Uno de cuatro estudiantes en esta preparatoria migró de Centroamérica, muchos sin sus padres

Uno de cuatro estudiantes en esta preparatoria migró de Centroamérica, muchos sin sus padres

Gaspar Marcos bajó del autobús 720 en la oscuridad de la madrugada, en MacArthur Park, después del final de un turno de ocho horas de lavado de platos en un restaurante de Westwood.

Hasta llegar a su departamento, atravesó lavanderías fortificadas con barras de hierro y pintadas con grafiti, tiendas cerradas y un carro de tacos ubicado en la inquietante desolación. Cerca de las 3 a.m., se desplomó en su pequeña cama, en el cuarto que alquila a una familia.

Cinco horas después, se sentó en su escritorio de la escuela Belmont High School, justo antes de que sonara el timbre. El joven de 18 años de edad, estudiante de segundo año, se frotó los ojos y fijó su mirada en una ecuación de álgebra. Los minutos pasaron y aparecieron algunos rezagados, nueve en total. Al igual que Marcos, la mayoría de ellos había trabajado un turno completo la noche anterior, cosiendo ropa, cocinando en restaurantes o pintando casas.

La mayoría de ellos son inmigrantes de América Central, parte de varias oleadas de los más de 100,000 que llegaron a los EE.UU. cuando aún eran niños, en los últimos cinco años, sin padres y a menudo después de viajes muy peligrosos.

Muchos de ellos terminaron en las aulas de todo el país. En Belmont High, de Los Ángeles, se estima que uno de cada cuatro de los 1,000 estudiantes de la escuela provienen de Centroamérica, y muchos de ellos son menores sin familia. Algunos cruzaron la frontera para reunirse con sus madres o padres, o para buscar refugio de la violencia sin precedente en sus países. Otros se atrevieron a soñar con el éxito en los EE.UU., no sólo con tener lo justo para sobrevivir.

La directora de Belmont, Kristen McGregor, afirmó que esta situación obligó a la escuela a reimaginar su papel en las vidas de los alumnos. “Nuestros estudiantes, muchos de ellos, deben trabajar. Algunos tienen que enviar dinero a casa, o pagar la renta”, dijo. “Esto generará un replanteo de la educación en general. Claro, ellos asisten a la escuela, ¿pero qué ocurrirá después? ¿Cómo podremos apoyarlos?”.

La primera vez que McGregor notó una oleada de alumnos de Centroamérica fue en la primavera de 2013. Algunos de los estudiantes de Guatemala hablaban sólo en lenguas indígenas, como quechua o mam; la directora compró entonces un diccionario quechua. Para los más hambrientos, McGregor convirtió una estantería para libros en una despensa de alimentos, que llenó con guisantes enlatados, salsa y frutos secos. Cuando algunos alumnos se quedaron sin hogar, la directora se ocupó de hallar sitios para ellos. “Vienen aquí en busca de una vida mejor, pero no siempre sucede”, dijo.

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Marcos creció en un pueblo indígena llamado Huehuetenango, una comunidad pobre donde la mayoría de los residentes hablan en lengua chuj. Cuando tenía cinco años de edad, sus padres enfermaron. Como no había médico en el pueblo, ambos fallecieron.

En su condición de huérfano, Marcos fue recogido por una vecina, que poco tiempo después lo echó de la casa cuando el chico apenas tenía 12 años. “Eres un hombre ahora”, le dijo. “Debes valerte por ti mismo”.

Marcos lustró zapatos para ganarse la vida y reunió suficiente dinero como para inscribirse en la mejor escuela privada de su pueblo, donde aprendió a leer y escribir en español. Un año después, el trabajó escaseó y el adolescente puso su meta en el norte: llamó a un medio hermano que vivía en L.A. Marcos jamás había estado en la ciudad de Guatemala. Vistió una camiseta y pantalones para el largo viaje. Olvidó llevar una mochila.

Como la mayoría de los niños que emprenden el viaje a los EE.UU. sin padres ni guardianes, le pagó a un coyote para que lo guiara en la travesía.

Marcos pasó tres días perdido y sin agua en el desierto de Sonora; no comió durante una semana entera. En un momento, se desmayó. El coyote lo abandonó cuando él quedó rezagado del grupo.

Finalmente llegó a Falfurrias, Texas, donde fue secuestrado por dos hombres que querían $3,000 a cambio de su liberación. Ellos sólo hablaban inglés, y Marcos únicamente español. Los hombres empleaban una aplicación de traducción en su celular, contó el joven.

Marcos logró negociar el precio a $1,000. Su pariente transfirió el dinero y le compró un billete de autobús a Los Ángeles, pero los agentes de inmigración lo detuvieron en Arizona.

Marcos tenía 13 años en ese momento, por lo tanto le dieron una notificación para presentarse en la corte de temas inmigratorios, antes de liberarlo a un medio hermano a quien nunca había conocido. Pocos meses después, los hermanos tuvieron una pelea; Marcos volvió a quedar solo, y consiguió un trabajo que pagaba $5 la hora por coser prendas en una fábrica del centro de L.A.

Después obtuvo un empleo en un restaurante, con un salario de $10.50 la hora. En ese momento, pagaba $600 de alquiler, y debía considerar unos cientos de dólares de alimentos. Cada mes, él separaba $300 para pagar la deuda de $10,000 al coyote que lo había traído a los EE.UU. “¿Qué otra cosa podía hacer?, dice. “Es la vida que me ha tocado”.

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Habiendo interrumpido sus estudios en Guatemala, Marcos sabía que la educación era “lo más importante”. “Si uno no tiene educación, nadie lo respeta”, afirmó. “Si uno no se educa, no tiene trabajo. Quiero ser una buena persona y ser educado… tener un trabajo bueno y estable. Quiero tener una casa, la casa que nunca tuve”.

McGregor señala que algunos de los hijos de inmigrantes que vinieron a L.A. se presentaron en Belmont, en el barrio de Westlake, casi de inmediato. Otros se inscribieron unos años después, luego de trabajar por un par de años.

A raíz de ello, muchos alumnos, como Marcos, son mayores que el resto en su misma clase. “Comienzan aquí en noveno grado, sin importar qué edad tienen”, señaló la directora. “Algunos terminan a los 19 o 20 años de edad”.

Muchos de estos chicos acuden a dicha preparatoria porque saben que Belmont High tiende a darles siempre la bienvenida. Allí, los maestros saben sobrellevar el trauma que muchos de ellos han sufrido en sus países de origen, o durante el peligroso viaje hacia el norte. Algunos estudiantes luchan contra temas de abandono y resentimiento, mientras intentan conocer a su madre, padre o familiar, que en algún momento los abandonó. Otros huyen.

Algunos de los estudiantes del profesor de álgebra, Marvin Centeno, sólo hicieron hasta tercer o cuarto grado en su país natal. A la vez, intentan estudiar y trabajar; muchos también deben navegar el complejo sistema inmigratorio, que decidirá si pueden o no quedarse en los EE.UU., explicó Federico Bustamante, quien administra un refugio de transición para niños migrantes sin familia llamado Casa Libre.

Bustamante ayudó a Marcos a conseguir un abogado sin costo a través de la organización Kids in Need of Defense, una entidad activista que trabaja para hallar representación a estos niños en la corte de inmigración. A Marcos se le permitió vivir en Casa Libre hasta sus 18 años de edad. La condición de quedarse allí era concurrir a Belmont High, algo que el joven pensaba que no podía hacer debido a su condición de ilegal. En la escuela, se negaba a tomar la comida de la despensa improvisada porque sentía que otros estudiantes la necesitaban más que él. Pero devoraba cualquier consejo de McGregor para mejorar su inglés.

Marcos tiene al menos una ventaja por sobre otros alumnos inmigrantes: recibió una visa de inmigrante juvenil, que usualmente se otorga a niños que han sido abusados, abandonados o descuidados por uno o ambos padres. Eso lo hace elegible para obtener la residencia legal, que él desea pedir.

De todas formas, el chico aún lucha por lograr un balance entre la escuela y el trabajo. Muchos de los alumnos inmigrantes acuden a la escuela cada día, señaló McGregor, pero para algunos, el trabajo y otras complicaciones se convierten en obstáculos para su formación.

Preocupado por ganar el dinero suficiente para vivir, Marcos rara vez rechaza turnos extra en su empleo. A veces se queda dormido y pierde alguna clase por la mañana. Otros días, directamente no acude a la escuela. Sus calificaciones ‘A’ y ‘B’ comenzaron a convertirse en ‘C’; McGregor a menudo les ruega a los estudiantes como él que no falten a clase. “Si tienes que pagarle a un coyote que te trajo hasta aquí, ¿qué lugar le deja eso a la escuela?”, se pregunta ella.

Durante su clase de biología del segundo período, Marcos hojeó dos libros de texto; uno en inglés y otro en español, con una computadora portátil cercana. “¿Cuáles son algunas de las plantas que viven en este bioma?”, leyó en voz alta para sí mismo, jalando de su cabello mientras buscaba la respuesta.

Cuando el alumno sentado a su lado le hizo una pregunta en chuj, él respondió en español, pensando que era una falta de respeto dejar a los otros chicos fuera de la conversación.

La última semana de clases, Marcos faltó a clase varias veces. McGregor lo llevó afuera del aula y le rogó nuevamente que no falte a la escuela. En el último día, su escritorio estuvo vacío durante álgebra, en el primer período, y nuevamente durante su clase de biología. Cuando comenzó el tercer período, el joven llegó a su escritorio.

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