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El Papa Francisco enfatiza su deseo de construir 'una iglesia para los pobres'

La beatificación del arzobispo Oscar Romero es considerada como un momento simbólico en el papado de Francisco

Francisco puso fin a años de debate cuando declaró a Romero, una figura fundamental en la batalla de la Iglesia Católica Romana contra las fuerzas conservadoras y progresistas, un mártir. Al hacerlo, despejó el camino para la beatificación de Romero -- el paso antes de la santidad – lo cual tuvo lugar el sábado en El Salvador.

La defensa de Romero hacia los pobres durante los tiempos de guerra especialmente difíciles y violentos y la represión se ajustó plenamente al énfasis de Francisco sobre “una iglesia pobre para los pobres”, un tema que inauguró en los primeros días después de su elección al papado en marzo del 2013 como el primer pontífice de las Américas.

 Romero, una fuerte y a menudo solitaria voz para aquellas personas asesinadas, secuestradas y torturadas durante el deslizamiento de El Salvador hacia la guerra civil, estableció un récord que le permitió a Francisco hacer a un lado los reclamos hechos por algunas personas que dicen que el trabajo del Arzobispo salvadoreño era más político que pastoral y que estaba manchado con inclinaciones izquierdistas. Romero fue asesinado por un escuadrón de la muerte del ala derechista mientras decía misa hace 35 años.

“Romero es un ícono de la iglesia que Francisco está intentando construir”, dijo Elisabetta Pique, una experta en el papado y autora de “Papa Francisco: Vida y Revolución”. Es una iglesia “con pastores que están cerca de las personas y especialmente de los marginados y de aquellas personas que más sufren. La beatificación es otra señal clara de la dirección de su papado”.

Una señal anterior dada por el Papa sobre la dirección en la cual quería conducir a la iglesia llegó en un encuentro con el fundador peruano de la Teología de la Liberación, una filosofía que estaba rotundamente fuera de favor con el Papa Juan Pablo II, quién creía, o fue convencido por sus consejeros más conservadores, que impulsaba el marxismo hacia el trabajo que se hacía con los pobres.

El padre Gustavo Gutiérrez y sus seguidores fueron rechazados y castigados durante  décadas por el Vaticano y la jerarquía de la iglesia, la cual hizo su mejor esfuerzo para  reemplazar a los obispos progresistas por aquellos obispos pertenecientes a los grupos ultraconservadores como el Opus Dei y los Legionarios de Cristo. Una invitación, no anunciada y solamente más tarde confirmada por el Vaticano, para que Gutiérrez se reuniera con Francisco a unos seis meses después de la ascensión del Papa, fue un cambio notable de actitud, y , en la opinión de muchas personas, una reivindicación para la Teología de la Liberación.

Francisco “está diciendo cosas que he querido que mi iglesia dijera desde hace mucho tiempo”, dijo el representante Jim McGovern, un demócrata de Massachusetts y un católico que asistió a la beatificación de Romero. Durante la década de 1980, como un miembro del Congreso se convirtió en un experto en El Salvador y fue testigo de los innumerables intentos hechos por los miembros conservadores de la iglesia, y el gobierno de Estados Unidos, para difamar a Romero y a la izquierda.

“Espero que esto no sea sólo un momento en la historia, sino que perdure y que nos deje ver a una iglesia más vibrante, más abierta en nombre de los pobres y de los gobiernos que abordan la pobreza”, dijo McGovern. “Francisco ha hecho que todo esto sea posible”.

Bajo la administración de Reagen, Estados Unidos continuó apoyando al gobierno derechista salvadoreño como una defensa contra el comunismo, aun cuando Romero, otros sacerdotes, monjas estadounidenses, organizadores laborales y miles de otras personas fueron asesinadas.

En 1978, dos años antes de la muerte de Romero, un obispo polaco se convirtió en Papa. Juan Pablo II fue orgánicamente guiado por su lucha en contra de, y el sufriendo bajo, el comunismo. Algunos observadores dicen que eso lo hizo sordo ante las luchas en contra de los derechistas que pintaban al enemigo como marxista. Romero recordó en su diario sus esfuerzos frustrados para hacer que Juan Pablo II comprendiera la persecución de su iglesia por parte de un brutal régimen derechista.

El cambio realizado bajo Francisco, telegrafiado en sus primeros días como Papa, ha sido evidente: su decisión de lavar los pies de los pobres y de un musulmán durante Semana Santa; su declaración que decía que él no “juzgaría” a los homosexuales; su enfoque actual sobre el cambio climático considerándolo como una desgracia que amenaza al planeta; su cariñosa humildad, incluyendo su rechazo a aceptar la indumentaria papal de  lujo.

Aunque su predecesor, Benedicto XVI, es quien reabrió oficialmente el caso para obtener la santidad de Romero, pero quien era un conservador dogmático más interesado en una iglesia católica pura, incluso aunque fuera más pequeña. Francisco, por el contrario, es el epítome de la inclusión.

Esta evolución inquieta a las fuerzas conservadoras dentro de la iglesia católica, incluso en los Estados Unidos, a donde el Papa Francisco realizará una visita en el mes de septiembre, pero la evolución tal vez no sea más visible que en San Salvador, la capital, en el día después de la beatificación durante la misa del domingo.

En la capilla de la Divina Providencia, donde Romero fue asesinado, los fieles, muchos de ellos vistiendo camisetas de “San Romero”, llenaron las bancas; una imagen reverencial del “Monseñor” adornó el altar junto con una explosión de flores brillantes.

Pero en las faldas de las colinas que rodean la ciudad, en los suburbios más adinerados, la historia era diferente, más formal y más solemne. Sólo uno o dos pequeños carteles de Romero decoraban esos santuarios católicos grandes y desbordantes.

En la iglesia de la Inmaculada Concepción localizada en el suburbio de Santa Tecla, la misa fue dedicada oficialmente a Romero, pero el sermón fue sobre el materialismo y el aborto, sobre cómo una mujer, pensando que su cuerpo es suyo, puede matar a un bebé que se encuentra dentro de ella con tanta facilidad como si quitara una espina de un pie.

En la iglesia católica de Monte Elena, donde las camisetas de Romero dieron paso a las  bolsas de diseño de Carolina Herrera, y donde las niñeras y los guardaespaldas poblaron los jardines, un enorme retrato del fundador del Opus Dei, Josemaría Escriva, llevado a la santidad por la vía rápida por parte de Juan Pablo en el 2002, tomó una posición prominente cerca del altar. Un pequeño cartel de Romero, abogando por la conversión y la reconciliación, no los temas habituales del asesinado arzobispo, se encontraba sobre una pared trasera.

Lorena Duque de Rodríguez, feligrés de la iglesia de Monte Elena y vice rectora de una universidad local, dijo que la beatificación de Romero, la cual apoyó, había sido politizada por ambos lados.

“Es un tema incómodo, que las personas odian abordar”, dijo Duque, quién, como muchos salvadoreños, cuenta con gran parte de su familia en el área de Los Angeles. “Las personas dicen, ‘No hay que hablar de ello. Es un tema político’”.

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