Editorial:

Cuando una familia es separada por la frontera, las consecuencias duran años

Cuando una familia es separada por la frontera, las consecuencias duran años

Hice autoestop al otro lado de la frontera cuando tenía cuatro años de edad. Eso decía a cualquiera que me preguntaba de dónde venía; estaba cerca de la verdad. 

En 1975, mis padres nos dejaron a mis cinco hermanos mayores y a mí en casa de mi abuela, en México, y desaparecieron. Ellos cruzarían del otro lado y, cuando ahorraran lo suficiente para comprar los certificados de nacimiento “prestados”, enviarían por nosotros. Dos años más tarde eso fue lo que hicieron, pero las consecuencias de esa separación temprana permanecen para siempre como una pared entre progenitores e hijos. 

En medio de las recientes redadas de la Oficina de Inmigración y Aduanas de los EE.UU. (ICE), y con la promesa del nuevo gobierno de separar a los niños de sus padres aún sobre la mesa, vuelvo a pensar en esta historia; mi historia. 

“Cuando un hombre uniformado te pregunte tu nombre, debes decir Maricela Salazar, o nunca volverás a ver a tus padres. ¿Me entiendes?”. Mi tío me preguntó una y otra vez esto durante un viaje en autobús hacia el norte, interrogándome a mí -la más pequeña- para asegurarse de que no daría a la Patrulla Fronteriza el nombre equivocado y daría por tierra con nuestro plan. No tengo recuerdos del cruce propiamente dicho. 

Mi padre, a quien apenas reconocía, estaba esperando por nosotros. Había conducido desde Illinois hasta la frontera de Arizona, en Yuma. La parte trasera de su camión estaba llena de almohadas y mantas, junto con una hielera repleta de cosas que no había visto nunca antes: pan Wonder, salchicha de Bologna marca Oscar Mayer, y rebanadas de queso Kraft brillantemente amarillas. 

Veintiocho horas de viaje más tarde, me reuní con mi madre, quien también podría haber sido una extraña, por la poca presencia que yo registraba de ella. 

Después de ese ‘regreso a casa’, mi recuerdo más claro es el de John Travolta pavoneándose por las calles de Brooklyn con pantalones acampanados. Debo haber visto el tráiler de la película y recuerdo sentirme hipnotizada por la música, el brillo, la barbilla hendida y sus movimientos. Me paré frente al espejo para imitarlo; había que balancear la cadera a la izquierda y apuntar hacia arriba, luego a la derecha y apuntar hacia abajo. Imaginé que, si de alguna manera cruzaba el cristal, aterrizaría en ese piso iluminado de la discoteca; realmente quería ir allí. A medida que el infierno disco rugía en la ciudad que eventualmente llamaría mi ‘hogar’, recibí mis vacunas y comencé el jardín de infantes. 

Aprender inglés ocurrió de manera tan eficiente y rápida que fue como si me quedara dormida hablando en un idioma y despertara con otro. Pero pronto comprendí que lucharía con otra cosa. En la primaria, mi maestra se paró frente a mi escritorio. “¿Cuánto es dos más dos?”, preguntó. “¡María!”, dijo inclinándose más cerca y levantando su voz unos decibeles, “¿cuánto es dos más dos?”. Miré sus ojos azules y, aunque sabía que la respuesta era cuatro, no pude pronunciar una sola palabra. 

Ella se convenció de que tenía un problema de audición. Me mandó a ver a la enfermera, quien me envió a casa con una nota. Mis padres me llevaron al médico, quien insertó algo frío en mis oídos antes de concluir que los músculos alrededor de mi mandíbula y orejas eran débiles, y que la mejor forma de fortalecerlos era masticando goma de mascar. 

El lunes por la mañana regresé a la escuela con la nota del médico y un suministro para una semana de Juicy Fruit, Hubba Bubba y Bazooka Joe. Cuando a os otros niños les pedían que escupieran sus chicles, decían: “Ella también está comiendo uno”. “Pero ella tiene una condición médica”, respondía siempre mi maestra. 

Años después, cuando tenía más de 20 años y había llegado a Brooklyn, donde las discotecas habían sido reemplazadas por clubes de hip-hop -e, irónicamente, los pantalones acampanados volvían a surgir- compartí esta historia con una amiga durante una cena. “Le prescriben goma de mascar a los niños con trastorno por déficit de atención”, dijo ella, tomando un sorbo de vino. “Ayuda a concentrarse”. 

Después, investigué un poco y hallé que el déficit de atención es causado a menudo por el estrés postraumático. Yo no había sufrido ningún trauma profundo, o eso pensaba. La vida de mi familia era complicada, pero mis padres eran amorosos y siempre nos habían dado lo necesario. Mi madre trabajó en una fábrica de toallas por más de una década, y mi padre en la construcción; incluso se unió al gremio. 

Pero ocurría algo: a veces mi madre se echaba a llorar y preguntaba por qué no podía confiar en ella, por qué yo era tan distante. “Nunca debería haberte dejado en México”, decía. “Si hubiera sabido que serían dos años, nunca lo hubiese hecho”. “No pasa nada, mamá”, le decía yo, explicando que entendía cómo era la vida para inmigrantes y refugiados, y que a veces los niños eran separados de sus padres. Ella lloraba más intensamente, y a pesar de que quería consolarla, miraba su rostro con lágrimas y me sentía entumecida. 

Durante mi último semestre en la Universidad de Illinois, en Urbana, regresé a México con una tarjeta verde recién impresa. Diez años después, el presidente Reagan había firmado un proyecto de ley que proporcionaba amnistía a casi tres millones de inmigrantes indocumentados, mi familia y yo entre ellos. 

Para calificar, había que haber residido de manera continua en los EE.UU. desde antes de 1982 y no tener antecedentes criminales. Primero uno solicitaba ser residente temporal. Después de un período de prueba, era elegible para convertirse en residente permanente y tener una tarjeta verde. Varios años más tarde, suponiendo que todo seguía bien, se podía solicitar la ciudadanía de los EE.UU. 

Durante mi viaje a México visité a mi abuela. Ella vivía en la misma casa donde mis padres nos habían dejado, unos años antes. Una noche, estábamos tomando el té y ella me miró y dijo: “Tú no te acuerdas, pero después de que tus padres se fueron, no pasaba un sólo día sin que preguntaras por ellos”.

“Se habían ido hacía tres meses y, de todas maneras, lo primero que hacías en la mañana era pedirme que te llevara a casa. Finalmente te llevé, para que pudieras verlo con tus ojos. Entraste en la casa vacía, miraste cada rincón, y cuando comprendiste que tus padres no estaban allí, nunca más preguntaste por ellos, jamás. Después de ese día dejaste de hablar. Pasaron dos semanas y no pronunciaste una palabra”.

Mientras ella hablaba, yo comprendía que algo muy profundo en mi interior se abría; cosas que tenían sentido. 

Ese fue el comienzo de un largo viaje para mis padres y para mí. Nos tomó años reconciliar todo lo que se había perdido en esa separación de dos años. Ahora temo por los millones de niños que, potencialmente, podrían ser alejados de sus progenitores en el marco del agresivo enfoque de la administración Trump respecto de las deportaciones. ¿Cuánto tiempo les llevaría volver a reunirse? ¿Cuánto tiempo les tomará superar ese muro, si es que lo logran? Cuando ese lazo se rompe, las consecuencias se extienden por años.

¿Cuánto es dos más dos? Una separación de dos años no parece mucho tiempo, pero es más que suficiente.

Si desea leer la nota en inglés, haga clic aquí. 

Traducción: Valeria Agis

Copyright © 2017, Hoy Los Angeles, una publicación de Los Angeles Times Media Group
68°