Haitianos, africanos, asiáticos: fuerte aumento de migrantes no latinoamericanos que intentan cruzar desde México

Una mañana de enero, cinco hombres de Nepal se presentaron en la Casa del Migrante, en Tijuana, en busca de una cama para pasar la noche. ‘Qué extraño’, pensó por entonces el director del refugio, el padre Patrick Murphy.

Esta ciudad fronteriza ha sido una puerta de entrada para generaciones enteras de migrantes que huyen de la pobreza y la violencia en México y América Central, personas que sueñan con una vida mejor en los EE.UU. Pero Nepal está a 8,000 de distancia. ¿Qué hacían estos hombres allí? 

En pocos meses, Tijuana se vio repleta de migrantes de todo el mundo: de Haití, India, Bangladesh y varias partes de África, todos en espera de cruzar a los EE.UU.

En un aumento que las autoridades mexicanas definen como ‘sin precedentes’, 15,000 inmigrantes no latinoamericanos pasaron por Baja California este año, casi cinco veces más que la cifra registrada en 2015.

Más de un tercio de los detenidos que permanecían en centros de inmigración de California en septiembre último no provenían de América Latina, señalan los funcionarios estadounidenses. Después de recorrer un camino tortuoso y peligroso por la espina dorsal de América del Sur, Centroamérica y México, todos ellos agotaron sus recursos a lo largo del camino y presentan nuevos desafíos de seguridad para la frontera sur del país.

Son los protagonistas de un nuevo y dramático capítulo en la larga historia de la inmigración al Nuevo Mundo. Mientras que las generaciones anteriores arribaron en transatlánticos desde Europa, o en pequeñas embarcaciones desde todo el Caribe, estos aspirantes a estadounidenses aprovechan las redes empleadas hace décadas para transportar drogas y migrantes hacia los EE.UU. desde Latinoamérica.

A diferencia de los millones que han viajado a lo largo de los años desde México y Centroamérica, muchos de los que ahora llegan a la frontera sur de los EE.UU. vuelan sobre los océanos y emprenden sus viajes desde las profundidades de Sudamérica, a través de un terreno con dificultades inimaginables. 

Muchos sostienen que en sus recorridos -a pie, por autobús, barco y burro- cruzaron hasta diez fronteras internacionales, porque no se sintieron bienvenidos en Europa y esperaron contar con mejor suerte en los EE.UU.

Para cuando llegan a la puerta del país han cruzado selvas pobladas por serpientes venenosas y narcotraficantes, carreteras patrulladas por policías corruptos y fronteras manejadas por contrabandistas. Susurran historias de robos, asesinatos, violaciones y ahogamientos. Muchos finalmente llegan a los EE.UU. después de meses de dificultades, sólo para ser cargados en aviones y devueltos a casa.

El número de migrantes de larga distancia que llegan aquí, a Tijuana, palidece en comparación con los cientos de miles de latinoamericanos que ingresan cada año. Pero la oleada está desafiando a las autoridades a ambos lados de la frontera, que enfrentan dificultades para acomodar tantas personas, lenguas y culturas.

Para el otoño, el cuello de botella en la frontera había alargado el tiempo de espera para ver a un oficial de inmigración estadounidense de días a semanas. Actualmente, 4,000 personas no latinoamericanas esperan en Tijuana y Mexicali, en espera de ingresar a los EE.UU.

El mayor número de esta nueva oleada de migrantes internacionales proviene de Haití. Más de 5,000 haitianos que aparecieron en los puertos de entrada de California sin visas fueron considerados “inadmisibles” desde octubre de 2015, un enorme aumento por sobre los 336 que habían llegado el año fiscal previo.

La empobrecida nación insular fue devastada por dos grandes desastres en los últimos seis años: un terremoto, en 2010, que mató al menos a 220,000 personas y dejó a más de un millón sin hogar, y un huracán, en octubre pasado, que alcanzó el 80% de las zonas costeras.

Pero el gran número de haitianos que aparecieron en California fue sorpresivo. Por décadas, quienes buscaban llegar al país se habían enfrentado a 700 millas de océano en embarcaciones destartaladas, que a menudo apenas llegaban a Florida. Actualmente, las autoridades se preguntan por qué elegir una ruta que es diez veces más larga.

Los sonidos del criollo francés y el haitiano se mezclan ahora con el español y el inglés en los refugios de Tijuana, que hace sólo un año estaban ocupados principalmente por migrantes de América Central y mexicanos recientemente deportados de los EE.UU. La afluencia ha sobrepasado la capacidad de las organizaciones locales sin fines de lucro para ayudar. “Estamos desbordados en este momento”, afirma Murphy. “Nunca imaginamos que duraría más de dos o tres semanas”.

En la zona se dice que miles de migrantes están en camino.

Emmanuel Ngunyi llegó a Tijuana en un vuelo desde Ciudad de México, donde había pasado unos días recuperándose después de un viaje tortuoso que comenzó con una huida de Camerún a Ecuador, y continuó por tierra a través de media docena de países.

Miembro de la minoría anglófona de Camerún, el joven de 25 años había sido encarcelado dos veces por apoyar a un movimiento secesionista prohibido. La segunda vez fue la peor, comenta. Sus carceleros lo amarraron al techo y lo violaron con una vela. Estaba convencido: si pudiera entrar a los EE.UU., “mi vida estará a salvo”.

En algunos países es sencillo ingresar, incluso sin visa. Las autoridades conceden permisos para los migrantes en tránsito, dándoles unos días para cruzar su territorio. Pero otros lugares -Nicaragua, Costa Rica, Panamá- cerraron sus fronteras. Allí, Ngunyi tuvo que recurrir a la ayuda de contrabandistas para atravesar vastas extensiones de selva, pantanos y montañas a pie.

En total, el joven demoró dos meses en llegar a México, y le costó casi $10,000 dólares. Era mediados de mayo cuando aterrizó en Tijuana, y el frío matinal lo hizo temblar. Allí intentó contratar un taxi desde el aeropuerto a la frontera, pero entabló una discusión con el conductor, quien le quitó su teléfono y lo empujó fuera del vehículo. Por ello, decidió caminar los últimos kilómetros.

Había una larga fila de personas esperando para usar el cruce peatonal de San Ysidro. Caminó hacia el frente y le dijo al primero oficial de policía que vio: “Quiero solicitar asilo en los Estados Unidos?”. “¿Ves gente como tú aquí?”, le gritó el oficial y lo envió al final de la línea.

Cuando llegó al frente, fue escoltado hacia el puerto de entrada para esperar una entrevista con la agencia de Aduana y Protección Fronteriza. Esperó allí la mayor parte del día, hasta que se durmió en el piso. Finalmente, llegó su turno de ser atendido. Un oficial le preguntó su nombre, de qué país provenía y su dirección. Luego, otra oficial ingresó a la habitación. “No, no, no; no tenemos espacio para ellos”, dijo. “De vuelta a México. Todos de regreso a México”.

Era pasada la medianoche cuando Ngunyi se encontró nuevamente en Tijuana. La puerta de los EE.UU. se había cerrado detrás de él. Pasó su primera noche en Tijuana en el pavimento, fuera de San Ysidro, junto a un minimercado llamado “La Línea”.

En la mañana, los compradores le aconsejaron acudir a un albergue del Ejército de Salvación, donde le dijeron que podría esperar una cita con las autoridades de inmigración de los EE.UU. Seis días después, aún espera.

Envuelto en una chaqueta blanca que los trabajadores del refugio le dieron, Ngunyi se apoya contra un muro del patio y mira inexpresivamente. Muy cerca, varios hombres de Senegal patean un balón de fútbol. Un voluntario reparte galletas dulces. Ngunyi esboza una leve sonrisa: “Ellos te cuidan bien”, dice. “Pero este no es mi destino”.

Aunque los funcionarios aquí son empáticos con la situación de los migrantes, no ocultan su frustración con algunos de sus vecinos del sur por no hacer lo suficiente para frenar el flujo de migrantes, que desvía tiempo y recursos necesarios para ayudar a los mexicanos deportados de los EE.UU. y a los centroamericanos que solicitan asilo en México.

Muchos de los migrantes de África, Asia y Medio Oriente comienzan su viaje pagando a los contrabandistas miles de dólares para organizar su entrada a países como Ecuador y Brasil, donde es más fácil para ellos obtener ingreso legal que en los EE.UU. “Hay un par de países en el hemisferio, específicamente en Sudamérica, que tienen políticas de inmigración muy laxas”, explicó Rodolfo Figueroa Pacheco, quien dirige la oficina del Instituto Nacional de Migración de Baja California. “Eso les da algunos puntos de apoyo en el continente para moverse hacia el norte”.

Muchos de los haitianos que acuden aquí relatan que se trasladaron a Brasil luego de perder sus hogares y medios de subsistencia con el terremoto de 2010 en su país. En ese momento, la economía brasileña estaba en auge y el país necesitaba mano de obra barata para prepararse para la Copa Mundial de 2014 y los Juegos Olímpicos de este año.

Pero Brasil está ahora en medio de su peor recesión en 80 años. Algunos haitianos han sido despedidos y se les hace imposible pagar la renta y apoyar a sus familiares en su país de origen. Por todo ello, comienzan a mirar hacia el norte.

Hasta hace poco tiempo, la mayoría de los haitianos que llegaban a la frontera de los EE.UU. tenían permiso para permanecer al menos temporalmente por razones humanitarias. El gobierno de Obama dejó de deportarlos luego del terremoto, a menos que se tratara de condenados por crímenes graves o se consideraran un riesgo para la seguridad.

Pero esa decisión se revirtió en septiembre pasado, luego de que los funcionarios estadounidenses fueran advertidos de que miles de personas estaban corriendo hacia sus costas. Más de 200 haitianos han sido deportados del país en las últimas semanas, lo cual ha generado pánico entre quienes pensaban que pronto serían admitidos.

Philonise Alfreide, una madre soltera de 30 años de edad, asegura que no puede regresar a Haití. Su familia vendió todo lo que tenían allí -tierra, vacas- para pagar su viaje con la expectativa de que ella los ayudaría cuando llegara a los EE.UU. En el camino, relató Alfreide, fue extorsionada por policías corruptos y detenida por bandidos armados que le robaron todo lo que tenía. “La familia ha depositado toda su esperanza en mí”, asevera, mientras acomoda a su hija de un año de edad para pasar otra noche en el albergue Padre Chava Desayunador Salesiano, en Tijuana. “Si somos deportadas, ¿qué será de nosotras?”.

Los refugios de la ciudad están atestados.

En Padre Chava, un centro de 88 camas y una cocina comunitaria, mujeres y niños haitianos extienden mantas en el suelo, entre las mesas del comedor, para dormir por las noches. El Movimiento Juventud 2000 ha instalado decenas de tiendas de campaña fuera de las instalaciones, para dar cabida a más migrantes.

Aquellos que no pueden encontrar espacio en un albergue se acuestan en salones de la iglesia, alquilan habitaciones en casas particulares y llenan hoteles baratos en el distrito rojo, entre bares y clubes de strip-tease que venden cerveza “mañana y noche”.

Los migrantes desesperados a menudo buscan el consejo de Murphy. El sacerdote intenta ser realista. Sólo aquellos con miedo creíble de persecución o tortura pueden solicitar asilo, y no cree que muchos de ellos estén en esa situación.

Dos hombres de Camerún acorralaron al sacerdote después de una misa celebrada en el atrio de la Casa del Migrante. Sus citas con oficiales de inmigración se acercaban; ¿podría él darles una bendición? “Que Dios te guíe y proteja en tu viaje”, dijo Murphy. “Y que encuentres una persona amable que te escuche”.

Más de 200 personas esperaban fuera de un remolque una mañana de otoño, mientras los funcionarios mexicanos llegaban a su oficina improvisada, junto al refugio del Padre Chava. Muchos habían dormido en la calle, por lo cual serían los primeros en la fila para obtener una cita.

Los funcionarios estadounidenses pueden manejar sólo a unos 120 inmigrantes indocumentados al día entre los dos puertos de entrada de Baja California. Por lo tanto, las autoridades mexicanas insisten ahora en que tengan citas antes de permitirles cruzar, una política criticada por algunos defensores de derechos humanos, quienes sostienen que México no debe interponerse en el camino de los solicitantes de asilo en los EE.UU.

A los gritos y empujones, la muchedumbre sube hacia el remolque, contenida por policías con chalecos antibalas. Los funcionarios mexicanos luchan por hacerse entender. “¿Documento?”, le preguntó en español Rosario Lozada, directora de asuntos migratorios de la ciudad, a un hombre.

“Camerún”, respondió él.

“No, no. ¿Cómo entró usted a México?”, intentó en inglés. “¿Dónde está su documento?”.

El hombre entregó una hoja de papel emitida en México, que le daba 20 días para legalizar su estatus o salir del país. La funcionaria comprobó que la fotografía coincidiera con su rostro, y luego selló con una fecha que vencía tres semanas después.

Muchos dicen que es sólo cuestión de tiempo antes de que los inmigrantes frustrados intenten cruzar ilegalmente. En el Hotel Cortez, Nertho Thermitus tenía que tomar una decisión.

El haitiano de 28 años había soñado con ir a la universidad. Pero cuando su familia perdió su casa en el terremoto, tuvo que buscar un empleo. Pasó dos años en una fábrica en Brasil, que manufactura partes de automóviles, pero en 2015 fue despedido.

Ahora, él y sus dos compañeros de viaje han compartido un cuarto por casi tres semanas en Tijuana, y el dinero se está agotando rápidamente para ellos. Thermitus tenía una cita en la frontera el día siguiente, pero se preguntaba si en lugar de acudir a ella debía salir a buscar un empleo en México. Los propietarios locales de fábricas habían comenzado a reclutar en los refugios.

¿Debería arriesgarse a ser deportado de los EE.UU.?

Sus compañeros de habitación seguían esperanzados. Después de todo lo que habían pasado, ¿cómo podrían echarlos de los EE.UU?

“Esta decisión me impide dormir por las noches”, afirmó Thermitus, moviendo su cabeza. Los tres hombres callan. El ruido de la música que proviene de la radio de un vecino llena la habitación, débilmente iluminada.

A la mañana siguiente, Thermitus se levantó antes del amanecer. Se puso unos pantalones vaqueros oscuros y un suéter gris a rayas, que tenía preparados para su ingreso a los EE.UU. Metió el resto de sus cosas en una pequeña mochila, comió una bolsa de patatas fritas e inclinó la cabeza para hacer una silenciosa oración. “He puesto todo en manos de Dios”, dice. “Es mi última esperanza”.

Afuera, las calles estaban desiertas. Thermitus caminó con rapidez, pasó por clubes y bares con sus luces todavía encendidas de la noche anterior, hasta una calle pintada de amarillo, como el camino de ladrillos de Dorothy.

El sol subía mientras cruzaba el elevado paso hacia San Ysidro. Un funcionario de inmigración mexicano revisó sus papeles y le pidió que se uniera a una fila de migrantes que esperaban. Un hombre sin cita intentó colarse detrás de él, generando una pequeña refriega.

Poco después de las 8:30 a.m., un oficial le dio la orden de cruzar el puente peatonal. En la parte superior de la rampa, los migrantes se volvieron para saludar a sus amigos de abajo, que gritaban “bon voyage”, buen viaje. Thermitus siguió caminando y desapareció en la densa niebla del sistema inmigratorio estadounidense.

 

Traducción: Valeria Agis

 

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