La voz de una estudiante: por qué el feminismo necesita de la ira

La voz de una estudiante: por qué el feminismo necesita de la ira

Quiero gritar. Estoy recostada sobre una cama de hotel, comiendo unas grasosas papas fritas mientras observo al procurador general Jeff Sessions evadir pregunta tras pregunta y utilizar la frase “no recuerdo” tantas veces seguidas, que me sorprendo cuando dice cualquier otra cosa.

A este momento no le falta familiaridad: un burbujeo de frustración ácida y horrible en mi pecho, los ojos cerrándoseme y el dolor rítmico de un ciclo agotador, que ahora conozco de memoria.

Yo misma he aprendido a soportar estas pequeñas chispas de temor, aparentemente insoportables. Me he enseñado a no ser una pequeña cosa frágil en estos momentos, y resistir. Aquí hay una situación que todos conocemos como estadounidenses: a un anciano blanco y mediocre se le permite hacer lo que quiere sin consecuencias, y cuenta para ello con sus camaradas, una hermandad viciosa de compañerismo que parecen inofensivos y su malicia, a menudo, se pierde entre nosotros.

Cuando una mujer tiene la osadía de cuestionarlo -de hacer preguntas importantes e incisivas, de interrogar a este hombre como lo haría cualquier buen abogado-, estos mismos hombres saltan a su defensa, criticando a la mujer por su “histeria” e instándola a “que lo deje hablar”.

Quiero desprenderme de esto. La senadora Kamala Harris es de mi estado. Sus ojos, agudos y sin alterar me desgarran ante la incredulidad que siento ahora, y no quiero hacerle el perjuicio de mirar al otro lado. Puedo verla debatiendo internamente con sí misma: luchar y liberar todo ese descontento con la forma en que estos hombres actúan hacia ella -y ser llamada “loca” una vez más-, o apretar sus labios y tratar de respirar.

 —Sofia Sears, Crossroads School.

Traducción: Diana Cervantes

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