En el mundo de las aplicaciones no encontré una cita, sino un entrenador de vida

En el mundo de las aplicaciones no encontré una cita, sino un entrenador de vida

Tener citas en Los Ángeles es una experiencia desalentadora para una veinteañera socialmente introvertida e incómoda.

Mi reacción impulsiva es recrear el emoji del ‘mono cubriéndose los ojos’ ante el solo pensamiento de que un chico guapo pueda mirarme. No soy la belleza de cabello castaño enfundada en un vestido ajustado que baila todo el sábado por la noche en 1Oak o Bootsy Bellows, en West Hollywood.

En cambio, soy una morena que intenta ser semi cool con su cabello sombreado, y que mira series como “Orange Is the New Black” en sesiones maratónicas, tapada con una manta, mientras devora galletas de chocolate recién horneadas y libres de gluten (así pasaba mi tiempo libre desde mi cirugía mandibular para corregir una sobremordida que seis años de ortodoncia no lograron solucionar).

Aproximadamente un año después de eso, finalmente estaba lista para meterme de lleno en el mundo de las aplicaciones de citas. Ocultarme tras la pantalla para enviar mensajes de texto a posibles pretendientes era emocionante; era una oportunidad de presentarme, en un foro seguro. Me conformé con descargar Tinder; un par de amigos de la universidad formaron relaciones serias con esa aplicación, así que pensé que valía la pena intentarlo.

Comencé a deslizar los perfiles a la izquierda, otra vez, otra vez, y pausa. Un chico de 27 años, vestido con una camiseta azul y dueño de una sonrisa astuta, apareció en la pantalla de mi iPhone. Sus grandes ojos color avellana se reflejaban a través de unas gafas rectangulares negras y gruesas; sentí un halo de cerebrito pero a la vez algo cool en él. No estaría nada mal que tuviera mucho cabello -castaño y muy voluminoso, para ser exacta- y una barba bien arreglada. Ambos eran atributos físicos que me recordaban a mis antepasados judíos persas.

Sin vacilar, decidí ir por él. Segundos más tarde, “es un contacto” destelló en la pantalla; ahí estaba mi primer contacto de Tinder.

Él envió un mensaje preguntándome qué tal había sido mi experiencia con la aplicación hasta el momento. Le respondí que era una “novata” en el tema. Él respondió: “Ten cuidado, hay  muchos raros por aquí. Voy a borrar pronto esta aplicación, pero si quieres, envíame tu número de teléfono”.

Me quedé perpleja. Agradecía su advertencia, pero no estaba dispuesta a revelar mi número a un extraño luego de una conversación de cinco oraciones. Le di las gracias por su consejo, pero evité darle mi número. Mientras estaba a punto de seguir buscando, me envió otro mensaje: “No dudes en contactarme en cualquier momento. Sólo recuerda tener cuidado aquí”, me dijo, y me envió su teléfono.

Me sentía frágil, recién llegada al mundo de las aplicaciones apenas recuperada de mi cirugía. Pero, de manera extraña, sentí una energía protectora en él. Así que, después de pensarlo un poco, decidí enviarle un mensaje al día siguiente.

Terminamos enviándonos mensajes de texto por horas. Me habló de su trabajo como ingeniero mientras le contaba de mi vida como trabajadora freelance. Hablamos de nuestro amor mutuo por las razas de perros grandes y por Los Angeles Lakers. Me habló de sus películas favoritas, entre ellas “Batman” y “Gladiator”, mientras que yo reconocí mi desvergonzada obsesión por la franquicia “The Bachelor/Bachelorette”. También discutió sus logros como graduado de UC Irvine, y yo me regodeé acerca de mi orgullo por la Universidad de Oregon. Le hablé acerca de ser criada por padres conservadores judíos persas, él me confesó sus raíces sirias, mientras que se describió como un cristiano no practicante, semibudista, o simplemente un ser espiritual.

Nuestros mensajes se convirtieron en rituales diarios, que comenzaban discutiendo los planes del día. Continuamos con textos ligeros, como intercambios de recetas, rutinas de ejercicios y consejos de moda. “¿Cuándo nos vamos a reunir?”, le pregunté al azar un día. Habían pasado unos meses y todavía seguíamos con los mensajes de textos diarios.

“Tú vives demasiado lejos”, me respondió (yo vivo en Westwood; él había dicho que en Costa Mesa). Por algún motivo, no me molestaba que se resistiera a un encuentro. Pensé en sugerir encontrarnos a mitad de camino, pero en lugar de eso simplemente cambié de tema. Además, comprendí que, si bien habíamos salteado la zona de relaciones, estábamos en un sitio mejor que la zona de ‘solo amigos’.

Él se había convertido en mi pequeño entrenador de vida y terapeuta, accesible las 24 horas del día a través de llamadas y textos. Durante nuestras sesiones de mensajes, nuestras conversaciones pasaban de bromas juguetonas a discusiones filosóficas sobre el mejoramiento personal; eran discusiones profundas que no parecían tener con mis amigos de la preparatoria de Beverly Hills, de mentalidad abierta y similarmente introvertidos. Nuestras conversaciones abarcaban principalmente ideas sobre noticias recientes de la cultura pop, quejas acerca de nuestras vidas con citas o dramáticas historias del trabajo. Ahora, sin embargo, yo tenía a mi propio amigo virtual al estilo Tony Robbins. Él se había convertido en una figura respetable y sabia en mi vida, que me motivaba a ser mejor a diario.

Me habló de valiosas técnicas de relajación, tales como ejercicios de mindfulness, o atención plena, respiración poderosa y meditaciones guiadas (varios de ellos, métodos que mi madre -ejecutiva de día y estudiosa del bienestar holístico por las noches- ya había intentado presentarme, sin mucho éxito). Pero fue la orientación diaria de mi recién logrado entrenador de vida la que resonó profundamente en mí; ahora tenía un socio de responsabilidad a quien no quería decepcionar. Cuando, a menudo, me quejaba de estar demasiado preocupada acerca de mis trabajos freelance, un simple texto de su parte, con la palabra “Respira”, era un recordatorio terapéutico.

En los días en que me sentía impotente acerca de mis cursos en Los Angeles Valley College, él me enviaba el popular posteo en Reddit “No More Zero Days” (no más días cero), una publicación en la cual él basa su vida, que implica hacer por lo menos una cosa cada día que conduzca hacia el logro de un objetivo de vida; estar agradecido por el pasado, presente y futuro; perdonarse a sí mismo, hacer ejercicio y leer.

En el lapso de un año, empecé a encontrarme con una versión más zen de mí misma. Recibía textos de su parte como “estamos juntos como la cima de una montaña, intacta, inmóvil, no afectada por todas las tormentas, simplemente allí”, que tocaban mi corazón. Saber que tenía a alguien ahí para mí, quien continuamente me enviaba palabras de aliento, creaba una sensación de paz en mi interior.

Ahora, cuando tengo sentimientos de duda o miedo, o cuando estoy nerviosa acerca de una reunión para conocer contactos laborales en Los Ángeles, “invito a Mara a tomar el té”, una enseñanza budista que él me explicó acerca de ofrecer compasión y amor a mis emociones preocupantes en lugar de luchar contra ellas.

Han pasado dos años ya. Aún no nos hemos encontrado en persona; hubo un intento fallido de lograrlo, en Venice Beach. Pero cancelé porque me enfermé, quizás una loca señal de que nuestra amistad está destinada al mundo virtual. Más allá de eso, seguimos siendo amigos por mensaje de texto, compañeros de Snapchat, y ocasionalmente hablamos por Facetime.

Tinder me ha ayudado a conocer a un buen chico judío para salir; veremos dónde eso nos lleva. Pero estoy segura de algo: el futuro es mucho más brillante con mi entrenador de vida, cuya presencia puedo sentir mucho más allá de los parámetros de mi sagrado dispositivo móvil.

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Traducción: Valeria Agis

Copyright © 2017, Hoy Los Angeles, una publicación de Los Angeles Times Media Group
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