¿Piensas que las parejas de hoy dividen mejor las tareas del hogar?

Hombres y mujeres sobrestiman las tareas domésticas que realmente hacen los hombres 

Cuando estaba en mis años más jóvenes, más descuidados, opté por mudarme  y dejar a un novio en cuanto vi la primera señal de que nuestra relación podría ser un error. Una vez, crucé la sala de estar para sentarme con él en el sofá, y se quejó, "Acabas de pasar junto a ese conejito de polvo en el piso y no lo recogiste!"

En cuanto al montoncito flotante de pelos de gato en cuestión, le dije: "Ah, no lo vi. Si lo viste, ¿por qué no lo levantaste tú?"  La fraseología exacta de su respuesta se ha desvanecido con el tiempo, pero si recuerdo  que estaba irritado; No le gustó ni tantito confrontar la lógica feminista en su propia casa.

Esta historia aparece en mi cabeza siempre que brota una nueva investigación que demuestra que las mujeres todavía nos ocupamos más de la rutina doméstica que los hombres. El Council on Contemporary Families (Consejo sobre las familias contemporáneas) publicó un informe la semana pasada, justo para el Día de la madre, mostrando que aunque los hombres hacen más tareas domésticas de lo que solían hacer antes,  todavía pueden estar seguros de que las mujeres haremos más, liberando tiempo para que los hombres puedan avanzar en sus carreras o ver algunos programas de deportes en la televisión.

El Consejo recoge una serie de estudios que, tomados en conjunto, aplastan la idea de que el matrimonio moderno es un país de las maravillas de la igualdad. Entre las conclusiones: las madres casadas hacen más de tres veces las labores de cocina, limpieza y lavandería que los padres casados. Los hombres tienen más de una hora de tiempo ocio  al día que las mujeres. Hombres y mujeres —sin duda lo hacen tratando de sentirse bien acerca de sus relaciones— sobreestiman la cantidad de  tareas domésticas que ellos realmente hacen en casa.

El Consejo encontró una excepción a la regla: las parejas sin hijos que estaban comprometidos con la igualdad para ambos, dijeron dividir las labores hogareñas uniformemente. Pero cuando llegó el bebé, las mujeres que alguna vez disfrutaron de estas relaciones equilibradas, obtienen un trato injusto; no sólo la flamante ‘nueva mamá’ hace más trabajo doméstico que el ‘nuevo papá, sino que el progenitor hace cinco horas menos de trabajo doméstico por semana que antes de que se convirtiera en padre.

Las implicaciones son claras: ante las presiones de criar una familia, las parejas se revierten en los roles de género tradicionales.

Las madres casadas cocinan, limpian y hacen la lavandería tres veces más que los padres casados.-

Por supuesto, no todos concuerdan en que sean las fuerzas sexistas  culpables de esta desproporcionada responsabilidad de la mujer en el hogar. Jonathan Chait del New York magazine, por ejemplo, sostuvo la semana pasada que las mujeres limpian más simplemente porque tienen estándares de limpieza más altos. A los hombres no les importa vivir en la inmundicia.  Las mujeres, mientras tanto, insisten infundadamente en la limpieza.

Para llegar a esta conclusión, Chait se concentró en un estudio que muestra que los hombres solteros hacen menos quehaceres de limpieza que las mujeres solteras — e ignoró todas las investigaciones confirman que las expectativas de género dentro de las relaciones afectan la división interna del trabajo. De todas maneras ¿quién puede decir que los solteros en ese estudio no se sentían insatisfechos con su entorno? Tal vez hasta se sentían miserables con esa situación. .

Chait no es el único hombre con la idea de que los hombres se relajen porque son vagos despreocupados por naturaleza. Stephen Marche presentó un argumento similar en el New York Times en 2013, y cada película de Judd Apatow perpetúa esa noción. Es fácil ver por qué esa tesis es atractiva: significa que cuando la mujer pide ayuda, los hombres pueden recurrir a la supuesta preferencia masculina de revolcarse en la suciedad.

Sin embargo, el estereotipo de que los hombres nacen con flojera mientras que las mujeres reciben un programa de orden instalado al nacer es relativamente nuevo. Antes del hombre-niño apatowiano, en las películas, los personajes masculinos solteros vivían en apartamentos perfectamente ordenados y lindos; piense en C.C. Baxter en "El apartamento" o Paul Varjak en "Desayuno en Tiffany". Los solteros apatowianos no hubieran sido registrados tiempo atrás como chicos normales y dulces, sino como sucios disolutos.

En el siglo XIX, la meticulosidad no sólo se consideraba como normal en los hombres, sino que además se esperaba que lo fueran. "La ficción victoriana abundan con ejemplos de solteros fastidiosos" la experta en asuntos victorianos Maeve Adams me lo comprobó citando a Roger Hamley de "Esposas e hijas", Edward Rochester de "Jane Eyre" y Sherlock Holmes. "Como ejemplo contrario, quienes no logran ser (o permanecer) fastidiosos y meticulosos, en apariencia o moral, son justamente castigados de manera muy satisfactoria con la muerte, el abandono o la tragedia más grande de todos, la soltería permanente".

Como lo señaló Adams, estos hombres quisquillosos tenían sirvientes para hacerse cargo del trabajo en su lugar. Pero eso sólo demuestra el punto más importante: no es que los hombres sean felices viviendo en la inmundicia; durante gran parte de la historia, han sido capaces de hacer de las tareas domésticas el trabajo de otro, no el suyo.

Un hombre soltero, sentado en el sofá rodeado de borlas de polvo, puede permitirse dejar pasar las cosas por ahora porque sabe que la situación no es permanente. Una vez que encuentra una pareja, ella pondrá fin a maratones de videojuegos durante toda la noche y las imprudencias de la embriaguez-- además, ella podrá reciclar las cajas de pizza apiladas en el fregadero de la cocina.

La idea de que los hombres no pueden ver la suciedad parece haber brotado justamente en la época en que las mujeres comenzaron a pedir que los hombres hicieran la parte justa que les corresponde de la casa. Podría ser una coincidencia, pero es una coincidencia bastante sospechosa.

Amanda Marcotte es una periodista con base en Brooklyn que ha escrito para Slate, USA Today y Rolling Stone.

 

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