La pobreza ajena no motiva en los humanos un mayor deseo de igualdad económica

La pobreza ajena no motiva en los humanos un mayor deseo de igualdad económica

Es un extraño capricho de la naturaleza humana que las personas no siempre respondan a las desgracias de otras de la forma más ‘humana’, precisamente.

Un nuevo estudio arroja algunos hallazgos experimentales acerca de esa observación. Entre las personas afluentes de barrios acomodados, se descubrió, el claro recordatorio de la pobreza ajena no induce a mostrar generosidad. De hecho, ocurre exactamente lo contrario: después de pasar al lado de una persona aparentemente pobre, en un entorno rico, los habitantes de una comunidad opulenta fueron menos propensos a expresar su apoyo a una medida que haría pagar más impuestos a los pudientes y ayudaría a distribuir la riqueza de manera más uniforme en la sociedad.

Ese hallazgo, publicado el lunes en la revista PNAS, ofrece más pruebas de que forjar una sociedad con recursos distribuidos de manera más equitativa no sólo se enfrenta al rechazo de los detractores de esos principios políticos, sino que parece ser una cuestión de la naturaleza humana misma.

 Para el sociólogo de Stanford Cristóbal Young, el apoyo a un “impuesto millonario” no debería ser visto como un aval a una propuesta tributaria específica y controvertida. “El apoyo político a favor o en contra de los impuestos a millonarios no tiene casi nada que ver con el 1% o .5% que los pagaría”, afirmó.

“Se trata de la noción de justicia que hay en la gente, de quién debería pagar las facturas”. En estudios como éste, que Young elogió como “bien hecho y muy estimulante”, evaluar el apoyo de la gente al impuesto a los millonarios debería ser visto como un áspero aval al comportamiento cotidiano de dar.

Sus conclusiones, agregó Young, subrayan que aunque a menudo somos capaces de una gran generosidad, podemos ser críticos y avaros cuando nos confrontamos con personas que lucen como nosotros pero son menos afortunados. Cuando los hombres blancos, especialmente, ven a otro hombre blanco que lucha por su vida, “mi lectura es que hay una suerte de culpa involucrada”, expresó el sociólogo.

Entre las 2,519 personas que disfrutaban de un paseo de otoño en uno de los tres vecindarios elegantes de Boston y sus alrededores, no muchos se detuvieron para involucrarse con un activista y firmar su petición. Pero cuando Melissa L. Sands, investigadora de la Universidad de Harvard, modificó algunas pocas condiciones del entorno, descubrió algunas tendencias.

Antes de que los posibles sujetos de investigación llegaran al joven estudiante -blanco y bien vestido- con el portapapeles, Sands arregló que pasaran al lado de uno de cuatro tipos posibles de hombres -todos cómplices de la investigadora-.

Dos de esos transeúntes, uno negro y el otro blanco, estaban elegantemente vestidos y cortésmente de pie, como si estuvieran a punto de encontrarse con un amigo. Y otros dos -nuevamente, uno negro y el otro blanco- llevaban prendas gastadas y viejas. Si bien no mendigaban ni parecían drogados o enfermos mentales, estos segundos transeúntes sin duda lucían y actuaban de maneras que los distinguían como pobres y fuera de lugar en los vecindarios elegantes de Brookline o Back Bay y Beacon Hill, de Boston.

Unos 20 pies más adelante, los peatones se encontraban con un educado estudiante, con un portapapeles y una pluma, que buscaba apoyo para una petición que reduciría el uso de las bolsas de plástico inútiles, o para otra que pedía al estado de Massachusetts crear un impuesto adicional de cuatro puntos porcentuales sobre los ingresos anuales por encima de un millón de dólares al año.

Para la medida de las bolsas de plástico, las respuestas de los peatones eran las mismas, así hubieran pasado por delante de un sujeto bien vestido o de uno aparentemente pobre. Pero cuando se trataba de la solicitud para el llamado “impuesto al millonario”, ocurría algo diferente: la tasa de respuesta disminuyó un 14% cuando el transeúnte era blanco y parecía ser afluente, y un 57% -sólo al 6%- cuando el transeúnte parecía ser carente.

La raza también influyó en la voluntad de los peatones para detenerse y firmar la petición del impuesto al millonario: en comparación con quienes pasaban junto a un hombre blanco y afluente, quienes caminaban al lado del hombre negro y mal vestido fueron menos propensos a detenerse y firmar.

Más allá de ofrecer evidencia de alguna abstinencia racial, sugirió Young, los hombres blancos parecían juzgar a los blancos pobres con mayor dureza que a los negros. “Hay una mayor expectativa de que esta persona esté trabajando, puesto que no enfrenta los obstáculos de un hombre negro”, aseguró. En cambio, al ver a un individuo negro indigente, sugirió Young, los ricos blancos encuentran su situación “más comprensible, menos reprochable”.

Traducción: Valeria Agis

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