Por qué corté con el hombre que parecía ser mi alma gemela

Algunas parejas se crean en el cielo. Otras se encuentran en el tráfico de Los Ángeles. Allí mismo es donde conocí a la más reciente de las mías. 

Era ArtNight Pasadena cuando subí a un transbordador y me dirigí a disfrutar de una nueva exhibición. Después de admirar salpicaduras de color, charlar con artistas locales y escuchar algunos riffs de jazz en vivo, fui en busca de otro autobús del evento que me llevara por la ciudad, al encuentro de una amiga. 

En la parada del transbordador, varios autobuses llenos de gente pasaron por delante de mí, hasta que uno de ellos finalmente se detuvo. Subí a bordo y envié un mensaje de texto a mi amiga: “Recién en el autobús. Llego tarde”. Luego me recosté en el asiento y atestigüé el bullicio y resplandor de la ciudad desde mi ventanilla. 

Cuando el autobús se detuvo nuevamente, un grupo de pasajeros sentados a mi alrededor desembarcó, y un hombre alto, moreno y bastante guapo subió a bordo. Se acercó, se detuvo en mi fila y se deslizó en el asiento a mi lado.

Ambos sonreímos.

Él dijo: “Hola”.

“Hola”, respondí, notando sus atractivos ojos marrones detrás de sus gafas estilo Clark Kent y un toque plateado en sus sienes.

Charlamos acerca del clima intempestivo y, mientras el viaje continuaba, compartimos consejos acerca de dónde encontrar mariscos frescos. También hicimos apuestas simuladas acerca de cuánto tiempo demoraríamos en llegar al siguiente semáforo; nos reímos. 

Lo que debería haber sido una travesía de 10 minutos se convirtió en una de 20. Hablamos de arte, literatura y música. Entonces, entre el resoplido y el ralentí del motor, ambos revelamos nuestro estado civil: solteros. 

En la parada final, nos dirigimos juntos hacia la salida. Las puertas del vehículo se abrieron y mi siempre paciente amiga vino hacia mí para saludarme. Le presenté al hombre que había estado sentado a mi lado y, después de una breve conversación, nos invitó a ambas a cenar. 

Con mi amiga declinamos cortésmente, ya que estábamos apuradas por asistir a un espectáculo de danza que era obligatorio en nuestra lista de pendientes. Después, volvimos al bullicio creativo de las calles y entonces, en medio de las bocinas y los motores, mi amiga y yo acabamos cruzando nuevamente nuestros caminos con el extraño buen mozo. 

Por el resto de la noche, los tres caminamos y hablamos mientras explorábamos sitios juntos. Por último, en el Pacific Asia Museum, visitamos una exhibición de animales del zodíaco chino.

“¿Cuándo es tu cumpleaños?”, me preguntó él.

Le dije.

Él reaccionó con sorpresa.

“¿De veras? El mío también”, dijo, sacando su licencia de conducir para respaldar su afirmación. 

Después de verificar este hecho, señalé que los cuatro dígitos de su dirección coincidían exactamente con la mía. “Esto es extraño”, agregó mi amiga. 

Justo entonces, el personal del museo nos escoltó a los pocos rezagados fuera del edificio. ArtNight había finalizado. Cuando volvimos a nuestros respectivos coches, intercambié números de teléfono con mi nuevo amigo. Pero una parte de mí se preguntó si, después de nuestra exhaustiva charla, alguno de los dos tendría algo más por decir. Dos días más tarde, me llamó e hicimos una cita. 

Nos conocimos en un bistró francés, Julienne, en San Marino. Parecía que las camisas color lavanda que ambos habíamos elegido para ese día, de casualidad, eran el trampolín para una renovada conversación.

Después de una cena temprana en el mercado del bistró, fuimos a ver una película. Y después de la película caminamos por allí, mirando por las ventanas de las tiendas, e increíblemente encontramos más temas de que hablar. 

Una cita llevó a otra. Explorar L.A. juntos comenzó a animar cada fin de semana y también algunos días de la semana. Nos embarcamos en la Línea Dorada del Metro hacia el Music Center para disfrutar de conciertos veraniegos. Tomamos lecciones de tango bajo las estrellas en Grand Park, y montamos nuestras bicicletas a lo largo del río L.A. 

De la mano, recorrimos los jardines de la Biblioteca Huntington y el Museo Norton Simon, disfrutando de la luz y sombra de los árboles de alcornoque y cipreses, así como de las obras de Renoir y Cézanne. 

Celebramos nuestro cumpleaños compartido en la terraza iluminada con velas de Il Fornaio, en Pasadena. Nos reunimos con amigos para bailar reggae y escuchar bandas en el parque. Conocimos a los miembros de las familias del otro. En las fiestas, probamos tamales. Y, después de manejar algunos pocos inconvenientes, susurramos la palabra “Am…”. 

“Amor no consiste en mirarnos uno al otro”, escribió el autor y poeta francés Antoine de Saint-Exupéry, “sino mirar hacia el exterior en la misma dirección”. 

Entonces, justo un tímido año después de nuestro noviazgo, llegamos a una encrucijada en nuestra relación. En esta coyuntura tuvimos que reconocer lo que ambos habíamos sentido desde el principio; que, más allá de la apariencia exterior de tener tanto en común, nuestros valores fundamentales y visiones futuras diferían profundamente. De hecho, cuando dejamos de mirarnos tan intensamente uno al otro, supimos que la sutil incomodidad que sentíamos brotaba de nuestro intento por aferrarnos fuertemente a medida que nos dirigíamos en direcciones completamente distintas. 

“No”, dijo mi amiga cuando le conté acerca de nuestra ruptura. “Ustedes dos eran almas gemelas”.

Quizás lo éramos. Almas gemelas que se empujaron mutuamente hacia el flujo del romance, que se reunieron brevemente para impartirse muy necesaria alegría y aprender nuevas lecciones. 

A partir de esta experiencia, ahora veo la promesa de conocer a un nuevo amigo o posible compañero en todas partes de esta bulliciosa ciudad. Claro, si me tomo el tiempo para mirar hacia arriba y decir: “Hola”. 

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Traducción: Valeria Agis

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