¿Por qué obligamos a los niños a dormir solos?

¿Por qué obligamos a los niños a dormir solos?

En lugar de dar a los niños su propia habitación, dormir cerca de ellos podría ser un uso más educado y sostenible del espacio y los recursos naturales.

Una característica particularmente extraña de la vida familia de clase media es la forma en que entrenamos a nuestros hijos para dormir. “Ve a tu cuarto”, le decimos a los niños desde muy pequeños, “y quédate allí toda la noche”. Hemos inventado elaboradas técnicas para apoyar este aspecto supuestamente esencial del desarrollo infantil, implementándolas a un gran costo emocional para todas las partes.

Para los padres, se trata de decisiones agonizantes acerca de cuándo y cómo consolar a un niño que llora, y peleas semidormidos acerca de cuál de los dos se encargará de ello en mitad de la noche. Para los niños, el tema genera miedo a estar solos en la oscuridad y un resentimiento contra los adultos, quienes, según palabras del historiador Peter Stearns, “insisten en la urgencia de ir a dormir cuando ello no se desea para nada”. La frustración resultante parece haber alcanzado un punto de ebullición, tal como lo evidencia el best-seller  “Go the F— to Sleep” (Maldición, vete a dormir).

¿Por qué lo hacemos?

A pesar de toda la tenacidad con la cual nos aferramos al ideal del sueño infantil solitario, se trata de una anomalía histórica. El actual sistema para dormir -los adultos en un cuarto, cada niño amurallado en otro- no era una práctica común en ningún sitio hasta finales del siglo XIX, cuando llegó a Europa y América del Norte. Incluso en las familias ricas, que podían permitirse el lujo de ampliarse, los niños generalmente dormían en la misma habitación con sus enfermeras o hermanos. De hecho, el sueño solitario de la infancia parece cruel en aquellas partes del mundo donde el colecho o el sueño colectivo sigue siendo una práctica habitual, entre ellas en países desarrollados como Japón.

Pero a medida que la riqueza industrial se expandía hacia las economías occidentales, también comenzó a creerse que la privacidad individual -más especialmente por las noches- era un sello característico de la “civilización”.

Costó mucho revocar el hacinamiento nocturno y proporcionar mayor privacidad en casas de huéspedes, las cuales según se creía despertaban enfermedades e inmoralidad ante la proximidad de los cuerpos durmientes.

En un informe de 1842, Edwin Chadwick, pionero reformador inglés de la salud, escribió que “en estas instalaciones, dos o tres familias dormían juntas; los trabajadores tosían y roncaban juntos en habitaciones sin ventanas o chimeneas, y la atmósfera toda estaba impregnada por la suciedad, el aire fétido y el vicio”. En respuesta a dichas condiciones, en 1851 el parlamento aprobó una ley de viviendas comunes, donde especificaba, entre otras medidas de salud, la necesidad de una privacidad básica.

Asegurar la privacidad por la noche no sólo era un tema de salud; también era una forma de definir la “blancura” apropiada, o la “europeidad”. Mientras que los reformadores apoyaban el sueño en solitario como algo saludable y moral, señalaban que “los salvajes” dormían colectivamente, y esta práctica era, de alguna manera, la culpa del subdesarrollo del mundo no occidental.

De acuerdo con el médico William Whitty Hall, autor de un popular libro de higiene del sueño en el siglo XIX, los individuos en sociedades con habitaciones compartidas eran “como lobos, cerdos y plagas”, que “se agrupan” unos con otros.

En tanto, en el civilizado occidente “cada niño, a medida que crece, tiene un área separada”.  Donde el sueño social persiste entre los blancos suele estar asociado con la pobreza y considerado como un mal social, tal como describe el libro de Jacob Riis “How the Other Half Lives” (Cómo vive la otra mitad), de 1890. Ciento cincuenta habitantes de viviendas, observó el autor con horror, dormían “en pisos sucios, en dos edificios” y los vagabundos lo hacían en los umbrales.

Esta nueva insistencia en el sueño individual se reforzó mediante la psicología y la pediatría durante el siglo XX. En 1928, el psicólogo del comportamiento John Watson argumentó que los niños deben ocupar sus propias habitaciones tan pronto como sea posible, por temor a que un exceso de mimos trastorne su desarrollo.

El complejo edípico de Sigmund Freud -con su aterradora visión de los niños permanentemente traumatizados después de haber visto a sus padres tener relaciones sexuales- dio ímpetu a la idea de que la proximidad nocturna era perjudicial.

El pediatra más famoso de mediados del siglo XX, Benjamin Spock, ofreció una mezcla de ideas freudianas y entrenamiento conductual, advirtiendo que “el niño pequeño puede sentirse molesto por el coito de sus padres, que él malinterpreta y al cual le teme”. Para evitar ese resultado traumático, Spock recomendaba sujetar al pequeño a la cuna con una red adaptada.

El método más conocido para separar a los niños de sus padres implica el entrenamiento en lugar de las redes. “La hora de ir a dormir significa una separación”, escribió el Dr. Richard Ferber en 1985, porque aprender a dormir aparte de los padres permite que el niño “se vea a sí mismo como un individuo independiente”.

Más tarde, Ferber se apartó de la afirmación de que el sueño solitario era preferible a nivel global que la habitación compartida, y reconoció que esa opción “predominó durante la evolución de nuestra especie”. En lugar de ello, el especialista aconsejaba a los padres que “eligieran el sistema que mejor se adaptara a sus necesidades”, aunque recordaba a los lectores que las sociedades que practican el sueño colectivo “tienden a ser más primitivas a nivel económico y social”,  quizás remarcando involuntariamente viejas asociaciones de la práctica del sueño social con culturas supuestamente inferiores.

Hay, por supuesto, buenas razones para que los niños tengan sus propios dormitorios. Es más práctico para los adultos disfrutar del ocio nocturno en un área donde no hay pequeños durmiendo; es más sencillo para marcar un horario adecuado para el trabajo y la escuela, y la intimidad de los padres puede aumentar sin niños alrededor. Los médicos aconsejan, además, que los padres no compartan colchones suaves con bebés -ante el riesgo de sofocar inadvertidamente al niño con los movimientos nocturnos-, especialmente si los adultos han bebido.

Por mi parte, debo admitir que crié a mis hijos para que duerman a solas. En ese momento, no parecía haber alternativa razonable. Pero, de hecho, hay beneficios económicos, ambientales y emocionales de dormir juntos. Ampliar espacios del hogar requiere grandes casas, cuyo costo de construcción es grande, y que también son caras de calentar e iluminar. Nuestro sueño, en otras palabras, tiene una gran huella de carbono. Lejos de ser una práctica atrasada, el colecho, o al menos dormir cerca, puede ser un uso más informado y sostenible del espacio y de los recursos naturales.

El beneficio más obvio podría ser derribar las paredes figurativas que nos separan. Cuando los niños finalmente aprenden a permanecer en sus habitaciones comienzan a echarnos de ellas, y el “¡sal de mi cuarto!” reemplaza el “¡maldición, vete a dormir!” como saludo de buenas noches.

Por contraste, como han argumentado los antropólogos Carol Worthman y Ryan Brown, las estructuras familiares en las sociedades de habitaciones compartidas tienden a estar más unidas y tienen menos conflictos intergeneracionales. El aumento de la tensión con el cónyuge es otro posible subproducto del sueño en solitario: ¿Cómo se puede esperar que los niños criados para pensar que el dormitorio es una fortaleza privada toleren después que alguien ronque, se mueva durante el sueño, juegue con un teléfono o vaya al baño en mitad de la noche? No debe sorprendernos que cada vez más a menudo los compradores de viviendas solicitan dormitorios separados para la pareja, lo cual a su vez requerirá que los habitantes de los suburbios le den a sus mansiones otra inyección de esteroides.

Si criamos a nuestros hijos para compartir el espacio entre ellos y con sus padres por la noche, quizás crezcan y sean menos peleadores, sepan compartir más y cuidar más de otros, tal como cuidan de sí mismos.

Benjamin Reiss es profesor de Ingles en Emory University. Es autor de “Wild Nights: How Taming Sleep Created Our Restless World.”

Traducción: Valeria Agis

Para leer esta historia en inglés haga clic aquí 

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