Las probabilidades de recibir un disparo son de una en un millón, pero en Estados Unidos es 100 veces mayor

Imagínense que, en el transcurso de un solo año, un artículo doméstico estuviera implicado en la muerte de cada hombre, mujer y niño de la ciudad de Glendale, Arizona, la 87va ciudad más grande de Estados Unidos con una población de 251,269. El mundo seguramente tomaría nota de tal situación.

Eso, en esencia, fue la factura mundial de la obsesión que tiene la humanidad con las armas de fuego.

Hay aproximadamente mil millones de armas de fuego en el mundo, y una nueva investigación encontró que en 2016 acabaron con las vidas de alrededor de 251,000 personas en 195 países y territorios que guardaron registros de defunción razonablemente detallados. Esas muertes incluyeron homicidios, suicidios y accidentes.

Solo seis países que componen menos del 10% de la población mundial - Brasil, Estados Unidos, México, Colombia, Venezuela y Guatemala - representaron algo más de la mitad de las muertes relacionadas con armas en todo el mundo.

El nuevo recuento mundial es el primer intento de discernir patrones internacionales de acceso a armas de fuego, posesión de armas y muertes causadas por armas de fuego. Los hallazgos fueron publicados en la revista Journal of the American Medical Association, el 4 de septiembre.

Las guerras, los tiroteos masivos y los ataques terroristas pueden ocupar un lugar importante en nuestra conciencia. Pero el nuevo trabajo deja en claro que el número de muertes en todo el mundo por armas de fuego, en realidad es impulsado por la desesperación personal, el conflicto interpersonal y el descuido.

“Esto constituye un importante problema de salud pública para la humanidad”, escribió un trío de especialistas en una investigación sobre armas de fuego en un editorial que acompaña al nuevo estudio.

El censo de muertes por armas de fuego no incluyó a personas muertas en situaciones de conflicto armado. De hecho, en casi todos los años entre 1990 y 2016, el número de muertes por armas de fuego en situaciones ajenas al combate empequeñecía al número de muertes por armas de fuego derivadas de guerras e insurrecciones. En 2001, por ejemplo, hubo 15 muertes de civiles por armas por cada muerte de militares por armas. La única excepción fue en 1994, cuando los ruandeses se dedicaron a la matanza organizada a lo largo de las líneas tribales.

En todo el mundo, el 64% de las muertes relacionadas con armas de fuego se consideraron homicidios.

Pero de un país a otro, había marcadas diferencias en las motivaciones de las personas que manejaban armas de fuego.

En países afluentes como Australia, Canadá y Alemania, los suicidios típicamente superaron en número a los homicidios por márgenes considerables. En los Estados Unidos, hubo casi el doble de suicidios relacionados con armas de fuego que los registrados en el 2016. Ese año, Estados Unidos representó el 35% de todos los suicidios con armas de fuego en todo el mundo.

En países donde el tráfico de drogas y la violencia de pandillas son flagelos generalizados, los homicidios relacionados con armas de fuego claramente dominaron. En China y Arabia Saudita, las muertes con armas de fuego generalmente no fueron intencionales.

El equipo de investigación, un consorcio multinacional de expertos en salud pública llamado Global Burden of Disease 2016 Injury Collaborators, calculó que hubo 209,000 muertes por armas de fuego en 1990, una cifra que aumentó a 251,000 en 2016. Pero la población mundial se expandió más rápidamente durante ese período. Como resultado, entre 1990 y 2016, las tasas mundiales de muertes por armas de fuego disminuyeron en casi un 1% por año.

Con no más de siete muertes relacionadas con armas de fuego en 2016, Singapur tuvo la tasa más baja de muertes por armas de fuego: el riesgo de ser asesinado por una bala era literalmente de 1 en un millón. Japón estuvo un segundo lugar, con un estimado de 455 muertes por arma de fuego en 2016 y un riesgo de 2 en un millón. Ambos países tienen límites estrictos para la posesión de armas.

Estados Unidos, en comparación, tuvo alrededor de 106 muertes relacionadas con armas de fuego por cada millón de personas.

En Filipinas y Australia, la incidencia anual de suicidios con armas de fuego disminuyó en más del 5% durante el período de estudio. En Estonia y Taiwán, la incidencia anual de homicidios con armas de fuego disminuyó en un 6%.

Dieciocho países resistieron esta tendencia, con tasas de mortalidad por armas que se mantuvieron constantes o aumentaron. Catorce de ellos estaban en América Latina y el Caribe.

Al otro lado de las fronteras nacionales, con leyes diferentes y actitudes muy distintas hacia las armas de fuego, los hallazgos plantean muchas preguntas que los investigadores deben seguir. Pero aclaran un punto: las armas de fuego son “un importante problema de salud pública con costos sociales y económicos que van más allá de la pérdida inmediata de vidas”, escribieron los autores del estudio.

Las armas acortan las vidas de las mujeres también, y los homicidios superan ampliamente en número a los suicidios. Las muertes no intencionales que involucran a mujeres y armas de fuego son extremadamente raras.

Otra investigación ha encontrado un vínculo entre la propiedad de las armas de fuego y la violencia fatal “por personas conocidas” en los Estados Unidos. Los autores del nuevo informe señalaron que “aunque los hombres son con frecuencia los objetivos de la violencia con armas de fuego, también son los perpetradores más probables, a menudo en el contexto de la violencia doméstica y en las relaciones”.

El estudio también deja en claro que Estados Unidos ha jugado un papel clave en preparar el escenario para las muertes relacionadas con armas en toda América, tanto al suministrar armas como al mantener el tráfico de drogas que genera el uso mayormente ilegal de armas en estos países. En muchos de estos países, pocas armas parecen estar en manos de propietarios legales.

Al crear datos nacionales de referencia de muertes por arma de fuego y mostrar las tendencias en el tiempo, la nueva cuenta sienta las bases para las comparaciones interculturales. Eso podría permitir a los futuros investigadores explorar por qué las muertes por armas de fuego han disminuido tan dramáticamente en algunos países e incrementado en otros, y preguntarse si las políticas gubernamentales jugaron un papel. Les permitirá estudiar la posibilidad y la manera en que las circunstancias de los estados cercanos, como el gigante de las armas de fuego de Estados Unidos, subvierten o promueven los esfuerzos de un país para reducir las muertes por armas de fuego.

También debería estimular más y mejor recopilación de datos, de acuerdo con los autores del editorial.

“Además de saber cuántas personas poseen armas de fuego, las estimaciones confiables de cuántas personas tienen fácil acceso a las armas serían valiosas porque podría ser el factor de riesgo más fuerte para las lesiones y muertes por armas de fuego”, escribió el pediatra de la Universidad de Washington, Dr. Frederick P. Rivara, David M. Studdert de la Facultad de Derecho de Stanford, y el médico de emergencias de UC Davis, Dr. Garen J. Wintemute.

Agregaron que las investigaciones futuras deben comenzar a explicar por qué las personas poseen armas de fuego.

“Los esfuerzos para prevenir la violencia con armas de fuego que no procedan de una comprensión clara de por qué las personas poseen armas de fuego y las barreras percibidas para el cambio tendrán un éxito limitado, como lo demuestra la experiencia hasta la fecha”.

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