Comenzó la temporada de incendios en California; ya sabemos qué hacer, ¿o no?

Es esa época del año nuevamente, cuando las olas de humo se ciernen sobre las zonas rurales, los propietarios huyen de las llamas y las agencias de bomberos advierten que California vive otra vez una brutal temporada de incendios forestales.

Durante la gran sequía del estado, los bomberos señalaron en repetidas ocasiones que los paisajes marchitos auguraban notables incendios. Ahora, a pesar de un invierno mojado, de todas maneras predicen una fuerte temporada de fuegos forestales porque todo ese clima húmedo produjo una gran cosecha de hierba y nuevos brotes que cubrieron la montaña y las laderas con más combustible.

Ambas perspectivas son legítimas, pero ninguna situación garantiza un mal año en las trincheras del fuego, coinciden la mayoría de los expertos. Basta con observar el sur de California, que experimentó varias temporadas de incendios de grado leve durante la sequía, a pesar de las penosas lluvias y los marchitos chaparrales.

¿Por qué? Porque los vientos de Santa Ana, secos y calientes, que han históricamente impulsado los incendios forestales más devastadores de la región, no soplaron demasiado, o no lo hicieron cuando algo o alguien inició un fuego.

“Siempre habrá vegetación”, afirmó Richard Halsey, director del California Chaparral Institute. “[Para desatar un incendio] Hay que tener la combinación precisa de gente haciendo cosas estúpidas en un día muy caluroso, una fuente de combustible inflamable y los vientos”.

A nivel estatal, decenas de pequeñas hierbas y arbustos pueden incendiarse en un fin de semana muy caluroso, que los bomberos contienen rápidamente. Precisamente, el pasado sábado y domingo, a pesar de las abrasadoras temperaturas, las autoridades lograron abatir la mayoría de los 20 incendios forestales más significativos, en unos pocos miles de acres.

Las excepciones fueron los incendios de Álamo y Whittier, en la costa central; el incendio de Wall en el condado de Butte, el Garza, en el condado de Fresno, y el incendio de Schaeffer, causado por un relámpago, al norte de Kernville.

El incendio de Wall, que carbonizó 5,800 acres y destruyó 37 estructuras cerca de Oroville, se desaceleró este lunes. “Es difícil precisar cómo seguirá, porque abarca un área muy grande, pero su superficie no ha aumentado en 24 horas”, informó Gabe Lauderdale, un oficial de información pública de Cal Fire.

El sábado por la mañana, Leanne Beck y su esposo, Mike, observaron desde la parte superior de su propiedad cómo las topadoras creaban un cortafuegos alrededor del borde oriental del incendio, expandido a través de los bosques de roble alfombrados con césped de dos pies y medio de altura.

Los Beck se mudaron a su casa de doble fachada, ubicada sobre un terreno de 40 acres  en Oroville, en 2013, mientras que el humo aún persistía en el aire poco después de que el estado se defendiera del incendio de Swedes Flat con un fuego controlado cerca del límite de su propiedad.

En los cuatro años posteriores, la pareja cortó los arbustos e hizo su mejor esfuerzo para retirar los árboles muertos, construyendo así un espacio defendible. Como se sentían preparados, el viernes último, cuando autoridades del condado de Butte ordenaron mediante altavoces la evacuación de una gran franja de tierras en Chinese Wall Road, ellos permanecieron allí.

El sábado por la tarde, su confianza había disminuido. Cuando vieron la cresta de la montaña explotar en llamas, tomaron a sus perros y se marcharon.

El lunes en la mañana, en el refugio de evacuación de la Cruz Roja en Oroville, Beck se sintió aturdida ante la noticia que le entregó un vecino, con lágrimas en los ojos: su casa era una pila de cenizas. “Me siento como de 102 años”, afirmó Beck, una jubilada de 60 años cuyo esposo todavía trabaja en una empresa de software. “Hemos estado aquí sentados por tres días, sin saber nada, y ahora no queremos saber nada más”.

Unas 115 personas permanecían en el refugio el lunes; algunas de ellas observaban el avance del fuego Wall desde el estacionamiento. Los ojos de Beck se humedecieron, pero la mujer contuvo las lágrimas; comenzó a hablar de hacer un viaje para visitar a sus nietos y rió al recordar lo que tomaron con su esposo la última vez que dejaron su casa: una motoguadaña, aún en su caja cerrada; demasiado tarde para ponerla en funcionamiento. “Quizás pueda devolverla”, pensó en voz alta.

Con las llamaradas contenidas en un 40% en la noche del lunes, éstas todavía amenazaban a unas 5,400 casas. Miles de residentes del condado de Butte permanecían evacuados, no muy lejos del sitio donde otras personas habían sido retiradas de sus hogares el año pasado, cuando los vertederos del lago Oroville amenazaron con desatar un caos de agua.

“Tenemos una broma acerca de Oroville”, afirmó Pam Deditch, gerente del refugio de la Cruz Roja y residente local, quien normalmente trabaja como consejera de salud mental para el condado. “Aquí estamos siempre siempre entre el fuego o el agua”.

A 400 millas al sur, cerca de Santa María, el fuego de Álamo, de 29,000 acres, serpenteó hacia el sur a través de Tepusquet Canyon durante el fin de semana, donde decenas de casas se encaraman en las colinas y las vacas pastan en amplios espacios verdes.

Curtis Tunell, de 73 años y jubilado, junto con su esposa, Linda, de 67, regresaron a su casa en la tarde del lunes para ver el estado de sus dos caballos y sus dos perros. La propiedad no había sido tocada por las llamas. “Fue bastante  peligroso por un momento”, aseguró Tunnell, apuntando a la ladera carbonizada.

El incendio de Whittier, de 11,000 acres, ardía en una mezcla de bosques de roble y chaparral, a ambos lados de la Autopista 154 sur, de Lake Cachuma, en Los Padres National Forest, que ha sido duramente golpeado por las llamas durante la última década.

Halsey, del Chaparral Institute, estaba particularmente preocupado porque las llamas parecían moverse hacia áreas que habían salido ilesas en incendios anteriores. “Hay un valioso paisaje de chaparral muy antiguo; queda poco de él. Es un hábitat que brinda fuentes de alimento y bebida”.

Por otra parte, si el chaparral y los matorrales arden demasiado a menudo, no crecen nuevamente y se convertirán así en un paisaje altamente inflamable, que permanece seco la mayor parte del año.

“Uno de los cambios que ha ocurrido en las últimas dos décadas [en el sur de California] es la conversión cada vez mayor de chaparral, y en particular de matorrales de salvia en pastizales anuales”, expuso Phil Rundel, profesor de ecología de UCLA.

Max Moritz, especialista en vida silvestre de UC Cooperative Extension, señala que este año podría ser aleccionador en cuando a oscilaciones drásticas entre humedad y sequedad, lo cual se espera que ocurra cada vez más a menudo con el cambio climático.

Los niveles profundos de humedad del suelo no se han recuperado necesariamente de la sequía, que incluyó el período de cuatro años más seco en la historia del estado. Ello, señaló Moritz, podría significar que la vegetación se seca más temprano en la temporada de incendios de lo que se esperaría después de tener abundantes lluvias. “Aunque un invierno relativamente húmedo todavía podremos ver los fantasmas de la sequía de los últimos años”, afirmó.

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Traducción: Valeria Agis

 

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