Los 102 millones de árboles muertos en California, la nueva ‘fiebre del oro’ para los taladores

Un sonido bajo resuena contra los acantilados de granito y en los cañones arbolados.

Cada tirón del encendido y cada presión sobre el acelerador son interrumpidos por el sonido de la madera agrietada y astillada, mientras otro árbol muerto cae en un bosque que cambia su fisonomía con demasiada velocidad.

Niles Kant se encuentra al pie de un abeto rojo. Su corona, un cúmulo de paja marrón, se levanta casi 175 pies por encima de un grupo de cabañas en el bosque nacional.

El abeto, parcialmente cortado en su base y atado a una cuerda que dirigirá su caída, es uno de los casi 20 árboles que Kant y su tripulación talarán hoy, un volumen que no alcanza a seguir el ritmo de la necesidad.

Las estimaciones del Servicio Forestal de los EE.UU. señalan que el número de árboles muertos en los bosques de California alcanza los 102 millones, una amplia extensión que las autoridades señalan como un riesgo forestal y un riesgo para la seguridad pública. El año pasado, cuando declaró el estado de emergencia durante el otoño debido al conteo de 40 millones, el gobernador Jerry Brown ordenó a las agencias estatales eliminar estos peligros.

La tala masiva ha afectado la mitad meridional de Sierra Nevada -los condados de Fresno y Tulare- con más fuerza. El Servicio Forestal estima que más de 24 millones de árboles en esta región están muertos, y deshacerse de ellos se ha convertido en un problema y una oportunidad a la vez.

“Hay una suerte de fiebre del oro para quienes estemos dispuestos a trabajar muy duro”, afirma Kant, quien cobra $1,700 dólares por día por sus servicios. Kant, de 49 años, es propietario de Huntington Lake Tree Service, una de las más de dos docenas de firmas que trabajan a lo largo de la carretera 168 de California, que comienza justo al este de Fresno y termina en Huntington Lake, a una altura de 7,000 pies.

Desde que llegó a estas montañas, en 1997 -y comenzó su empresa de leña hace 15 años-, Kant ha visto cómo la sequía, la infestación de escarabajos y las temperaturas del calentamiento global -todos síntomas del cambio climático- han transformado ese sitio que ama. “Solía pensar que nada podía afectarnos aquí, pero entre los incendios y la sequía, el bosque está sufriendo”, afirma.

Hoy en día, él y sus equipos se apresuran a vencer la llegada del invierno, cuando las tormentas y nevadas cierran los picos más altos -y corten los altos ingresos que este desastre le ha proporcionado- de a un árbol por vez.

La corona del abeto comienza a temblar, y el corte posterior se ensancha. Kant se aleja. Su hijo, Brock, apaga la motosierra. La cuerda guía está ajustada y Garrett McGee hace la maniobra final con su mazo, que tintinea contra la madera.

Un terrible gemido del estiramiento y desgarro de las fibras de ladera resuena en el campamento. Con más velocidad, el abeto se estrella en el dosel. Rompiendo sus ramas y la de los árboles vecinos, aterriza con la fuerza de un camión de 10 toneladas que golpea un muro a 90 millas por hora, una explosión que, se calcula, es equivalente de cuatro libras de dinamita.

El impacto desata una ráfaga de viento. Ramas y corteza vuelan por el aire. Las montañas circundantes captan el eco; luego viene el silencio.

“Hermoso, Bubba”, le grita Kant a su hijo.

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En esta mañana de octubre, con las temperaturas apenas por encima de los 28 grados, Kant lleva sus equipos de trabajo al lado norte del lago. Su compañero ocasional, Craig Erickson, ayuda.

Erickson, de 40 años, viajó la noche anterior desde su casa y empresa -Koala Tree Care-, en el área de Santa Cruz, para ayudar a derribar un pino Ponderosa de 700 años de antigüedad, ubicado en un condominio cercano.

Lo que tomó cientos de años para crecer puede ser derribado en menos de cinco minutos con una motosierra, un mazo y un par de cuñas. Pero el ‘árbol espeluznante’, como lo llaman los niños del lugar -con imaginaciones dignas de la saga Harry Potter-, tomará dos días de trabajo.

Instalado sobre una colina, en un claro iluminado por el sol, el pino mide casi 200 metros de altura, tiene siete pies de ancho en la base y su corteza está ampliamente surcada.

Cada rama inclinada hacia el cielo podría ser un árbol en sí.  Con espuelas en sus botas y un lazo de cuerda, Erickson se contonea sobre un árbol adyacente antes de pasar a una de las ramas del pino ‘espeluznante’. Se mueve con la facilidad y confianza que le han dado 20 años de trabajo.

“Caleb, ¿puedes revisar el filtro de aire y asegurarte de que está limpio?”, grita al equipo de tierra, que prepara las motosierras para él.

Kant emplea mayormente a hombres jóvenes, de veintitantos años, quienes comienzan a trabajar cuando todavía están en la preparatoria. Los gremios son demasiado impredecibles, las escuelas demasiado caras. Ellos se sienten atraídos por la emoción y el peligro de la tarea, y por la paga (entre $14 y $20 la hora, según la experiencia).

Él y Erickson se conocieron en un bar local. Erickson, cuya familia viene a esta zona desde 1915, bebía un té helado -cualquier otra bebida más fuerte es incompatible con el trabajo- y Kant necesitaba consejo acerca de un árbol que crecía cerca de la cubierta de una casa. Muchos años después, ambos todavía se unen para hacer trabajos complejos.

Kant explica su estrategia: “Quitaremos las ramas, volaremos la parte superior en partes y, cuando quede lo suficientemente corto, dejaremos caer el tronco en esa dirección”. Mientras habla señala hacia el este, un buen truco dada la inclinación hacia el sur del árbol, rodeado por unos cuantos álamos que sí son apreciados por el dueño de la propiedad, y los salones y cocinas de los vecinos de al lado.

Aparece la motosierra -una 460, con una barra de 32 pulgadas- y se ven virutas rubias, iluminadas por el sol a través de una nube de gases de escape que rodean a Erickson. Pronto, una rama de casi tres pies choca contra el suelo.

Dicha rama se robó la escena en una fotografía tomada el 4 de agosto de 1927, cuando esta silenciosa arboleda se convirtió en el Bosque de Arden de “As You Like It”, de Shakespeare. Los actores, con prendas isabelinas, se muestran al aire libre bajo la sombra de este pino, que ya era veterano en el bosque cuando el dramaturgo elaboró su obra.

Pero en los últimos años, el árbol no pudo luchar contra una plaga. Sin agua suficiente -al menos 250 galones por día durante el verano- no pudo producir suficiente alquitrán para alejar a los escarabajos.

La velocidad del ataque sorprendió a la mayoría de los vecinos. La plaga comenzó en las elevaciones más bajas y se dirigió hacia arriba. ‘¿Cuántos árboles has perdido este año?’ se convirtió ahora en ‘¿Cuántos árboles has perdido este mes?’.

Phil MacAskill, administrador de permisos del Servicio Forestal de los EE.UU. en Prather, cambió sus prioridades laborales el año último, de revisar planes de construcción a verificar e identificar árboles muertos.

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A la mañana siguiente, Fred Storey se pone de pie al lado de su Peterbilt, estacionado en el bosque. El sol no ha salido aún y las luces brillantes iluminan las horquillas gemelas del camión carretilla. Detrás del volante de un tractor Caterpillar de grandes proporciones, Brock levanta los árboles cortados el día anterior.

Cuando se les pregunta acerca de los árboles muertos, Storey habla del espacio, de la NASA y de un problema que, para él, comenzó en 1950. “¿De qué otra manera se explica esto, con todos estos lagos y agua cerca?”.

Otros tienen una visión más convencional y culpan principalmente al Servicio Forestal, que a través de la prohibición de fuegos y la aplicación de regulaciones ambientales permitieron el hacinamiento del bosque.

El equilibrio, dicen, está fuera de control. Más árboles significan menos agua, y menos agua significa mayor mortalidad.

El Servicio Forestal concuerda, “pero no se puede señalar una única cuestión como causa de la mortalidad de los árboles”, señala Stephanie Gomes, vocera del Servicio Forestal. “Los bosques están sobrepoblados. Nadie está en desacuerdo con ello, pero con las comunidades y los habitantes del bosque tuvimos que desarrollar un vigoroso programa de extinción de incendios, y fuimos muy eficaces”.

Brock coloca el último tronco, de 33 pies de largo, en el camión. Storey está listo para el viaje de cuatro horas, 150 millas hasta un aserradero en el Valle Central.

Niles Kant ganará dinero con la transacción -$2,000 por siete árboles, $800 de los cuales se destinan al acarreo-, pero dice que lo devolverá a los dueños de la cabaña. Se siente agradecido de tener un lugar donde llevar los árboles que ha cortado.

En estas montañas hay árboles talados por doquier. Algunos yacen donde fueron derribados, otros han sido apilados en plataformas o cerca de la carretera, donde simplemente esperan. Para la mayoría de los propietarios de viviendas, es demasiado caro deshacerse de ellos, y aunque están obligados a mantener las propiedades limpias para la prevención de incendios, el Servicio Forestal no aplica con mucho vigor las reglas.

Storey llevará los abetos a un aserradero manejado por Sierra Forest Products, en Terra Bella. Es el único que queda en una zona donde solía haber una docena de ellos, pero eso no importa, remarca el gerente Kent Duysen: se requerirían al menos 30 aserraderos para cubrir el volumen de árboles que se talan en el Sierra National Forest.

El abeto, agrega, es preferible al pino, que tarda más en secarse en los hornos y retrasa la producción. El pino es también menos deseable debido al daño de los escarabajos y a una pátina azul causada por un hongo que trae la infestación.

Una alternativa a cortar la madera en aserraderos es quemarla para electricidad, pero las instalaciones de biomasa en California también han cerrado. Donde solía haber 66 de ellas, cuenta Rick Spurlock, director de operaciones de la planta de Río Bravo, en Fresno, hay ahora 22. “Es caro producir energía de esta manera”, explica, “y estas plantas no han podido competir con las solares”.

Exportar los árboles talados no es una opción, aunque éstos se hayan extraído de tierras federales, detalla Gomes. Los representantes del Congreso, dice, están trabajando para levantar temporalmente la prohibición, que fue impuesta para proteger las operaciones locales de los aserraderos.

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Una moladora es una pieza satánica de maquinaria. .El humo y los gases de escape se elevan de su gigantescas fauces, que giran mientras los dientes crujen y devoran árboles caídos y limados de hasta 40 pulgadas de diámetro. Las virutas de madera salen volando, alimentados por una excavadora cuyas tenazas manejan trozos de 10 pies de largo como si fueran palillos para dientes.

Una cinta transportadora arroja los fragmentos pulverizados al lecho abierto de un camión, listo para transportar el material de la montaña a la planta de Río Bravo, a casi 70 millas de distancia.

“Me gustaría tener uno de estos”, dice Kant, de pie en la entrada de un pequeño estacionamiento para motos de nieve, donde se han montado la máquina de talar y su inventario de árboles. Pero el precio -de hasta un millón de dólares- está fuera de su alcance.

Recientemente ganó el contrato para eliminar los árboles que han sido cortados por los propietarios de viviendas en torno a Huntington Lake, pero sólo se asignaron $5,000 dólares para el trabajo, que ni siquiera cubre los costos. El dueño del aserradero presentó un presupuesto de $700 por hora para compensar el combustible de sus máquinas y las posibles averían que ocurren.

Kant espera tener una solución, pero está contento con el movimiento. Planea trabajar aquí por mucho tiempo.

Cuando llegó a Huntington Lake, recién salido de la Infantería de Marina, en 1997, obtuvo un empleo como cocinero en un complejo local turístico, donde se enamoró de la hija del dueño. Ambos se casaron al año siguiente y él comenzó a vender leña en paralelo. Aún recuerda su primer árbol, de casi cuatro pies de diámetro y 60 pies de altura. Kant cobró apenas $50 dólares y le tomó dos días derribarlo.

Ahora, mientras trabaja con tres cuadrillas, gana más de $5,000 por día, una prosperidad repentina que es agradable después de la recesión. El año pasado, Kant compró tres cabañas y expandió su flota de camiones y vehículos utilitarios; cuenta con más de 40 motosierras. Prefiere la marca Stihl y en las horas donde no trabaja revisa eBay en busca de máquinas 461, con barras de 32 pulgadas o 200, ya discontinuadas por las leyes antiemisiones.

Está orgulloso del trabajo que puede ofrecer con su familia y los jóvenes (y una mujer) que provienen de una zona con alto desempleo y pocas oportunidades para salir adelante.

“Niles estaba en el sitio correcto en el momento indicado, y con todas las habilidades indicadas”, dice su amigo Steve Gillete, de 65 años, quien mira el auge del negocio y desearía ser más joven. “Sería millonario en dos años y me jubilaría en cinco”.

El flujo de dinero no proviene solamente de los propietarios que buscan limpiar sus viviendas sino también de las compañías, cuyas operaciones en las montañas están comprometidas por los árboles moribundos.

Caltrans, por ejemplo, ha identificado 14,000 árboles en toda la carretera 168 de California que necesitan ser eliminados. La agencia tiene fondos para talar unos 6,000 y ya ha pagado $2.6 millones a un contratista para que retire 2,600 de ellos. Actualmente está pidiendo a la Comisión de Transporte de California el dinero adicional para eliminar los restantes árboles.

Southern California Edison, que también administra propiedades en la zona, ha pagado cerca de $1,000 por unidad para cerca de 23,000 árboles que fueron retirados de sus parcelas.

El trabajo está captando a equipos de taladores de sitios tan alejados como Louisiana y Florida, quienes firmaron contratos de arrendamiento de casas de vacaciones a largo plazo. Las propiedades que alguna vez se alquilaron por $2,500 al mes, ahora se rentan por entre $3,500 y $4,000, informó Tami Myers, un agente inmobiliario de la zona.

El negocio también ha dado nuevo vigor a la tienda Cressman’s General Store. Los equipos se reúnen cada mañana en su estacionamiento para tener reuniones de seguridad, lo cual deriva en cafés y desayunos. El gerente de Cressman’s, Keith Davis, afirma que los ingresos de la tienda subieron entre un 30% y un 40%.

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De regreso en la zona del ‘árbol espeluznante’, Erickson está elevado con un arnés 70 pies sobre el suelo. Luego de casi dos días, el pino ha sido reducido a la mitad y luce despojado y recortado. Grandes parches de madera cruda, donde alguna vez crecieron ramas, marcan la corteza.

“¿Está tensa?”, le grita a los miembros de su equipo, que comienzan a apretar la cuerda que atraerá esa última sección hacia el claro de abajo. La parte menos envidiable de la tarea es cuando todos deben correr a medida que el árbol comienza a caer, justo donde están trabajando.

Erickson enciende la motosierra y comienza el corte final. “Tómala”, grita después, apagando el aparato.

En un momento de quietud, música norteña se escucha desde un condominio cercano, y entonces esa parte del árbol comienza a inclinarse y caer. El tronco, que luce como un leviatán -con 5 pies de ancho-, cae y choca sobre el suelo del bosque, lanzando restos al aire como si una bomba hubiera sido arrojada. Se escuchan vítores.

De vuelva en el suelo, el rostro de Erickson está manchado de aserrín. Todavía conserva la adrenalina del momento y admite la culposa emoción que le genera su trabajo. “Es como jugar en un parque a 100 pies en el aire”, dice, “sólo que, si te caes, mueres”.

Todo lo que resta es dejar caer el tronco, un honor que Kant le concede a su hijo, quien se encuentra en la base con su Stihl 084, un monstruo de 40 libras con una barra de cuatro pies de largo.

En el borde saliente, hace un corte horizontal a menos de la mitad, y luego lo une con otro en la parte superior, dibujado en diagonal. Golpea ese trozo, en forma de aleta de tiburón, y comienza el corte final de la parte trasera.

El equipo comienza a martillar, y Kant sujeta la cuerda guía atada al parachoques de su camión. El árbol se detiene durante un minuto mientras trabajan, y luego empieza a caer, un resultado que logran antes de lo previsto. Se alejan del camino y el árbol se estrella contra el suelo.

El aire, súbitamente, se llena de bálsamo, el olor de la melancolía.

Luces tenues y sombras recorren el bosque, y Erickson se acerca al muñón del árbol para examinar sus innumerables anillos, como un sendero de satélites en órbita, cada uno cerca de 700 vueltas alrededor del sol. “Le hablé mientras bajaba”, dice, como un breve pedido de comprensión. “Has vivido una larga vida, pero no he sido yo quien la dio por terminada. Sólo quiero que la gente aquí abajo esté segura”.

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Traducción: Valeria Agis

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