La última innovación del Strip de Las Vegas: robots que sirven tragos

Podrán preparar sus bebidas, pero no escucharán sus problemas. Los cantineros robots llegaron al Strip de Las Vegas, una posible evidencia de que Skynet está más cerca de cobrar conciencia y tendrá un sitio conveniente para tomar ventaja.

Rino Armeni, propietario del bar, jura que no es un paso para reemplazar a los seres humanos. “No, no, no”, respondió con risas. “Es entretenimiento; como las fuentes del Bellagio”. Sin embargo, las fuentes no se han sumado a la fuerza de trabajo ni se han convertido en baristas, por ejemplo. Al menos por ahora.

El Tipsy Robot inauguró el mes pasado dentro de las tiendas Miracle Mile, junto al Planet Hollywood Casino, abriéndose así paso en el Strip de Las Vegas junto con una montaña rusa en lo alto de una torre, réplicas de emblemáticos sitios del mundo y un universo -abierto las 24 horas, todos los días de la semana- para los juegos de azar, el alcohol y la extravagancia. La ciudad celebra lo raro, lo nuevo y el ahora. El mañana está estrictamente reservado para la resaca.

El entorno futurista del interior de Tipsy Robot es una mezcla entre un bar, un Apple Store y una planta de fabricación automotriz. Su clave son los dos robots bartenders, colocados detrás de una barra similar a un escenario. Ambos son brazos blancos y mecanizados, como una línea de montaje, que se mueven con espasmódica fluidez.

Por encima de ellos, las botellas de alcohol cuelgan al revés, como bebederos para pájaros, y los brazos mecánicos giran, se tuercen y extienden para permitir que el néctar fluya hacia las mezcladoras con precisión, antes de verter la bebida lista y colocarla sobre una superficie estriada.

El producto terminado se desliza suavemente hasta el borde de la barra, y queda de inmediato olvidado mientras el brazo robótico se mueve hacia la siguiente orden en la línea de montaje alcohólica.

Sarah Thatcher se sentó frente a la tableta que se emplea para hacer pedidos y miró las opciones de bebidas. La joven, de 24 años, se describió como una chica sencilla -eligió una Guinness- pero un “embajador galáctico”, definitivamente humano, le explicó que los robots no sirven cerveza. Esa tarea tan banal está reservada a una persona -quien esperaba a solas al final del bar y ocasionalmente echaba un vistazo a las máquinas-.

Thatcher miró a los robots, que la observaban impasibles. “No soy tan buena con la tecnología”, aseguró. “Es un poco loco; soy una milenio, pero ni siquiera tengo música en mi teléfono”.

Las ofertas incluían bebidas especiales llamadas Binary Berry, Mr. Roboto y Cosmic Cucumber. La joven recorrió la pantalla brillante; música house y dance sonaba por los parlantes. Una multitud, de pie en las afueras del bar, registraba en sus móviles videos y fotos de los robots.

Michael Beanes, un joven de 29 años que llevaba un sombrero de vaquero, una camiseta de Iron Man desteñida y un piercing en su labio, afirmó que beber allí lo hacía sentirse como un animal en el zoológico.

Los robots ciertamente atraen a los curiosos, pero quizás, con el tiempo, se conviertan en algo rutinario, como todo lo demás en Las Vegas.

Armeni elogió los brazos automatizados y resaltó que estos no se enferman, no necesitan descansos para almorzar o fumar, y que tampoco se toman vacaciones. Pero el Tipsy Robot demoró su apertura unos días debido a problemas informáticos. Él se encogió de hombros; la tecnología no es perfecta, dijo.

Jordan Davidson, una embajadora galáctica, resaltó que los dos robots tienen algunas limitaciones: no pueden salar el borde de un cristal para servir margaritas, y no pueden agregar decoraciones, aunque cree que esas pequeñas cuestiones podrían solucionarse en el futuro.

Thatcher intentaba hacer su propia bebida personalizada, pero después de añadir el hielo, el alcohol y demás, la tableta marcó “mensaje de error”. “Una persona real jamás me diría ‘mensaje de error’”, expresó la chica. “Aunque sí podría ser ruda en su trato”.

Enseguida, un embajador galáctico vino al rescate. Thatcher pasó su dedo por la tableta inteligente de nuevo, sin saber si acabaría con una bebida, una cita o una puerta de coche.

El robot finalmente se puso a trabajar. 

La joven vio su nombre en una gran pantalla que destellaba el estado de su orden, tal como los monitores de llegada y salida en el aeropuerto. Davidson explicó que muchos no ponen sus nombres reales; algunos eligen obscenidades, pero en este valiente mundo nuevo, la tecnología no hace juicios morales. 

La bebida estuvo lista en cuestión de minutos, y ella fue a recogerla. Junto a uno de los robots había un frasco de propinas. Davidson explicó que son los humanos quienes las comparten; no los robots -quienes nunca se han quejado al respecto; todavía-.

Thatcher se dirigió de nuevo a su taburete, con su bebida. Finalmente, optó por un té helado de Long Island. Bebió un sorbo; era fuerte. Sonrió y se estremeció al mismo tiempo. “Demasiado poderoso”, dijo.

Pero no se quedó en el lugar; la mayoría de los clientes no lo hacen. El bar no está realmente pensado para sentarse y conversar, ya que hay poco espacio para mesas en cada estación de pedidos, donde dominan las tabletas inteligentes. Además, los taburetes no están enfrentados. En una ciudad donde el alcohol se puede consumir en público, pareciera imperar la modalidad de ‘beber y salir’. Ordenar, mirar los robots, cuestionar el rol de los humanos en el mundo, y marcharse.

Hasta ahora, los robots no tienen nombres, pero -bajando la voz frente a ellos- Armeni sugirió que podrían ser reemplazados por una única máquina con múltiples brazos, que pueda hacer bebidas más rápidamente. Quizás sea la evolución electrónica 2.0… Tome un trago, Charles Darwin. Y hágalo doble.

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Traducción: Valeria Agis

Copyright © 2017, Hoy Los Angeles, una publicación de Los Angeles Times Media Group
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