Me atraparon en AshleyMadison.com y un hacker cambió mi vida

Mi matrimonio llevaba 19 años. Cuando piensas en ello, son casi tres “comezones del séptimo año” sin un sólo antojo por alguien que no fuese mi esposa. Pero luego, poco después de cumplir 56, tuve una severa ‘urticaria’.

Llamémoslo crisis de la mediana edad, un mal juicio o alma de infiel. Sea lo que hubiere ocurrido, fácilmente encontré la culpa en mi matrimonio. La intimidad se había marchado hacía tiempo. Nuestro objetivo era ganarnos la vida y criar a los hijos, No nos habíamos tomado vacaciones sin niños en años. Para ser justos, creo que mi esposa podía estar más frustrada que yo. Por mi parte, hacía casi 30 años que trabajaba en empleo corporativo y mi viaje de tres horas diarias desde y hacia el trabajo era una pesadilla.

Entonces decidí retirarme de forma anticipada y liberarme del tóxico mundo de la política de la oficina. ¡Sí! Ya no tenía que nadar con los tiburones en un océano de cubículos. Me compré una Harley-Davidson Sportster y me hice unos tatuajes.

La mediana edad puede ser tanto una bendición como una maldición. Para mí era una suerte de desastre leve. Mi esposa era la piedra angular de la exitosa familia que habíamos construido juntos; nada se podía comparar con eso, pensaba yo. Hasta que conocí a una mujer llamada Ashley. La encontré online, con su dedo presionado contra sus deliciosos labios de color manzana. Ella llevaba un anillo de bodas. “¿Puedes mantener nuestro secreto?”, la imaginé susurrando en mi oído. En ese momento, no pensé con mi cerebro y respondí “¡Seguro, nena!”.

Así que, lo admito, saqué una membresía en AshleyMadison.com (es un sitio de citas para infieles casados, algo que probablemente ya sepan). Un par de semanas después de eso, se dieron a conocer las noticias: los hackers habían irrumpido en el sitio web y robado registros sobre sus suscriptores. También se hicieron públicas las identidades de varios miembros de alto perfil.

Comencé a recibir emails de un hacker que se hacía llamar el Sr. X: “Sr. Thomas, malas noticias… Tengo toda la información de sus asuntos en línea, sus trampas… Enviaré mensajes a todos sus amigos y familiares. ¿Quiere evitar esto? Es simple, sólo tiene que enviarme…”

El Sr. X exigía alrededor de $1,000, pagados en bitcoins, y me dio un plazo: “¿Cuánto vale su matrimonio, su reputación en el trabajo y la comunidad? La cuenta regresiva ha comenzado”. 

Me negué a pagar y decidí en cambio sincerarme con mi esposa. “¿Por qué lo has hecho?”, me preguntó. Balbuceé y tartamudeé, pero no pude explicar por qué había dado el primer paso para traer la infidelidad a nuestro matrimonio. Le di una excusa pobre acerca de haber escuchado “Escape (The Piña Colada Song)” en mi mente mientras creaba mi perfil online. También le dije la verdad, que nunca la había engañado con otra mujer, que nunca había llegado más allá de la computadora.

Le rogué que me perdonara. Me arrastré y humillé. También prometí seguir siendo fiel, pero tenía suficiente sentido exigir más de nuestro matrimonio e intentar buscar ayuda de un terapeuta. Finalmente, le expresé con palabras cuánto la amaba. Mi esposa sólo sacudió la cabeza y salió por la puerta principal.

Esperaba que ella deliberara con compasión. Incluso que se riera conmigo acerca del tonto con quien se había casado. O que tuviera piedad, al menos, y me concediera un respiro de la horca del divorcio: división de bienes, artículos personales, hacer arreglos de tiempo compartido con nuestros hijos durante las vacaciones… un negocio tan horrible.

Esa noche, mientras esperaba que ella volviera a casa, pensé en mi familia. Mi madre había quedado embarazada a los 15 años y abandonó la secundaria para dar a luz y criar a sus hijos. Mi padre tenía 19 y comenzó a trabajar como obrero, cavando zanjas y lavando los tanques de Standard Oil Company, hasta que ascendió y llegó a la sala de juntas; el broche de oro de su carrera fue como líder de una importante automotriz. Fue él quien me ayudó a conseguir mi primer empleo después de graduarme. Gracias a ese ingreso, mi esposa pudo quedarse en casa y criar a nuestros dos maravillosos hijos, aquí en Pasadena.

Familia, amistad, gratitud, amor. Más que palabras, todo esto giraba en mi mente, enredado con la realidad de mi pobre juicio.

Mientras esperaba esa noche, sacudí polvo del álbum de fotos del 50º aniversario de bodas de mis bisabuelos y comencé a recorrer las páginas. Yo tenía seis años en ese momento y no podía recordarlo bien, pero allí estaba, en esas fotografías. Asistí a otras dos bodas de oro en mi vida: las de mis abuelos y las de mis padres. Mi familia es muy unida. Sus matrimonios trascienden décadas.

Cuando salió el sol, escuché a mi mujer llegar a casa. Me sugirió que hiciera una cita con un consejero matrimonial. Supongo que tengo que agradecer al Sr. X. Aunque creo que los hackers son un flagelo para la humanidad, aprecié el momento de su aparición.

Llevé a mi esposa a ver a Ben Folds en concierto recientemente, al Teatro Orpheum, del centro de Los Ángeles. Quería escucharlo cantar en vivo “The Luckiest”, una canción que habla de un hombre que no puede demostrar su amor, que teme que las palabras no transmitan correctamente lo afortunado que es. Había planeado sostener la mano de mi esposa mientras Ben cantaba el estribillo, “Soy, soy, soy el más afortunado” y agradecerle por darle una nueva oportunidad a nuestro matrimonio.

Por desgracia, no cantó esa canción esa noche. Así que ahora, mi plan es cantársela en nuestro vigésimo aniversario de bodas, en la fiesta que estamos planeando para fines de este año. Necesitaré un pianista decente. Me pregunto si Ben estará disponible.

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Traducción: Valeria Agis

 

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