Mi encuentro cercano con un tiburón me sacó del agua, pero no por mucho tiempo

No era un delfín, sólo sabía eso. La aleta rozaba la superficie del agua como una cuchilla de afeitar, a diferencia del gracioso ascenso y caída de una aleta de delfín.

Tampoco era producto de mi imaginación. Lo sé porque mi hija, de 14 años de edad, vio lo mismo mientras esperábamos con nuestras tablas por la próxima buena ola.

Estábamos con el agua -verde azulada- hasta la cintura en Padaro Beach, ese pequeño tramo dulce de paraíso que se puede ver desde la Autopista 101, en Santa Claus Lane. Era el final de la tarde de un domingo, un día gris y fresco, con el agua sorprendentemente caliente.

Con miedo, pero emocionado

“Es un tiburón”, dije, indicando algo obvio a mi hija, mientras ambos caminábamos hacia atrás, con los ojos fijos en la aleta ubicada a unos 40 o 50 pies de distancia. “Salgamos ya”.

Estaba un poco asustado, claro, pero también emocionado. Yo crecí nadando en las playas de California y siempre me ha hipnotizado la belleza, la maravilla y el misterio de la costa, pero jamás había tenido una experiencia similar.

Tres niños estaban en el agua al comienzo de la playa, hacia donde se dirigía el tiburón, así que les grité que salieran. Varios adultos se reunieron en la orilla para hablar acerca de otro verano lleno de aletas en el sur de California.

El año pasado, cuando recorrí toda la costa de California mientras cubría temas vinculados con la agencia cuya misión es protegerla, la playa de Santa Cruz que disfruté cuando era niño estaba cerrada debido a avistamientos de tiburones. Luego, la playa central de Carpintería también fue clausurada por la misma razón, sólo un día después de que hubiéramos nadado allí con mi esposa y mi hija.

¿Deberíamos haber abandonado las tablas el domingo, aunque -por el tamaño de la aleta- el tiburón era probablemente joven y no tenía más de seis pies de largo?, me pregunté.

Un día antes de ese episodio, me crucé con Chris Keet en la misma playa. Keet dirige el campamento Surf Happens, donde aprendí a surfear por primera vez, y le pregunté cómo estaba. Me dijo que el negocio iba bien, pero que él y sus instructores habían visto tiburones casi a diario. Usualmente vienen con la marea baja para alimentarse de las rayas, explicó, y mayormente tienen entre seis y ocho pies de largo; uno de ellos estuvo más cerca de los 10 pies.

Keet explicó que su equipo sale en tablas de paddle surf para asegurar que la zona sea segura, y él utiliza un silbato para alertar a los estudiantes cuando hay tiburones en las inmediaciones. Al sur se encuentra la colonia de focas del puerto, que es conocida por atraer tiburones blancos grandes en busca de alimento. Por ello, toma precauciones adicionales si ve una foca en el agua.

Respeto y precaución

Los tiburones que Keet ha visto no fueron agresivos, no parecían interesados en las personas y no atacaron. Él le explica esto a los padres, algunos de los cuales se ponen muy nerviosos, pero la mayoría se sienten suficientemente cómodos como para dejar a sus hijos en la práctica. “Si uno actúa con respeto y precaución, creo que todo estará bien”, afirmó.

Su frase me pareció razonable. No soy lo suficientemente valiente como para adentrarme a 300 yardas de la costa, pero crecí nadando en el sur de California y no quiero renunciar a ello. Además, la creciente población de tiburones señala un ecosistema saludable, y eso es un motivo de celebración y no de miedo.

Por ello, mi hija y yo, junto con otros en la playa, volvimos al agua el domingo, nos internamos sólo hasta la cintura y mantuvimos los ojos abiertos.

¿Fui un padre irresponsable por hacer eso en medio de un verano donde la cobertura noticiosa de TV acerca de los grandes tiburones blancos ha estado más presente que las persecuciones de autos?

Llamé a Chris Lowe, el biólogo marino que dirige las investigaciones en el Laboratorio de Tiburones de Cal State Long Beach, y le conté mi experiencia en Carpintería. “Has descrito la nueva realidad”, me dijo. Algunos argumentaron que no tenemos más tiburones, simplemente que hay más personas practicando surf, hay más drones y acceso a las redes sociales, me explicó también. “Pero, en realidad, sí tenemos más tiburones”, afirmó.

Eso se debe a las restricciones impuestas en 1994 a la pesca de grandes tiburones blancos, y porque las protecciones ambientales de las vías fluviales han reabastecido tanto la población de tiburones como los animales que se alimentan de focas y leones marinos, rayas, peces guitarra, halibut y otros.

Guarderías para tiburones jóvenes

Por cierto, Lowe no teme a los tiburones, sino a los dientes afilados de la actual camada de altos funcionarios del país, que están dispuestos a destruir la protección del medio ambiente y cortar el financiamiento para la investigación científica crítica. Lowe ha etiquetado, monitoreado y estudiado tiburones durante años, y su trabajo fue presentado en un reciente episodio de la Semana del Tiburón en Discovery Channel, llamado “Tiburones en la ciudad: Los Ángeles”.

El especialista afirmó que varios puntos -desde Ventura a Carpintería, la bahía de Santa Mónica, Huntington Beach y entre Dana Point y San Onofre- se han convertido en refugios para los tiburones jóvenes. Hace dos años, la videovigilancia del tramo entre los muelles de Manhattan Beach y Hermosa Beach mostraron la rutinaria presencia de 14 tiburones blancos grandes, de entre cinco y seis pies de largo, manifestó Lowe.

Estas criaturas se sienten cómodas cerca de la orilla, donde la comida es abundante, no hay amenazas de tiburones más grandes que los persigan y las aguas tibias de los últimos años parecen gustarles. Cuando son mayores y más grandes, se dirigen a las Channel Islands y se alimentan de la gran población de focas.

Así que, estamos muy seguros, dijo Lowe, pero literalmente nadamos entre tiburones -y muchos- como parte de la nueva norma, y hay que respetarlos en su entorno.

Lowe no hizo mucho énfasis en la teoría de que estos peces se alimentan al amanecer y al atardecer, y que esas horas son especialmente peligrosas para los nadadores. Le dije que tenía un pequeño corte en mi muñeca cuando vimos el tiburón, el domingo, y que me pregunté si un rastro de sangre habría aumentado el riesgo para mí. Lowe respondió que ha arrojado galones de sangre al agua y que nunca vio evidencia de que ésta vuelva más hambrientos a los tiburones, ni los incline a seguir el olor.

Las playas populares pueden ser más seguras que las tranquilas, advirtió, porque las muchedumbres son ruidosas y eso asusta y aleja a las especies que los tiburones usan como alimento.

Muchos avistamientos, pocos ataques

A nivel internacional, señaló, aunque el número de personas en el agua es mayor que nunca, los ataques de tiburones contra humanos aumentaron sólo ligeramente, y las fatalidades se han reducido debido a una mejor respuesta y mejores tratamientos de emergencia.

Aún así, naturalmente, la atención de todo el mundo está clavada en el tema, como cuando una mujer resultó gravemente herida por un ataque en Camp Pendleton, la primavera pasada. Hace dos semanas, los tiburones atacaron a un kayakista y un surfer en Santa Bárbara, aunque ninguno resultó herido.

Lowe pone todo en perspectiva. Por todos los avistamientos y cierres de playas que ha habido en los últimos dos años, los ataques a humanos no han sido muchos, estimó. Si bien afirmó que no se divertiría en las olas de Channel Islands, tampoco disuadiría a nadie de disfrutar de la costa, siempre y cuando se evalúen los riesgos y se emplee el sentido común.

“Las posibilidades de ser atropellados por un automóvil en un estacionamiento son muy superiores al riesgo de ser atacado por un tiburón”, explicó.

Hay mucho verano por delante, así que tome sus sandalias y sus tablas, vaya a la playa y mantenga los ojos bien abiertos.

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Traducción: Valeria Agis

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