Una escena de miseria y desamparo recibe a los usuarios de la prestigiosa biblioteca de Santa Ana

Una escena de miseria y desamparo recibe a los usuarios de la prestigiosa biblioteca de Santa Ana

Haley Flores creció estudiando minuciosamente los libros de  historia de la Biblioteca Pública de Santa Ana, mientras sus hermanos pequeños desarrollaban su vocabulario y leían cuentos sobre ataques alienígenas y el espacio exterior.

Pero las visitas a la biblioteca del centro se han convertido en un paseo por el callejón de la miseria: hombres y mujeres sin hogar duermen en el césped, mientras otros imploran a los visitantes algo de cambio. Dentro del edificio, letreros advierten a la gente que evite los baños, donde algunas de las personas desamparadas emplean los lavabos e incluso hasta el agua del inodoro para bañarse y lavar su ropa.

Algunos de los indigentes de Santa Ana usan los cubículos de estudio para buscar trabajo; otros para inyectarse drogas, con jeringas halladas en macetas y hasta en una caja de fundas de asiento para inodoros. Los guardias de seguridad llevan equipos para eliminar jeringas en sus cinturones de herramientas. “Era un buen lugar para pasar el rato y sacar algo valioso de ello”, dice Haley, de 14 años, alumna de USC College Prep. “Ahora es incómodo estar aquí”.

El creciente debate sobre la falta de vivienda en el condado de Orange ha encontrado una gran prueba en una biblioteca que este año fue nombrada una de las cinco ganadoras de la Medalla Nacional para Servicios de Museo y Bibliotecas, el máximo honor del país otorgado a estas instituciones por su servicio a la comunidad.

Las bibliotecas de todo el país, entre ellas en el centro de Los Ángeles, han sido durante mucho tiempo espacios seguros para los transeúntes. Pero la población sin hogar del condado de Orange ha crecido fuertemente en años recientes, y el centro cívico de Santa Ana, donde se ubica la biblioteca, es ahora hogar de un campamento de más de 400 personas, una situación que el Ayuntamiento catalogó a principios de este mes como “una crisis de salud pública”.

La situación se volvió tan grave que, en agosto pasado, las autoridades cerraron la biblioteca durante dos semanas para llevar adelante “una reconfiguración”, con la idea de lograr un mejor trato con la población desamparada. Los cubículos en los pisos superiores fueron retirados para reducir ciertos tipos de actividades, y los asientos para adultos se concentran ahora en la planta baja, frente a la entrada, para que el personal del lugar pueda controlar mejor lo que ocurre.

El número de guardias de seguridad a tiempo completo que trabajan dentro y fuera de la biblioteca, un edificio de 40,000 pies cuadrados, aumentó de dos a cuatro, y se contrató a un “portero diurno” para recorrer la biblioteca y el centro cívico y cuidar los baños, muy transitados. También se instalaron enchufes eléctricos adicionales, para que los usuarios, entre ellos las personas sin hogar, puedan cargar sus teléfonos.

Heather Folmar, gerente de operaciones de la biblioteca, quien trabaja allí hace 25 años, afirmó que se trató de un acto de equilibrio, “que nos permite atender a todo el mundo; incluso a aquellas personas que no tienen hogar”.

Pero en las recientes reuniones del gobierno local, los residentes se han quejado de que hay demasiadas personas sin vivienda en las instalaciones, lo cual genera que otros usuarios se alejen del lugar. “Es indignante. Los desamparados son una epidemia en la ciudad, y eso impide a las familias el uso de nuestra galardonada biblioteca”, afirmó Peter Katz, un empleado de correos jubilado y residente de Santa Ana hace 50 años.

Las bibliotecas de todo el país han sido durante mucho tiempo santuarios de conocimiento para los más jóvenes y los más adultos, para los pobres y los adinerados; lugares para mantenerse fresco en verano y cálido en invierno.

Esto también es cierto para los desamparados, que se han beneficiado largamente del relativo socorro que ofrecen las bibliotecas. A nivel nacional, en algunas de ellas, los funcionarios distribuyen tarjetas que ofrecen acceso a servicios como bancos de alimentos y oficinas de empleo. Otras proveen pases de autobús y clases para crear hojas de vida, o incluso contratan a expertos en salud mental para ayudar a los transeúntes que se presentan, según detalló Julie Todaro, presidente de la Asociación Estadounidense de Bibliotecas. “Una biblioteca puede ser un refugio. Las bibliotecas públicas han intentado siempre brindar su servicio con un sentido de comunidad”, explicó.

Mientras espera que su hija, alumna de sexto grado, termine su tarea en la sección infantil, Mili Martínez afirma que la biblioteca es cada vez más insegura. La mujer contó que ha indicado a su hija que “jamás toque el inodoro con sus manos. Accionamos la descarga con los pies”.

Algunas de las personas sin hogar que pasan tiempo allí, como Keith Cowan, de 52 años de edad, señalan que intentan mantener un bajo perfil. Cowan ha vivido en las calles hace diez años. Un extrabajador del cemento, el hombre afirma que mayormente se dirige al edificio para usar el baño. “Intento no ser una molestia. Jamás hablo con los usuarios de la biblioteca, y sé que este sitio es sólo para familias”, señala. “Los guardias me recuerdan que sea consciente de mis modales”.

Steven Sebreros, un mecánico profesional de cuarenta y tantos años, creció en Santa Ana y dice que la gente no entiende a los desamparados como él. “Como todo el mundo, queremos un trabajo estable y sentirnos seguros”, dice. “Pero somos ignorados. Sufrimos en silencio”.

Folmar, la bibliotecaria, afirma que ella y los miembros del personal comenzaron a ver un aumento en el número de personas sin hogar que merodean los terrenos de la biblioteca hace un año, aproximadamente. La presencia de ellos les genera, a la vez, alarma y simpatía. “Una mujer desamparada me dijo: ‘No somos animales’, y yo me sentí frustrada por ella y por nosotros. Sentí tanta tristeza por su situación”, dice Folmar. “Hay gente que se sienta en los pisos, se acuesta sobre ellos; otros cargan sus celulares. Los cubículos de estudio se utilizan para otros fines, cosas de las cuales ni siquiera puedo hablar”.

Mientras aumenta la preocupación por la salud pública y la seguridad de los trabajadores locales y los usuarios del centro cívico, las autoridades del condado pusieron en marcha una capacitación del personal acerca de patógenos transmitidos por la sangre que se encuentra en las jeringas, y las enfermedades que se transmiten a través de los fluidos corporales.

La biblioteca ha sido elogiada por sus servicios de salud, que incluyen embajadores sanitarios que muestran a los usuarios cómo llevar una vida más activa, clases de cocina, programas de mentoreo para diferentes grupos etarios y actividades deportivas dirigidas por el departamento de adultos jóvenes. “Es muy molesto ofrecer todas estas cosas maravillosas para la gente, especialmente para niños y jóvenes, y que ellos no vengan porque sus padres tienen miedo”, explicó Folmar.

Algunas personas han criticado un programa de intercambio de agujas que funciona los sábados, desde el mediodía hasta las 3 p.m., argumentando que atrae a más desamparados al centro cívico. Las estadísticas muestran que desde su inicio, en febrero pasado, los voluntarios han registrado 3,750 visitas de clientes y distribuido 233,065 agujas limpias.

Kyle Barbour, uno de los fundadores del Programa de Intercambio de Agujas del condado de Orange, aseguró que esas quejas son infundadas y dijo que el campamento de desamparados ha crecido debido a que las autoridades lo permiten. “Está la falta de refugios. El condado de Orange no tiene una red suficiente, o soluciones adecuadas para ayudar a esta población”, afirmó. “Nadie va a venir al centro cívico a instalarse por un programa al cual tiene acceso cinco minutos por semana”.

Este mes, la Junta de Supervisores del Condado de Orange eligió a Mercy House Living Centers Inc. para crear un refugio de emergencia con 200 camas y nuevo centro multiservicio en Anaheim -cuya inauguración está prevista para 2017-, para atender a personas sin hogar permanente. El condado también gestionará refugios estacionales para la temporada invernal en los arsenales de la Guardia Nacional en Fullerton y Santa Ana.

El concejal de Santa Ana David Benavides cree que la ciudad ha atraído a muchas personas sin hogar debido a sus agencias de salud y servicios sociales. “El centro cívico tiene mucho espacio público y hay transporte cerca. Todo es conveniente”, expuso. “Espero que hayamos alcanzado nuestro máximo en términos de números. Ahora hay más atención acerca de esta crisis… Realmente creo que podemos trabajar con el condado para mejorar las cosas”.

El adolescente Anthony Daniel, quien ha estado sin hogar durante seis meses, afirmó que aún está descubriendo qué hay para la juventud desamparada en la zona. Daniel emplea algunas de las 23 computadoras de la biblioteca para buscar trabajos en restaurantes o en comercios minoristas. “No voy allí a hablar con la gente”, agregó. “Atiendo mis propias cuestiones”. El joven afirmó que le atrajo el centro cívico “porque es acogedor. Hay gente muy amable”.

La madre de Haley Flores, sin embargo, no se arriesga a que sus hijos pasen tiempo en la biblioteca. La mujer inscribió a su hija, y a sus hijos -de ocho y nueve años de edad- en clases de boxeo. “Mi mamá cree que es necesario saber autodefensa”, dice Haley, mientras toma una copia de “The Absolutely True Diary of a Part-Time Indian”. “Da un poco de miedo estar cerca de gente sin camisa. También me preocupo si beben, o pienso que pueden robarme”.

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Traducción: Valeria Agis

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