Traté de ser amable después de nuestra ruptura, pero a él no le causó nada de gracia

Traté de ser amable después de nuestra ruptura, pero a él no le causó nada de gracia

Escribir sketches humorísticos, tal como aprendí durante mi única clase de comedia el verano pasado, se basa en establecer el ‘juego’ de la escena. Es decir, un patrón de comportamiento que rompe con lo cotidiano y del cual fluye el humor hasta el punto del absurdo. Pensándolo bien, eso también describe con mucha precisión el juego de citas.

Esos dos aprendizajes me fueron revelados una calurosa noche, en julio pasado. Yo me encontraba en una habitación estrecha en el segundo piso del Upright Citizens Brigade Training Center, en Sunset Boulevard, lista para tomar la clase. E intentaba también mantener una charla amistosa con la única persona en todo Los Ángeles que siente verdadero odio hacia mí. Claro que yo no tenía idea de ello.

A decir verdad, no me había disgustado encontrarme con B. -alguien con quien había tenido ‘algo’ dos años antes- al llegar al salón. Las preguntas salieron a borbotones de mi boca, como una mezcla de extraña sorpresa y curiosidad genuina: “¡Qué coincidencia! ¿Alguna vez hablamos de hacer esto? ¿Cómo has estado? ¿Todavía trabajas en TV de realidades?”. Él replicó mi sorpresa y de inmediato comenzó un furioso ataque de mensajes de texto, pero yo no entendí su reacción como algo molesto.

Sin embargo, mientras nuestro maestro nos mostraba emblemáticos sketches de “Mr. Show”, yo pensaba cómo asegurarme de que ambos pudiéramos trabajar juntos de buena manera por las próximas ocho semanas.

Después de la clase, me acerqué a él mientras todo el mundo recogía sus cosas. “¿Quieres que salgamos juntos?”, le pregunté, de la manera más casual posible. Su respuesta fue fría: “No”.

Opté por pensar que no me había rechazado en una sala llena de extraños, sino que estaba bromeando. Me reí, hice un chiste nervioso, y esperé afuera. Cuando B. salió, pasó a mi lado y fue directamente al baño de hombres. Entonces fue cuando me iluminé: “Oh, ¿era en serio que no querías hablar conmigo?”.

“Sí”, dijo él, y cerró la puerta en mi cara.

El verdadero golpe bajo ocurrió unos minutos más tarde, por mensaje de texto. “Tú eras un caos vacilante”, respondió a mi “¿Qué demonios ocurre?”. “No digo esto muy a menudo, pero no vale la pena ser tu amigo”, continuó.

Los dos habíamos conectado dos años antes en la sección de Los Ángeles de Reddit acerca de consejos de viaje, y luego en mensajes privados sobre nuestras respectivas relaciones, recientemente terminadas. Él acababa de divorciarse, yo había finalizado un vínculo con un mentiroso patológico disfrazado de novio.

A medida que nuestra conversación evolucionaba en los textos, nos sinceramos acerca de cada uno con la intimidad que ofrece un cierto nivel de anonimato. Él me recomendó un centro de terapia asequible -el mismo al que él asistía- y me dejó una dulce nota entre las páginas de un atlas en la sala de espera, el día de mi primera cita. Estaba sobre el mapa de Nueva Zelanda, naturalmente, mi país natal. Después de eso, decidimos conocernos en persona, y luego, por los cuatro o cinco meses posteriores, yo conducía varias noches por semana hasta su estudio en Culver City, bebíamos vino, mirábamos “Orphan Black” y nos besábamos.

Al comienzo de nuestro romance le había dicho que no estaba lista para una relación, y él reconoció que tampoco. Ambos discutimos las cicatrices de nuestras heridas anteriores que, lentamente, comencé a curar; creo que él también curó las suyas. Entre caminatas a Baldwin Hills y noches en el centro de Culver hacíamos cosas como buscar listados de casas en Zillow y soñar despiertos con la compra de una propiedad para reparar, en un vecindario donde los precios todavía fuesen asequibles. Siempre supe que era una fantasía, pero ahora me pregunto si B. también lo creía.

Lentamente, comenzaron a aparecer algunas grietas, que de a poco se profundizaron. Él quería más que lo que yo podía darle, y me costaba mantenerlo a distancia. Yo deseaba tener un amigo, un confidente y un amante; no quería un novio. Había sido honesta al respecto, y me volví cada vez más -quizás injustamente- molesta ante sus esfuerzos por ganarme. Entre ellos, organizó un intercambio de comidas con una pareja de Nueva Zelanda, a quienes les envió alimentos estadounidenses a cambio de recibir algunos de mis comestibles favoritos de mi país. Si bien lo aprecié genuinamente, me sentí incómoda cuando me vi obligada a reconocer qué buen novio sería.

Cuando una discusión aparentemente tonta entre nosotros escaló hasta el punto en que él me pidió que me marchara de su apartamento, lo hice y nunca más volví atrás.

No hablamos por varios meses, hasta que otro paquete de bocadillos de la pareja de Nueva Zelanda llegó a mi buzón. Pensé que era justo compartirlo con B., así que nos encontramos para tomar un trago, comimos ‘Pineapple Lumps’ y hablamos de algunas cosas. Nos habíamos separado en ‘buenos términos’, consideré yo. Eso fue hasta que llegué a mi primera clase de comedia, 18 meses después.

Me retiré del aula y abandoné el curso; obviamente. B. había dejado en claro que no podíamos trabajar juntos, así que lo consideré como la única opción.

Afortunadamente, el centro educativo comprendió la situación, e intentaré volver a inscribirme en la primavera. No tengo muchos exnovios para encontrarme en esta ciudad, por lo cual las posibilidades de que llueva sobre mojado son bajas. Pero, si llegara a mi próxima clase y me topara otra vez con un ex rencoroso, tendría que decirle que se esfuerce más, porque esa broma ya me la han jugado.

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Traducción: Valeria Agis

Copyright © 2017, Hoy Los Angeles, una publicación de Los Angeles Times Media Group
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