Todo iba perfecto, pero ella pareció olvidarse de mí en dos ocasiones

Todo iba perfecto, pero ella me ‘desapareció’; dos veces

Siento que estoy teniendo citas desde los albores del tiempo.

He hecho innumerables arreglos, soy activo en las aplicaciones móviles y hasta un extraño en un sauna intentó presentarme a su hija (sí, esto es real).

Así que, cuando conocí a alguien en la vida real -o ‘IRL’, por las siglas en inglés de ‘in real life’, tal como los ‘milenio’ la llaman-, me sorprendí.

Era un sábado por la noche y con mis amigos habíamos decidido sacudir nuestra rutina habitual de una cena y dirigirnos en cambio a una celebración barrial en South Beverly Drive.

La zona estaba transformada con camiones de comida, artesanías, textiles y acceso a todos los restaurantes de moda. Después del evento, partimos hacia el norte, a Cañon Drive, hacia un nuevo restaurante llamado Citizen, para disfrutar allí de una happy hour extendida.

Nos sentamos en una de las mesas del bar para disfrutar de demasiadas bebidas y de una buena conversación, hasta que el destino intervino. “¿Estás usando esta silla?”, preguntó la rubia, mientras se acercaba a nuestra mesa.

Respondí: “¿A dónde te la llevas?”.

“Al bar. ¿Por qué?”, bromeó rápidamente.

“No, no, no… No deberías sentarte en el bar. Deberías traer a tus amigos y sentarte aquí con nosotros”, sugerí.

Ella reflexionó sobre mí pedido por un momento: “OK, creo que va a funcionar”, dijo.

K se acababa de mudar a Los Ángeles desde Chicago. Se había quedado en casa de amigos durante unas semanas pero estaba lista para trasladarse a su nuevo departamento, en el corazón de Beverly Hills. Trabajaba en publicidad digital y tenía aspiraciones de ser escritora. Además, también era judía.

Los paralelismos eran aterradores. Yo trabajo en publicidad digital, soy aspirante a escritor y judío. Estas coincidencias pueden parecer nada cuando uno tiene veintitantos, pero cuando se está en el final de la década de los 30, cada superposición pequeña cuenta.

No pudimos superar las similitudes e intercambiamos números telefónicos. Me sentía optimista.

La semana siguiente, salimos a cenar a uno de mis sitios favoritos en West Hollywood: Petty Cash Taquería. Después de seis margaritas, algunos tacos e incontables nachos, salsa y guacamole, todo envuelto en cuatro horas y media de conversación, nos quedamos allí hasta el cierre del lugar.

Yo había pensado no hacer ningún movimiento, y hasta había acudido a la cita pensando que nada ocurriría. Esperamos en la esquina a nuestros autos de Uber y nos abrazamos para decirnos adiós, pero allí mismo comenzamos a besarnos. Salirse del guion es mucho mejor, siempre.

Entonces hicimos planes para el sábado siguiente y continuamos enviándonos mensajes de texto casi todos los días, con anécdotas divertidas de la semana o epígrafes inteligentes de celebridades.

Ese sábado, la recogí y nos dirigimos a Santa Mónica, al Blue Plate Oysterette, para comer mariscos. Caminamos por la playa tomados de la mano, besándonos a la luz de la luna.

La llevé a su casa, y me invitó a pasar para tomar un trago. Esta cita era mucho mejor que la anterior.

Una hora más tarde nos dimos un beso de buenas noches y me dirigí de regreso a casa, con una sonrisa en mi rostro.

Al día siguiente le envié un mensaje de texto: “La pasé genial anoche… Dime si necesitas ayuda con tu mudanza”. Casi cinco horas más tarde, recibí la respuesta con un simple: “Gracias, tú también”.

Esa buena sensación que había tenido se evaporó rápidamente. A la noche siguiente, le envié un texto divertido acerca de una celebridad, intentando mejorar el estado de ánimo.

Ella respondió un día después, con un “Jaja, sí, he visto eso”. A ese punto, entendí que K. sólo estaba siendo complaciente.

Lo soporté como pude y, dos días después, le dejé un mensaje de voz. Pero ella no me llamó, y allí estaba yo, preguntándome dónde se había ido todo al demonio. Había sido oficialmente ‘desaparecido’. Yo lo había hecho con otras personas, pero me sorprendió que ocurriera entre nosotros, ya que había tenido una buena sensación de ambas citas.

Trabajé con mi entrenador la semana siguiente (sí, esto es L.A. y yo tengo un entrenador) y le conté la historia. Él me animó a intentar una vez más (en contra de mi voluntad) para ver si podía comunicarme con ella.

Me tragué mi orgullo y le envié otro texto divertido. La gente suele decir que hay que sacudir las cosas un poco cuando no funcionan. Bueno, yo lo intenté y fallé. No hubo respuesta.

Después de un breve período de hibernación, salí un mes más tarde a un evento privado en un nuevo club para cenar llamado Delilah, en West Hollywood. Caminé entre la multitud que se dirigía al bar.

El destino volvió a intervenir. K. estaba directamente al otro lado de la barra, a unos 15 pies de distancia. Nos saludamos con la mano, obligadamente, y seguimos cada uno por su cuenta, recorriendo el lugar para ver si había alguien con quien valiera la pena hablar.

Mi segundo martini activó una alarma, sin embargo, que cambió el curso de mi noche. Encontré a K., de pie con su amiga, cerca del bar.

“Hola, ¿cómo estás?”, le pregunté.

“Todo va bien. He estado absolutamente ocupada organizando mi nuevo departamento y buscando un trabajo más permanente”, respondió.

Intercambiamos unas cuantas frases hasta que decidí sacudir aún más las cosas. “Bueno, somos adultos. ¿Qué fue lo que ocurrió?”, le pregunté. La sorprendí, pero de todas formas me dijo que no era un buen momento para ella, con su mudanza y su falta de empleo fijo. También aseguró que había querido llamarme, pero se sintió mal porque había pasado ya mucho tiempo.

Le dije que comprendía e intenté una última jugada; le pregunté si quería darle al tema otra oportunidad. Ella sonrió y respondió que sí. La abracé para despedirme y seguí disfrutando de la noche.

Unas pocas noches más tarde, le di un llamado. Su buzón de voz volvió a atender. Le dije que había sido bueno verla y le pedí que me llamara.

Tres días después, ocurría lo inevitable: otra vez, había ‘desaparecido’ para ella.

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Traducción: Valeria Agis

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