Los préstamos estudiantiles obligan a los jóvenes graduados a esperar para echar raíces

Es esa época del año en la que los estudiantes se preparan para volver al aula. Para muchos que dan el siguiente paso en la educación superior, la pregunta que resuena cada vez más es "¿vale la pena?”. Millones de personas de la generación del milenio ya pospusieron echar raíces debido al aumento del costo de las deudas universitarias, en detrimento del crecimiento económico.

Los préstamos estudiantiles son ahora la segunda categoría más grande de deuda de los hogares en Estados Unidos, superando los $1.4 billones y sólo por debajo de las hipotecas, que llegan a los $9 billones. Y aunque Korn Ferry ubica el salario inicial promedio para un graduado universitario de 2018 en $50,390, un 2.8% más que en 2017, el recién publicado índice de precios al consumidor de julio muestra que la tasa de inflación aumentó un 2.9% en los últimos 12 meses. ¿Viene a la mente la frase "apenas mantenerse a flote"?

Un informe reciente de Bloom Economic Research revela los desafíos demográficos que resultaron del aumento del 176% en la deuda de préstamos estudiantiles de la década, hasta 2017. En los años de la drástica relajación de los estándares de crédito hipotecario previos a la crisis de la vivienda, muchas familias aprovecharon su capital inmobiliario disponible para financiar educaciones para sus hijos, más caras de las que hubieran podido afrontar de otro modo. Después de la caída, esa posibilidad se bloqueó, dejando solo la inflación de la educación superior que había impulsado.

De 2007 a 2017, el índice de precios al consumidor (IPC) aumentó un 21%. Durante ese mismo período, los costos de matrícula universitaria se incrementaron un 63%, la vivienda escolar aumentó un 51% y el precio de los libros de texto un 88%. Estas tasas de crecimiento inquietante borran cualquier misterio detrás de los asombrosos niveles de la deuda por préstamos estudiantiles, que se ha casi triplicado desde el punto de partida -de $545 mil millones- en 2007. Hasta el cuarto trimestre, los préstamos estudiantiles representaban el 10.5% de un récord de $13.1 billones en la deuda de los hogares estadounidenses, frente al 3.3% que se registraba al inicio de 2003.

Independientemente del nivel de ingresos, la vivienda es el ítem más importante en los presupuestos familiares. Según RentCafe, el alquiler promedio en EE.UU. fue de un récord de $1,409 en julio pasado, un aumento del 2.8% en comparación con el año anterior.

Si bien el crecimiento de las rentas ha dejado de superar las ganancias en salarios, el nivel es no obstante prohibitivamente alto para muchos, especialmente para aquellos agobiados por los préstamos estudiantiles en el momento en que obtienen su diploma. El pago promedio de un préstamo estudiantil es de $351. Si ello se suma a un alquiler promedio, se llega a los $1,800 sin siquiera haber usado la aplicación de comestibles en línea del teléfono inteligente, cuya factura es de al menos $100 por mes para la mayoría de nosotros. Considerando los sueldos iniciales de los graduados universitarios, ello se lleva una gran parte del pago mensual neto, de aproximadamente $3,400 para quienes residen en Texas, o de $3,100 para aquellos en Nueva York.

El último desglose demográfico disponible finaliza en 2016. Lo que sabemos en ese período es que el 22.4% de los hogares de EE.UU. tenían deuda estudiantil, y que el porcentaje subía al 44.8% para aquellos entre 18 y 34 años, frente al 18.6% registrado en 2001.

El hogar promedio debe ahorrar durante casi seis años y medio para cubrir un pago inicial del 20% de una vivienda a precios actuales, según un estudio reciente de HotPads, de Zillow. Esto se basa en la fuerte suposición de que los trabajadores pueden ahorrar el 20% de su salario neto mensual.

La franja externa de nacimiento para la generación del milenio es 1981, lo cual significa que los milenios están ya más cerca de los 40 que de los 30 años de edad. Mientras que la propiedad de viviendas se ha recuperado, estuvo retrasada durante una década por el estancamiento de los salarios junto con las onerosas cargas de la deuda. Las ramificaciones macroeconómicas están bien documentadas. Los baby boomers albergan un nivel récord de sus descendientes millennials, quienes no pueden permitirse abandonar el hogar paterno. Las tasas de natalidad cayeron a su mínimo en 30 años, ya que los matrimonios se posponen.

Claramente, las reformas deben abordar el problema de la deuda estudiantil, lo cual no significa un alivio de los préstamos o una condonación total. Las instituciones de educación superior en este país deben asumir parte de la responsabilidad del estado actual de las cosas en el grupo demográfico más poblado de la nación. Y si bien la estigmatización cultural errónea de la educación vocacional parece finalmente estar en disminución, deben realizarse nuevos avances para reequilibrar la fuerza de trabajo.

El retorno de la inversión en una carrera de cuatro años de duración no es tan sencillo como lo fue para los graduados de la preparatoria alrededor de 1988. La realidad de la carga de los costos debe sopesarse frente a la calidad de vida que millones perdieron gracias a la facilidad con la cual pudieron financiar los estudios superiores, que relegaron sus vidas a peldaños más bajos.

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