Sobreviviente del Holocausto conecta su historia de vida con estudiantes de Los Ángeles

Un programa de arte conecta a los estudiantes de Los Ángeles con sobrevivientes del Holocausto

El primer período de cualquier día puede ser bullicioso; el timbre de entrada suena, los amigos se ponen al día con los últimos chismes y quienes llegan tarde corren locamente para alcanzar sus salones. Pero estos estudiantes de la clase de historia del profesor Jon Aguado, en Animo Ralph Bunche High School, de Los Ángeles, se muestran respetuosos y guardan silencio.

Los únicos ruidos que se escuchan son el murmullo de un sistema de ventilación y la suave voz de la conferencista, Gabriella Karin, quien cuenta sus escalofriantes experiencias en Eslovaquia, durante la Segunda Guerra Mundial.

Nacida de padres judíos que operaban una tienda de delicatessen en el centro de Bratislava, tenía 11años cuando ella y su familia fueron forzados a vivir en la clandestinidad, al igual que Anne Frank, para evitar la deportación a un campo de concentración nazi. "En este pequeño dormitorio del apartamento nos ocultábamos ocho personas", dice mientras sostiene una imagen actual del edificio en el cual su familia se escondía.

“Imagínense estar sentados durante nueve meses en una silla y no poder moverse. No podía hablar. Siempre teníamos hambre”, añade Karin, quien a sus 85 años luce un corte de cabello asimétrico muy elegante. “Nunca había suficiente comida”, dice, mientras la clase escucha cautivada. 

Cuando la charla termina, hay algunas preguntas reflexivas de los alumnos y una ronda de aplausos. Los alumnos, en lugar de embarcarse en una discusión profunda sobre la historia del Holocausto, toman sus materiales de arte: marcadores, pinceles, papel y una cantidad de discos de plexiglás que les servirán como lienzo.

La charla de Karin y el remolino de creación artística que siguió a ella es parte de un programa innovador creado por el Museo del Holocausto de Los Ángeles, que utiliza el arte para enseñar a los alumnos de las escuelas públicas sobre el Holocausto.

Durante tres años, el museo se ha asociado con tres preparatorias y una escuela secundaria de zonas marginadas: Animo Ralph Bunche, Animo Watts High School y Alain LeRoy Locke College Preparatory Academy, en barrios del sur de Los Ángeles, y PrairieVista Middle School, de Hawthorne, y ha hecho los arreglos necesarios para que los alumnos visiten el museo y para que los conferencistas visiten las escuelas.

Estos intercambios culminan en proyectos de una clase de arte en conjunto, con pinturas, instalaciones, colchas hechas en grupo y móviles enormes hechos de discos de plexiglás, que el museo muestra en sus galerías (actualmente está en exhibición el móvil inspirado en la charla de Karin).

Un móvil hecho por un estudiante, inspirado por el programa Share Our Stories exhibido en el Museo del Holocausto en Los Ángeles.

Aguado, el vigoroso maestro que ayudó a dirigir el programa, sostiene que el compromiso artístico puede ofrecer una conexión más profunda con el tema, más que la conferencia por sí misma.

“Para los estudiantes, puede ser difícil expresar sus emociones y pensamientos”, dice. “Para estas conversaciones no les pedimos que escriban un ensayo. De esta manera se pueden expresar plenamente y sin temor a ser juzgados”.

En el proceso, sus estudiantes llegar a conocer un capítulo oscuro en la historia de aquellos que lo vivieron y sobrevivieron.

Samara Hutman, directora ejecutiva del museo, afirma que el programa ofrece un punto vital de contacto entre los escolares de L.A. y la última generación de supervivientes judíos del Holocausto y la Segunda Guerra Mundial, muchos de los cuales ahora tienen entre 80 y 90 años de edad. “El arte es tan importante, porque realmente le permite a los chicos ver algo a través de otros ojos”, sostiene. “Los alumnos entienden que estas historias personales son valiosas”.

“Siento que, en una plática, es posible que se pierdan algunos detalles”, expresa Ximena Reyes, de16 años de edad y estudiante de segundo año de preparatoria, que quiere ser periodista. “Pero con el arte se pueden expresar los detalles, se pueden llenar los espacios en blanco”.

Para su pintura, la chica creó una cueva para representar el Holocausto. Fuera de ella emergen bandadas de pájaros, su símbolo para representar a los sobrevivientes. “Me ayuda a comprender la importancia de defender las cosas correctas”, añadió. “Si todo se mantiene quieto, nada cambia”.

Share Our Stories: Reflections Through Art (Compartir nuestras historias: reflexiones a través del arte), nombre del programa, nació de una conversación entre Aguado y Hutman, en 2013. Aguado había asistido a un programa para maestros en el Museo y se sintió especialmente tocado por algo que el director señaló. “Samara dijo que esta generación de estudiantes será probablemente la última que conozca a un sobreviviente”, recuerda. “Esas palabras me resultaron imborrables. Siempre les digo a mis alumnos: 'Eres especial, tienes la oportunidad de hacer esto'”.

Pero hacer excursiones con regularidad al museo para sus alumnos de historia estaba fuera de discusión por razones financieras: “Simplemente no teníamos los fondos para hacer un viaje de campo”. Allí fue cuando entraron en escena el museo mismo y una beca de la Fundación Max H. Gluck. “Dijimos, si ellos no pueden venir al museo”, explica Hutman, “llevaremos el museo a ellos”.

El programa piloto fue dirigido por Aguado en Animo Ralph Bunche, donde los alumnos colaboraron en la confección de un acolchado inspirado en la historia de un sobreviviente del Holocausto (varios de ellos ahora decoran el salón de clase).

Karin, quien ha estado involucrada con el Museo del Holocausto por aproximadamente dos décadas como docente, conferencista y artista expositora (es escultora), está contenta de ver lo que su historia puede inspirar en otros. "Es edificante", sostiene. “Es ver a los muchachos crear algo que no estaba allí antes".

El día en que habla a los estudiantes de Animo Ralph Bunche, relata la historia de su juventud, una infancia idílica detenida por la ocupación nazi. Cuando a Karin se le prohibió ir a la escuela porque era judía, sus padres crearon documentos de identidad falsos en las que aparece como cristiana y la enviaron a un colegio cristiano donde ella dice que lloraba a menudo a la hora de dormir. “Mi nombre no era mi nombre”, recuerda. “Mi cumpleaños no era mi cumpleaños”.

Para 1944, toda la familia se vio obligada a esconderse; fueron ayudados por un amigo de la familia, un abogado llamado Karol Blanar, que los ocultó en un pequeño edificio de apartamentos en Bratislava central, cuyos estatutos no permitían judíos como residentes (por ello era poco probable que los nazis registraran el lugar).

Para mantenerse ocupada durante ese período, Karin leía todo lo que caía en sus manos, desde Dostoievski hasta Tolstoi. “Te pueden quitar todo, incluso la ropa que llevas puesta”, dice Karin a la clase. “Pero nadie puede quitarte lo que tienes en tu cabeza, por eso hay que poner cosas buenas allí”.

 Sus palabras resuenan entre los alumnos, que escriben términos como “fe” y “esperanza” en los pequeños discos de plástico que les han dado. Un joven hace una plantilla de esténcil con la frase: “No pueden quitarte lo que está en tu mente”.

Desde que el programa piloto inició, en 2013, Share Our Stories se ha realizado en varias ocasiones en las escuelas participantes. Un estudiante, Roberto Lara, ahora del grado 12 en Animo Ralph Bunch, tomó tan en serio lo que aprendió durante su sesión que terminó trabajando en el Museo como pasante de verano, el año pasado. “Me metí de lleno en eso”, cuenta. “Era realmente muy interesante”.

Además de la lección de historia, alguien como Karin puede ser una importante fuente de inspiración para estudiantes provenientes de comunidades de escasos recursos o marginadas; algunos de ellos son hijos de refugiados de América Central, o son refugiados ellos mismos.

Pese a la cruda realidad de los años de guerra, Karin pudo mudarse junto con su marido en 1960 a Los Ángeles, donde tuvo una larga y exitosa trayectoria en la industria de la moda. Por estos días se enfoca en hacer arte y en su trabajo como voluntaria en el museo.

Relatar su historia de vida, lo malo y lo bueno, puede marcar una diferencia, dice Hutman: “Es alguien que puede decir ‘Estoy bien. Las cosas empezaron mal para mí, pero ahora estoy bien’”.

Aguado agrega que incluso luego de las sesiones, sus estudiantes siguen platicando de sus experiencias con el programa Share Our Stories. Algunos llevan a sus familias al museo para mostrarles las obras de arte colaborativo puestas en exhibición.

“Siguen hablando de esto”, señala. “El recuerdo continúa”.

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Arte realizado por estudiantes de las escuelas de Los Ángeles a través del programa Share Our Stories: Reflections Through Art

Dónde: Los Angeles Museum of the Holocaust, 100 S. the Grove Drive, Fairfax District, Los Ángeles.

Cuándo: hasta el 31 de octubre.

Información: lamoth.org

Si desea leer la nota en inglés, haga clic aquí.

Traducción: Diana Cervantes

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