Este remoto cruce fronterizo de Texas suplica ‘No al muro’

Este remoto cruce fronterizo de Texas suplica ‘No al muro’

En este remoto cruce fronterizo en el Parque Nacional Big Bend, el sonido más fuerte es el balbuceo del Río Grande. En medio de exuberantes puestos de cañas verdes, un barquero espera para llevar a los turistas a través del río, en un destartalado bote de metal.

El gobierno de los EE.UU. cerró la estación fronteriza de Las Boquillas después de los ataques terroristas del 11 de Septiembre. Ésta fue reabierta en 2013, con dos puestos automatizados y un único agente de Aduanas y Protección Fronteriza de los EE.UU. Nunca se construyó una pared.

El cruce se ha hecho popular entre los turistas estadounidenses que desean visitar el pequeño pueblo mexicano de Boquillas del Carmen. Desde la estación, un camino de tierra conduce a través de una zona de álamos hasta la orilla arenosa del río.

A la sombra de las montañas de la Sierra del Carmen, Melissa Epperson se dirigió hacia el bote, el sábado, junto con su esposo, Hal, un juez del condado en Kissimmee, Florida. Era el primer viaje al parque para la pareja, ambos apenas entrados en los cincuenta años de edad. La mujer estaba nerviosa por cruzar: "Es lo desconocido", dijo.

En cambio, él sonreía emocionado. "Nunca he estado en México, así que ésta era mi oportunidad", afirmó, mientras se preparaban para abordar.

Una pareja más joven los siguió hasta el bote, llevando cámaras.

El barquero, Carmelo Sandoval, que vestía botas de vaquero y una cruz de plata, hizo pasar al grupo a bordo. Tardó sólo unos minutos en remar a través del río, verde y turbulento.

Durante las vacaciones de invierno, Carmelo Sandoval cruza a cientos de turistas por el Río Grande, desde el suroeste de Texas hasta el pueblo mexicano de Boquillas del Carmen. El cruce remoto en el Parque Nacional Big Bend se encuentra dentro del sector más grande de Aduanas y Protección Fronteriza de los EE.UU., en medio de más de 500 millas de fronteras sin cercas ni muros. Melissa y Hal Epperson, turistas de Kissimmee, Florida, abordaron el bote de Sandoval para su primer viaje al parque. Melissa estaba nerviosa, pero su esposo lucía emocionado por el cruce. "Nunca he estado en México", dijo, "así que ésta era mi oportunidad”.

 

Sandoval, de 40 años, trabaja en el cruce hace cinco años y, según él, le ha ido bien: 300 personas cruzaron a diario durante el Día de Acción de Gracias, y espera al menos 200 por día durante estas vacaciones invernales.

Aunque algunos visitantes se preocupan por la seguridad -agentes fronterizos atraparon a narcotraficantes en las cercanías y un agente de la Patrulla Fronteriza fue asesinado el mes pasado, a unas 200 millas al norte de la Interestatal 10, en un ataque que el FBI todavía está investigando- Sandoval dijo que las cosas han sido pacíficas últimamente. Señaló la gruesa vegetación del lado de los EE.UU. y describió los límites de las medidas de seguridad: "Nada más que cámaras”.

Ya en el lado mexicano, Sandoval ayudó a las parejas a salir de su bote y subir a una colina polvorienta, donde una docena de hombres se acurrucaban alrededor de los restos de un fuego de mezquite. Algunos habían emigrado desde lejos, desde la frontera con Guatemala, para trabajar en el cruce en espera de propinas, y venden viajes a la ciudad en camionetas o en burros por $5 dólares.

 

La mayoría de los turistas prefieren caminar -es sólo una milla- para probar enchiladas rojas picantes en Falcons, y tequila y cerveza Carta Blanca en el Park Bar. Nada de eso es legal para llevar a los Estados Unidos. En su lugar, adquieren recuerdos caseros hechos a mano, esculturas con alambre y cuentas, y arbustos de creosota.

Ahora, los lugareños también venden camisetas y pañuelos bordados con un mensaje en inglés, en protesta por la intención del presidente Trump para mejorar la seguridad con un proyecto de construcción enorme: "No wall” (No al muro).

Algunos visitantes señalan que ya hay demasiada seguridad.

Paul Dryer, un planificador financiero que vive cerca de Dallas, viajó por primera vez al sur, a la "ciudad de vaqueros" de Boquillas del Carmen, en 1974. En aquel entonces, no había ningún puesto de control de la Patrulla Fronteriza. Él y sus amigos solían caminar o nadar al otro lado del río para tocar la guitarra en el Park Bar. Ésa era la Boquillas que el cantante de country Robert Earl Keen, de Texas, retrató en su canción de 1994 "Gringo Honeymoon”:

Tied our donkeys to an ironwood tree,

By the street where the children play,

We walked in the first place we could see,

Servin’ cold beer in the shade.

(Atamos nuestros burros a un árbol jabí,

en la calle donde los niños juegan,

y entramos al primer lugar donde vimos

cerveza fría, servida a la sombra).

En esta visita, Dryer y su familia se registraron con el agente en la entrada, luego se turnaron para escanear sus pasaportes en uno de los puestos y un agente que trabaja remotamente desde El Paso, a 275 millas al oeste, les dio la autorización final. "El ambiente no es el mismo", afirmó el visitante con pesar. "La ciudad no es la misma: no es tan relajada, hay muchos más souvenirs en venta. ¿Ves a todos esos tipos con los burros? Sólo están allí esperando. Cuando uno ve que muchos hombres esperan por $5, es que están sufriendo".

Dryer, de 62 años, se encontraba en el cruce un par de días después de los ataques del 11 de Septiembre, cuando éste se cerró y la región entera quedó en silencio. El hombre recordó cómo la ciudad quedó desconectada después, y las iglesias enviaron comida y otros alivios. El turismo se desplomó. Incluso los clientes habituales, como Dryer, dejaron de ir. Ésta era su primera visita en 16 años. Su grupo compró una camiseta naranja con la leyenda “No wall" y uno de los pañuelos bordados. "Si hubiera un muro entre este sitio y los EE.UU., la ciudad moriría", advirtió.

En la estación de la Patrulla Fronteriza, turistas de Australia y Japón elogiaban la pequeña ciudad en un libro de visitas, y los estadounidenses registraron su oposición a erigir cualquier tipo de barrera.

Alex Magallán, de 33 años, bombero y paramédico de Houston, regresó al bote con una bolsa llena de recuerdos para su hermana mayor, Sandy, y su hijo de 6 años, que lo esperaban en el auto, del lado estadounidense. Habían venido a acampar en el parque, pero olvidaron los pasaportes y certificados de nacimiento y no pudieron cruzar.

Los hermanos crecieron hacia el este, en el Valle del Río Grande, donde la violencia relacionada con las drogas en el lado mexicano de la frontera diezmó el turismo. Sólo quedan unos pocos cruces turísticos y son remotos, como el ferry a mano en Los Ébanos, o comerciales, como el cruce de Progreso, flanqueado por farmacias y consultorios de dentistas que atienden a jubilados.

Magallán estaba nervioso cuando cruzó por primera vez a la remota Boquillas, pero luego vio a otros turistas y se relajó.

La ciudad le recordó el paisaje de su infancia. Conversó con los lugareños en español sobre cómo es vivir con agua y electricidad limitadas.

El cruce de la frontera sólo está abierto de 8 a.m. a 5 p.m., por lo cual debió marcharse por la tarde. La gente lo instó a regresar y alquilar un burro para visitar una cueva cercana.

Su hermana estaba intrigada. ¿Había probado las enchiladas?, le preguntó. No, había comido tacos, dijo él.

Cómo estaban las tortillas, quería saber ella. Posiblemente eran una mezcla de trigo y maíz, indicó.

¿La gente hablaba un dialecto español diferente?

"¡Deberías ir la próxima vez!”, le respondió Magallán.

Su hermana sonrió. “Voy a hacerlo”.

Traducción: Valeria Agis

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