En un motel de San Bernardino, los niños crecen a la sombra de las drogas y la desesperación

Los niños se reúnen al atardecer en el desgastado estacionamiento del motel, contra el muro que bloquea el sonido de la autopista. Patean una vieja pelota de fútbol y juegan con los perros callejeros que han rescatado. Uno de los niños sostiene una cucaracha, la cual él finge que es una tortuga.

Eddie Martínez, de 14 años de edad, monta en su bicicleta entre ellos, feliz porque regresaron de la escuela. Desde que dejó de asistir a clases hace varios meses, pasa sus días sentado en el corredor en la parte superior de las escaleras esperando a que regresen.

En la tenue luz del atardecer y en la salida de la autopista hacia el Country Inn en San Bernardino, tiene amigos y un pedazo de una infancia normal.

El problema de los niños que crecen sin un lugar seguro al que pueden llamar su hogar está empeorando en todo el país.

En el 2013, unos 2 millones 500 mil niños vivían en moteles deteriorados, automóviles y refugios, sobre los sofás en las viviendas de los amigos y los familiares y en las calles, de acuerdo al Centro Nacional para las Familias Sin Hogar, un Instituto de investigación sin fines de lucro. Eso aumentó un 8% más desde el 2012 y un 67% más desde el 2006.

En California, un mayor porcentaje de niños carecen de hogar — 5.7% — que en todos los demás estados, excepto por Alabama y Mississippi, de acuerdo al Centro Nacional.

Son más de medio millón de niños. Los moteles económicos se han convertido en el último recurso para aquellas personas sin ningún otro lugar a donde ir.

La situación es particularmente dura en el Condado de San Bernardino, en donde el 9% de los estudiantes de escuelas públicas son identificados como personas sin hogar, en comparación con el 4.3% que existe en el condado de Los Ángeles.

La vida en el Country Inn es un poco diferente que en una posada deteriorada de mediados del siglo localizada al otro lado de la calle y en otras partes de la ciudad.

Aquí, los niños no les ponen atención a los comerciantes de metanfetamina que hay en las aceras de las calles, a la demacrada mujer que furiosamente camina semi desnuda o a los hombres en buenos automóviles que conducen lentamente a través de su improvisada zona de juego observando las puertas en busca de prostitutas.

Los niños se cuidan unos a otros. Y en una calurosa noche, miran hacia la calle. Breanna, una callada niña de 12 años de edad, quien es la novia de Eddie, no ha regresado de la escuela.

La madre de Breanna está parada frente a la piscina vacía llorando. “¡Mi hija desapareció!”

Los padres y los niños andan detrás de ella mientras da vueltas alrededor del estacionamiento.

En su bicicleta BMX, Eddie pasea silenciosamente entre el grupo de personas, un don nadie en pantalones vaqueros y una gorra negra de béisbol que lee: “Advertencia para Padres: Contenido Para Adultos”.

Tiene la ligera complexión de un niño que nació prematuro de una madre adicta a las drogas y nada de la agresividad de las pandillas que irradia el resto de su familia. Se ha hecho tan tímido, que le cuesta mover sus labios cuando las personas le hacen preguntas.

“¿La viste?” la madre le pregunta, suplicando.

Los ojos de Eddie se mueven nerviosamente. Comienza a hablar, pero decide no hacerlo. Está  luchando con cómo ayudar a Breanna. Pero también él está perdido.

Su madre, Noreen Gutiérrez, fue arrestada antes de la Navidad, esta vez por una violación de libertad condicional. Eddie no sabe cuándo va a salir de la cárcel y no puede hablar con ella. Lo han dejado con el novio de 24 años de edad de la madre, quien continuamente está drogado con los fragmentos de metanfetamina que fuma en el baño.

“Me pregunto si alguien me extrañaría cuando me vaya”, Eddie publicó en Facebook. Obtuvo tres “me gusta” pero ningún comentario.

El motel es lo más cercano a un hogar de lo que ha tenido desde que su breve estancia en la clase media terminó cuando tenía 6 años de edad y su familia vivía en Oregon.

El padre de Eddie bebía mucho, dicen Noreen y los niños, pero la familia era estable, con empleo estable, una casa alquilada de cinco recámaras y tres autos.

Entonces, una noche de furia y alcohol, el padre de Eddie, Gabriel Martínez, le disparó a un compañero de trabajo en el brazo en una fiesta y fue a la cárcel. La madre de Eddie y sus cinco hijos se mudaron de regreso a San Bernardino, la ciudad a 60 millas al este de Los Angeles que habían dejado para alejarse de las drogas y las pandillas. La vida ahí solamente había empeorado.

“Cuando se fue a la cárcel, fue como si nos hubiéramos estrellado”, dijo Noreen en una entrevista en el Centro de Detención Central de San Bernardino.

La familia se mudó entre departamentos y moteles mientras Eddie se cambiaba a diferentes grados escolares y Noreen entraba y salía de la cárcel. El verano pasado, ingresaron a la habitación 219 del Country Inn. Noreen prefiere al motel porque ve al gerente, Sam Maharaj, como un hombre decente. Les da pizza a los niños hambrientos, proporciona servicio de limpieza para aquellos que lo ocupan y mantiene un ojo vigilante sobre los inquilinos potencialmente peligrosos.

La madre de Eddie pagaba la cuenta de la habitación con sus cheques de asistencia social, el trabajo de construcción esporádico de su novio, sus trabajos ocasionales de limpieza y el reciclaje. Incluso la tarifa semanal de $280 dólares no era ninguna ganga. Pero para Noreen, quién no podía ahorrar $1,400 para el primero y último mes del alquiler de un departamento o aprobar la verificación de un cheque, había muy pocas opciones.

Para poder ingresar a un refugio, tendría que dejar a su novio y recuperar la sobriedad. En lugar  de eso se quedó en su habitación, fumando metanfetamina, bebiendo, y viendo “Cops” y “Keeping Up With the Kardashians”. Para entonces, sus hijos mayores tenían más de 18 años de edad y entraban y salían de su vida. Sus hijos más pequeños, Eddie y Gabrielle, su hermana de 12 años, no tenían a alguien que los guiara.

Eddie recibió pequeños consejos del gerente del motel y de su primo Jonathan “Whitie” Levario, quien vivía cerca. Eddie sabía que Whitie se estaba preparando para ir a la cárcel debido a un delito relacionado con las pandillas y que tendría a una persona menos con la cual podría hablar. Entonces, en su última noche de libertad, Whitie, de 19 años de edad, se durmió y no despertó. El informe del forense decía que murió a causa de una toxicidad aguda de heroína y metanfetamina.

Eddie no podía dejar de llorar. Se aferró a su madre como si ella se fuera a desaparecer. Cuando lloraba en clases, sus compañeros se burlaban de él. Llevó una navaja el siguiente día y Noreen lo sacó de la escuela hasta que se logró calmar.

Eddie y Breanna se reclinaban entre sí en el último escalón de la escalera del motel, escuchando a Green Day y a Imagine Dragons en su teléfono y jugando Minecraft.

La madre de Breanna, Vanessa Padilla, la llamaba a ella y a sus hermanos pequeños “idiotas” y los golpeaba sin ninguna advertencia. Cada mañana antes de ir a la escuela primaria Juanita Blakely Jones, Breanna vestía, bañaba y alimentaba a su hermana de 4 años de edad y a sus dos hermanos de 7 años, mientras su madre dormía. Los gemelos nunca han sido inscritos en la escuela.

Muchas tardes cuando Breanna llegaba a su casa, su madre estaba borracha, ruidosa y en modo de fiesta, a veces con un nuevo hombre que acababa de conocer en la gasolinera cruzando la calle. Los hombres dormían en la habitación, y cuando su madre se desmayaba, los niños se quedaban solos con ellos. Eddie comenzó a pasar las noches en su habitación para asegurarse de que los hombres no los lastimaran.

En diciembre, Noreen fue a la cárcel por violación de libertad condicional. Eddie se sentía a la deriva en una tormenta.

En enero, cuando Breanna estuvo desaparecida, Eddie no le dijo a nadie si sabía dónde estaba. Compartía la tentación por desaparecer. Recientemente le había escrito una carta a su madre en la cárcel diciéndole que él y Breanna iban a huir, sólo que no sabían a donde ir.

La policía había estado en este motel por lo menos 190 veces en el último año. Cuando dos oficiales de la policía por fin llegaron esta vez al motel, Eddie tranquilamente anunció que iría a buscar a Breanna, y montó su bicicleta hacia la oscuridad.

Una hora más tarde, Eddie pedaleó de vuelta y murmuró que había encontrado a Breanna en el Parque Seccombe Lake, a unas pocas cuadras de distancia.

Una patrulla salió del estacionamiento y regresó con Breanna en el asiento trasero. Después de una corta entrevista al borde de la multitud, los oficiales entregaron a la niña a su madre, descartando el incidente como una disputa familiar.

Unas cuantas semanas después, mientras Eddie lloraba en las escaleras, la madre de Breanna la reprendió celosamente por enviarle un mensaje de texto a su padre.

Durante algún tiempo, Eddie había estado escribiendo sus emociones sobre papel y las guardaba en su mochila. “Lo único que no he perdido todavía es mi vida”, decía una carta. “Pero espero perderla pronto porque no puedo aguantar más”.

Varias personas dijeron que a lo largo de los meses habían llamado a servicios infantiles acerca de las familias. Pero nada resultó de eso. Pero en esta noche la policía se estacionó debajo de la habitación de Breanna en el segundo piso y permaneció ahí mientras los trabajadores sociales conducían a la niña y a sus hermanos a cuidado tutelar. Otros trabajadores sociales se llevaron a Eddie y a su hermana menor.

Eddie Martínez, de 14 años de edad, llora sentado sobre la escalera. 

Después de un par de días, las autoridades contactaron al padre de Eddie, quien había sido liberado de la cárcel dos años antes y quien otra vez tenía trabajo estable de construcción en Oregon.

Cuando su padre los visitó la Navidad anterior, Noreen dijo que la maldijo por convertir a Eddie en un “mudo”.

Sin embargo, accedió a hacerse cargo de los niños y condujo desde Oregon para recogerlos.

Eddie estaba preocupado de que extrañaría a sus amigos y a Breanna. Pero siempre soñaba con la vida que tenía su familia cuando estaban juntos.

“A punto de ir a la escuela dentro de poco”, escribió Eddie en Facebook, dos días después de llegar de vuelta a Oregon central. “Estoy muy nervioso”.

Esa tarde, actualizó su post: “La escuela estuvo divertida hoy”.

En el Country Inn, otra familia se mudó a la habitación 219.

Cómo se investigo esta historia

Joe Mozingo y la fotógrafa Francine Orr comenzaron a informar sobre los niños en el Country Inn en el mes de septiembre como parte de su cobertura continua de San Bernardino, la ciudad de su tamaño más pobre en California. Los periodistas fueron testigos de todas las escenas descritas en esta historia. Las historias de las familias fueron reconstruidas a través de entrevistas y una revisión de los registros de la corte, la policía y el forense y los informes de las noticias. El padre de Eddie Martínez, Gabriel Martínez, no respondió a las solicitudes de entrevista. La madre de Breanna, Vanessa Padilla, no pudo ser localizada después de que se llevaron a sus hijos.

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