hacer es salir del camino y dejar que ellos lo hagan".

Mientras algunos ven señales positivas en la autosuficiencia de Caná, otros ven males comunes en el país más pobre del hemisferio: servicios públicos inexistentes, falta de empleos dignos y condiciones insalubres.

"Por un lado es sorprendente que la gente haya logrado sobrevivir aquí y construir casas. Pero por otro, claramente esta no es una situación ideal porque realmente es una nueva barriada aunque inviertan algo de dinero en ella", dijo Robert Fatton Jr., un profesor de la Universidad de Virginia nacido en la isla y autor del libro de 2014 "Haití: Trapped in the Outer Periphery".

El mayor temor es que Caná se convierta en otra Ciudad del Sol, un laberinto de chabolas controlado por pandillas planeado originalmente como una comunidad para trabajadores.

En el caso de Caná, que los colonos inviertan su propio dinero y sudor en la construcción les hace estar "muy abiertos" a la planificación urbana y a las mejoras ya que quieren proteger sus inversiones, dijo Clement Belizaire, director ejecutivo de la agencia gubernamental para edificios públicos y viviendas.

Las autoridades reconocen que el reasentamiento no es una opción para la mayoría de los que viven allí, dijo Belizaire. El gobierno, sin embargo, desalojará a las familias que vivan en barrancos y otras zonas peligrosas, especialmente ahora que aumenta la llegada de personas en busca de los trabajos que se espera crezcan a la sombra del nuevo puerto, que se inaugurará pronto.

La compensación por los terrenos ocupados en Caná sigue siendo un tema espinoso. Las familias que aseguran que eran propietarias antes de la expropiación del gobierno reclaman dinero. Pero acreditar la propiedad de las fincas es una tarea complicada en Haití, donde el registro de la propiedad es un caos.

"Una cosa está clara: Nadie que se haya mudado allí después del terremoto puede reclamar la propiedad de la tierra, aunque haya pagado a alguien por ella", señaló Belizaire.

Copyright © 2016, Hoy Los Angeles
52°