Una mujer lucha por salvar a sus rinocerontes, armada sólo con la escopeta de su abuela

Lynne MacTavish vive en una pequeña casa de madera en Sudáfrica, en su reserva de caza, con un emú feroz domesticado, un avestruz joven, una bandada de gansos, dos terrier Jack Russell y la escopeta de doble cañón de su abuela, con la que protege a los rinocerontes.

La mujer tiene una estatua desagradable en su puerta: un tokoloshe, o espíritu malvado según la creencia local, que fue instalada por un médico brujo para alejar a los cazadores furtivos de rinocerontes.

A diario, MacTavish se levanta después de la medianoche, toma su escopeta, se refugia en su SUV y patrulla en busca de cazadores furtivos.

Todavía recuerda vívidamente la escena que halló una ventosa mañana de octubre, en 2014, y aún llora al contar la historia. Un grupo de cazadores habían matado a dos rinocerontes, incluyendo una hembra preñada que MacTavish había tenido con ella desde su nacimiento. Dos animales más murieron como resultado indirecto del ataque, y una cría también se perdió días antes de nacer.

MacTavish, tan fuerte como el arbusto espinoso de su reserva animal en el noroeste de Sudáfrica, trabaja duro para cubrir el costo de los guardias de seguridad; un cazador furtivo local la ha amenazado de muerte.

Sudáfrica alberga el 80% de los 25,000 rinocerontes del mundo. Afectado por la corrupción y la inseguridad, el país pierde tres rinocerontes al día por la caza furtiva; el 85% de ellos en reservas estatales. Propietarios privados como MacTavish se han vuelto importantes para la supervivencia de la especie, alimentando a más de 6,500 rinocerontes en un promedio de 330 reservas, que abarcan cinco millones de acres y proveen un grado relativo de seguridad.

Pero la vigilancia es costosa; tanto que muchas reservas están cerrando sus puertas. Para ayudar a generar ingresos, los operadores de reservas privadas han demandado -con éxito- en pos de reanudar el limitado comercio de cuernos de rinocerontes, prohibido en Sudáfrica desde 2009. El gobierno está dando el toque final a las nuevas regulaciones, que permitirán a los extranjeros exportar hasta dos cuernos para uso personal.

La medida ha sacudido el mundo de la preservación de la vida silvestre. La mayoría de los defensores de la fauna sostienen que abrir la puerta, incluso a la venta de cuernos de rinocerontes ‘criados’, podría amenazar una iniciativa internacional para acabar con el comercio en todo el mundo. Alrededor de 2,200 cuernos al año fluyen en los negocios ilegales, mayormente cazados en propiedad privada, y los opositores de las nuevas normas comerciales sostienen que los criminales hallarán maneras de canalizar estos cuernos en el nuevo mercado legal.

“Reabrir un comercio nacional de cuernos de rinocerontes en Sudáfrica haría aún más difícil para los agentes del orden, ya sobrecargados, hacer frente a los delitos vinculados”, afirmó el director de políticas del Fondo Mundial para la Naturaleza, Colman O’Criodain, en un comunicado. “No hay demanda interna de cuernos en Sudáfrica, por lo cual es inconcebible que alguien los compre, a menos que tenga la intención de vender ilegalmente en el extranjero o esté especulando con la legalización del comercio internacional”.

La Asociación de Propietarios Privados de Rinocerontes de Sudáfrica expone que un comercio legal limitado -con cuernos recortados y sin la muerte del animal- es la única forma segura de satisfacer la demanda en China y otras partes de Asia. Vender cuernos, que vuelven a crecer como las uñas, podría ayudar a cubrir los altos costos de la seguridad y evitar la extinción, afirman los propietarios.

La población está en un equilibrio tan débil que si uno de los lados se modifica, los rinocerontes podrían extinguirse dentro de una década.

 

En el ataque a la reserva de MacTavish, en 2014, los cazadores reptaron durante la noche y dispararon contra una hembra llamada Cheeky Cow. El animal corrió durante varias millas, lo cual alejó a los cazadores de la cría, pero finalmente rodearon a Cheeky y otras tres hembras contra una cerca y dispararon nuevamente, matando también a otra joven hembra preñada, Winnie.

Después cortaron la médula espinal de Cheeky Cow con un machete, para que no pudiera moverse, y mientras el animal estaba vivo lo golpearon con un hacha para tomar sus cuernos. Winnie también estaba viva cuando le quitaron los suyos.

Cuando MacTavish halló el cuerpo de Winnie se sentó en la tierra y lloró durante media hora.

 

“Cuando uno mira a un animal que ha conocido toda su vida y ve lo que le han hecho, es una crueldad más allá de las palabras”, aseguró MacTavish. Entonces supo que tendría que quitarle los cuernos al resto de sus animales, “porque no podía soportar que ningún otro pase por esa horrible atrocidad”.

La mujer llamó a la policía, pero las autoridades no investigaron los cadáveres de los rinocerontes, ni las huellas ni la escena del crimen. Bebieron cerveza, dijo MacTavish, y el capitán le pidió que encendiera una barbacoa para “no desaprovechar esa buena carne”.

Finalmente, la propietaria llamó a un grupo de veterinarios para que corten los cuernos de todos sus animales; su macho de 32 años de edad, Patrol, murió durante el procedimiento. Por todo ello, apoya firmemente la decisión de levantar la prohibición -que lleva ocho años- de la venta legal de cuernos de rinoceronte en el país. “Ha sido desastrosa”, señaló, “porque significó que la única manera de conseguir cuernos era cazando animales. El precio se disparó y creó una gran tentación para que los empleados de granjas como la suya se aliaran con cazadores furtivos”, agregó. “Por darle información a un sindicato podían ganar más que trabajando todo un año. El dinero es mucho y el riesgo es muy bajo, porque los tribunales y la policía no actúan. Todo ello sólo significa algo: la extinción de estos animales”.

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En una reserva de lujo mucho más grande, cerca del Parque Nacional Kruger, el cartel en la puerta del centro de operaciones reza: “War Room” (centro de operaciones).

Adentro, las persianas negras cubren una pared. El jefe de seguridad, Endrie Steyn, un exsoldado con un aire de reflexiva sospecha, las enrolla y revela un tablero cubierto de mapas que incluyen avistamientos de cazadores furtivos, sospechosos, contactos, fotografías, direcciones, reuniones y movimientos de vehículos.

La reserva redujo sus casos anuales de caza furtiva de 14 a dos mediante la instalación de equipos de alta tecnología: cámaras térmicas capaces de detectar personas por la noche, cámaras de circuito cerrado de TV, sensores, alarmas de cercas, un sistema biométrico para comprobar las huellas digitales de los visitantes y una red de comunicaciones confiable.

Mientras dos jóvenes rinocerontes disfrutan contentos cerca de un arroyo, un grupo de veteranos de guerra angoleños, con gafas de sol y armas automáticas, recorren la zona en jeeps.

La tecnología fue creada por Bruce Watson, dueño de la propiedad, quien solicitó a The Times no identificar la reserva por razones de seguridad.

Steyn ha reunido a un equipo de exoficiales de policía en la comunidad como sus ojos y oídos, para recolectar inteligencia a partir de conversaciones en tabernas donde los posibles cazadores furtivos se juntan a beber. “Hace tres años, pasábamos de cadáver a cadáver”, agrega el director de la reserva, David Powrie. “Perdimos muchos rinocerontes; debimos gestionar la crisis. Ahora descubrimos lo que está sucediendo afuera, antes de que las cosas lleguen aquí”.

El sesenta por ciento de los incidentes de caza furtiva en Sudáfrica ocurren en el Parque Nacional Kruger, donde viven unos 9,000 rinocerontes. Guardabosques, policías, soldados, oficiales de fauna del estado y exfuncionarios se cuentan a menudo entre los cazadores furtivos.

Con fondos de las loterías holandesas y británicas, el parque ha instalado una vigilancia por radar, capaz de detectar a cazadores furtivos por la noche. El multimillonario estadounidense Warren Buffett donó dos helicópteros para la causa.

Sin embargo, los sindicatos de caza furtiva son cada vez más agresivos, y el año pasado se registraron 2,882 incursiones al parque,  un 30% más que en 2015. No obstante, menos de 50 casos fueron procesados; de los detenidos, sólo el 15% fueron condenados.

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John Hume, el mayor propietario privado de rinocerontes del mundo, se sienta en su SUV con dos terrier Jack Russell en su regazo y observa a una hembra y sus dos crías. El hombre posee cerca de 1,500 rinocerontes blancos en un rancho pacífico, en las anchas planicies de la provincia de North West. Los cazadores furtivos han matado a 52 de sus animales, pero él ha criado más de 1,000 terneros en lo que llama su cruzada privada para salvarlos de su extinción. Dice que su ambición es criar 200 al año, y en 2016 llegó a 180.

Para este antiguo empresario hotelero todo comenzó como un pasatiempo durante su jubilación, hace 25 años, pero ahora es un negocio de $4.8 millones al año y más de la mitad de esa suma debe invertirse en seguridad.

Hume fue uno de los dos propietarios privados que presentaron la demanda para anular la prohibición del comercio de cuernos. El hombre tiene varios detractores entre las organizaciones de vida silvestre, quienes lo ven como un oportunista que ahora quiere volverse más rico vendiendo cuernos. Pero quienes lo apoyan aseguran que sus instalaciones de cría han hecho mucho para salvar a los rinocerontes de la extinción.

En la reserva de Hume se cortan los cuernos de los animales cada dos años, para disuadir a los cazadores furtivos.

El rancho de Hume tiene un centro de seguridad al estilo militar, apodado Afganistán, y un helicóptero que sobrevuela todas las noches. Sólo dos rinocerontes fueron cazados en los últimos 18 meses; ninguno de ellos tenía los cuernos cortados porque estaban a punto de ser vendidos a un parque de safaris. Hume sospecha que dos de sus empleados, quienes sabían la ubicación de los animales y la rutina de vigilancia, llevaron a los cazadores hasta estos (fallaron en las pruebas del detector de mentiras sobre el ataque, y luego huyeron).

“El talón de Aquiles de mi proyecto es la gente… Eso es lo que necesitamos: menos gente y más soluciones de alta tecnología”, afirmó Hume, y agregó que vender cuernos le permitirá comprar un radar de $3 millones de dólares para detectar incursiones nocturnas.

Organizaciones como el World Wildlife Fund temen que el comercio nacional de cuernos sea una entrada clandestina al comercio internacional, porque el proceso de emitir permisos gubernamentales es corrupto. Eso, junto con los laxos controles en Asia, podrían resultar en una inundación de cuernos en el mercado comercial.

Hume planea subastar cuernos en Sudáfrica este agosto, y predice que los residentes chinos en ese país serán los principales compradores. Aunque los precios del mercado negro en Asia se estiman entre los $14,000 y $30,000 por libra, Hume espera obtener una fracción de eso: de $2,700 a $4,500 por libra. “No creo que jamás podamos tener ninguna seguridad; por lo tanto, creo que es esencial para la supervivencia de este proyecto que vendamos cuernos”, afirmó. “Sin hacerlo, ningún proyecto de reproducción tendrá éxito”.

 

Los propietarios pequeños, como MacTavish, no pueden comprar drones, helicópteros, radares o sensores. Según la asociación de propietarios de rinocerontes, al menos 70 dueños de estos animales se dieron por vencido y los vendieron entre 2009 y 2015. Como resultado, se perdieron 500,000 acres de campos para su cría.

MacTavish se aferra al tema y dedica cada centavo extra a sus animales. Crió a sus hijos en un cobertizo de avestruces reconvertido antes de construir su pequeña casa espartana, y ahora hospeda grupos de universitarios para generar más ingresos con que ganarse la vida.

Cerca de una represa, en su propiedad, erigió un santuario para los rinocerontes que perdió a manos de cazadores furtivos. A un lado está el cráneo de Cheeky Cow, con su horrenda herida. A pesar de su cuidado por la seguridad, la mujer vive con temor a otro incidente. “Básicamente uno pone su vida en riesgo por estos animales”.

Pero en abril pasado, todo pareció valer la pena; en medio de un clima de truenos y relámpagos, nació una nueva cría. La bautizaron Storm (tormenta).

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Traducción: Valeria Agis

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