Nadie habla del tema pero en los clubes nocturnos, los ‘concursos de piernas’ muestran mucho más que eso

El líder de la banda se dejó llevar, en duelo con las guitarras y acordeones, y las crecientes tensiones de la música norteña mexicana.

Esperen a ver ‘el concurso de piernas’, dijo.

La escena transcurría en un club nocturno de Moreno Valley, donde hombres con botas y camisas a cuadros hacían girar a mujeres con vestidos ajustados y tacones altos. Después de medianoche, un hombre con micrófono pidió a las mujeres que se unan a él en la pista de baile. Algunas rápidamente se pusieron en línea. Otras debieron ser empujadas por el maestro de ceremonias, una figura similar a la de un presentador de feria, que usaba bromas obscenas para incitar a los hombres y atraer a las mujeres a presentarse. Así comenzó el “Concurso de piernas sexy”.

Las jóvenes coquetearon, levantaron sus faldas para revelar su ropa interior de encaje y se arrastraron por el suelo mientras recogían billetes arrojados por hombres que tomaban botellas de Corona, Modelo y Dos Equis. Una chica levantó su blusa para revelar sus pechos, lo cual desencadenó el bullicio de la multitud agradecida. Los guardias de seguridad le pidieron que volviera a ponerse la camisa.

Este es el mundo de los concursos de piernas, que han sido parte de la escena de los clubes nocturnos mexicoamericanos en el sur de California por décadas, una variación de las competiciones de camisetas mojadas que logró sobrevivir como una subcultura, incluso en una época en que muchos las consideran ofensivas, vulgares y decididamente anacrónicas.

Los propietarios de bares tienden a ponerse sensibles cuando hablan de los eventos, pero promueven los concursos en las redes sociales, donde publican fotos en Facebook e Instagram que muestran a mujeres sólo con prendas íntimas, mientras el dinero llueve sobre ellas. “La gente piensa que es malo, que es vulgar”, afirmó un gerente de club que, al igual que la mayoría de los entrevistados, pidió no ser mencionado en este artículo. “Pero quienes trabajamos en el medio sabemos que es una forma de entretenimiento, una manera de atraer más público”.

::

Casi siempre comienza después de la medianoche -a veces a la 1 o 2 a.m.-. Las horas nocturnas le dan al concurso de piernas una sensación de lo prohibido, algo que debe mantenerse en secreto. Para entones, muchas personas en el club han bebido más de un par de tragos.

Cuando la competición surgió por primera vez era exclusivamente para las piernas, relató el gerente de un club en Pico Rivera. Las mujeres que mostraban demasiado eran descalificadas. En los años 1980, las familias podían mirar el evento y los novios se sentían cómodos con el hecho de que su pareja participara. Los clubes realizaban grandes finales y a veces premiaban a la ganadora con un auto -usualmente un usado-.

A medida que otros clubes comenzaron a permitir que las concursantes se desnudaran, los clientes empezaron a esperar más y al personal de seguridad le resultó más difícil reprimir los excesos crecientes del concurso, cuenta el gerente. Así se dio origen a una especie de circuito competitivo del evento.

Con el dinero que la competencia deja en los clubes -ansiosos por captar mayores multitudes- no hay planes de dejar de organizarlo, estimó el encargado. Al igual que otros concursos que pueden realizarse en un negocio, hay una línea que, cuando se cruza, puede ser legalmente complicada. En el caso de las competencias de piernas, ese umbral se traspasa cuando las concursantes se desnudan.

“Digamos que vamos al sitio encubiertos y descubrimos que se trata de algo más que las mejores piernas, y que las chicas se están desnudando y se lo permiten… eso entra en otras áreas de violación de reglas”, afirmó el sargento Eric Martin, de la División Hollenbeck del LAPD. “Si el lugar no detiene la acción… si están sentados aplaudiendo, o si saben que está ocurriendo y no hacen nada, entonces el lugar está infringiendo normas”.

No está claro con qué frecuencia los concursos se convierten en algo más y requieren de la intervención de las autoridades. Pero el personal de los clubes parece estar consciente de las posibles consecuencias, por ello sólo aceptan hablar en condición de anonimato. Algunos mencionaron que un club cerró después de un reporte de TV donde se había hablado del concurso de piernas (en algunas noches, especialmente con poca gente, los maestros de ceremonias no pudieron persuadir a suficientes mujeres para participar).

En un club que comenzó su concurso después de las 2 a.m., los clientes estaban inquietos. Un hombre tomó una silla plegable de metal y la arrastró hasta el borde de la pista de baile de madera, listo para el espectáculo. “Sólo un poco de pierna, nada más”, dijo el maestro de ceremonias al micrófono, tratando de atraer a las mujeres. “Sólo un poco y se llevan los $300”.

Pero no había muchas mujeres entre la concurrencia esa noche, y pocas parecían ansiosas por tomar parte en el concurso. Luego de cinco minutos, las jóvenes aparecieron de la nada en la pista. “Vaqueros”, alertó el presentador a los hombres, “no toquen a las mujeres”.

Ocho chicas danzaron por el salón al ritmo de “Don’t… With You”, de Big Sean. La primera concursante bailo en el regazo del hombre acomodado en la silla plegable. Los varones buscaban billetes de dólar en sus carteras, que las jóvenes colocaban en sus sostenes. Cuando alguno de los hombres tocaba demasiado, los guardias de seguridad los retiraban.

Algunas de las mujeres usaban los pilares para apoyarse mientras caían al suelo, exponiendo sus tangas rosadas, blancas y multicolor; todas peleaban por los billetes de dólar que caían sobre el piso.

Cuando la música se desvaneció, las jóvenes se alinearon en la pista e hicieron algunos movimientos más, esperando ganar el aplauso necesario para llevarse los $300. Una de ellas se contoneó y otra levantó su vestido para mostrar su bikini rosa.

Al final, dos mujeres empataron en el primer puesto. Una de las perdedoras, que se había quitado casi toda la ropa, se alejó enojada.

Durante una conversación en el baño, lejos de las miradas indiscretas de los guardias de seguridad, una de las bailarinas se presentó como Brenda. Ella no participa a menudo, señaló, y accedió a hablar con este medio más tarde, para lo cual proporcionó su número de celular. No obstante, finalmente canceló varias entrevistas a último momento y eventualmente dejó de atender su teléfono.

::

El gerente del club, de 56 años de edad, se sintió claramente incómodo al hablar por teléfono y, como casi todos los demás, insistió en no ser nombrado. El lugar podía tener problemas si alguien tomaba el concurso de manera equivocada, afirmó. “¿A quién les gusta esto? A los hombres”, dijo. “¿Qué ocurre con las mujeres? Hacen dinero. Pero no todo el mundo lo ve de esa manera”. 

Justo antes de la 1 a.m., en un club nocturno cerca de Long Beach, una mujer morena y pequeña se inclinó hasta poner ambas manos sobre la pista de baile, entre sus zapatos de tacón con cordones. Su vestido negro y corto se alzó hasta dejar al descubierto sus nalgas, que ella sacudió para la multitud. Los billetes de un dólar comenzaron a caer en cascada a su alrededor, lanzados al azar por un grupo de hombres borrachos.

Otra mujer se sacudió en una falta de malla blanca, que revelaba una tanga roja apretada. Las luces fuertes iluminaban los movimientos de nueve mujeres en la pista, algunas de las cuales ya se mostraban codiciosas por el dinero incluso antes de que el concurso comenzara. 

Y allí, alineada con las otras mujeres, estaba Brenda, ocho meses después y 12 millas al sur de nuestro último encuentro. Llevaba el mismo vestido. Pero esta vez no habría bailes sobre el regazo de un hombre porque este club tenía órdenes estrictas de que las mujeres no se acercaran a la multitud. Esa noche, Brenda no ganó.

::

El presentador con el sombrero de vaquero negro se dirigió a la pista de baile de un club en el sudeste. Era poco antes de la 1 a.m. y se dirigió a la multitud para que animen la noche, a fin de que las mujeres dejaran sus asientos y entraran en el centro de atención. “Si ven a una mujer a la que se le vean las piernas, envíenla al escenario”, le dijo a los clientes, en español y con una sonrisa.

Le había recordado a la concurrencia durante toda la noche que el concurso de piernas ‘estaba próximo’, en caso de que algunos de ellos tuviera la idea de retirarse a otro club. Una cumpleañera, impulsada por amigos y el insistente maestro de ceremonias, subió a regañadientes. Otra fue alentada por el maestro de ceremonias, quien pidió a los asistentes que hicieran ruido para “la güera”. Finalmente, la joven se unió. “¡Hagan ruido para que se quite los pantalones!”, exclamó, en medio de aplausos y silbidos. “No se los quitó ahora, pero se los quitará”, aseguró el locutor.

Otra mujer con un vestido estampado de leopardo levantó sus piernas sobre la barandilla que separaba las mesas de la pista de baile. Dos hombres sentados delante de ella pusieron las manos sobre sus pechos antes de colocar en su sostén billetes de dólar. Ella abandonó la pista de baile y se abrió paso entre la multitud, inclinándose y hasta dejando que un hombre le diera una nalgada. Un sujeto borracho la abrazó con fuerza mientras ella intentaba liberarse. Una expresión de incomodidad brilló en su rostro antes de alejarse de él. Los miembros de la seguridad, que parecían muy ágiles para detectar filmaciones con celulares, no hicieron nada. 

Las dos cumpleañeras danzaban solas y tímidamente, no acostumbradas a la situación en la cual se encontraban. El resto de la chicas volvieron a la pista, con el pelo revuelto, apretando los billetes que habían recolectado. Una se masajeaba las nalgas, cortesía -según dijo el presentador- de la nalgada que había recibido de un cliente.

El concurso es una gran atracción de ese club, aseguró el gerente, y atrae al lugar a muchos espectadores, que pagan por estacionamiento, su boleto y varios tragos.

Ninguna de las mujeres quiso hablar, mucho menos decir sus nombres. Una estudiante de preparatoria de 18 años de edad afirmó que hacía dos meses que participaba en estos concursos, en diferentes ciudades. “Lo hago para entretener a la gente; no por el dinero”, insistió. Ella se había quitado la falta esa noche, y ganó el segundo puesto. “No creo que sea algo malo”.

Una semana después, atendió el teléfono y dijo que no pensaba volver a hacerlo.

Para leer esta historia en inglés haga clic aquí

Traducción: Valeria Agis

 

 

 

 

Copyright © 2018, Hoy Los Angeles, una publicación de Los Angeles Times Media Group
52°