Virus del Nilo Occidental: Cómo una picadura de mosquito la dejó paralítica y cambió su vida por completo

Cómo una picadura de mosquito cambió para siempre la vida de esta maestra con el virus del Nilo Occidental

En septiembre de 2015, Missy Morris fue diagnosticada con el virus del Nilo Occidental después de ser picada por un mosquito en su vecindario de Los Feliz.

El virus viajaba en las glándulas salivales del mosquito que volaba por el noreste de Los Ángeles en busca de alimento: un pájaro -un pinzón, un gorrión o un petirrojo son sus blancos preferidos-. Pero, en lugar de ello, halló a Missy Morris.

Los receptores de sus antenas se estremecieron ante el toque de dióxido de carbono, alcoholes y ácidos grasos de su carne y el calor de su cuerpo. El mosquito entonces cambió su dirección, un curso que alteraría para siempre la vida de Morris.

Durante los veranos, ella y su esposo, Andy May, a menudo cenaban o desayunaban en el patio trasero de su casa de Los Feliz. También visitaban Barnsdall Park para ver películas al aire libre, y por la noche dormían en su habitación con las ventanas abiertas. “Creo que estaba nadando con tiburones”, diría Morris más tarde.

Su depredador fue un Culex quinquefasciatus, el mosquito sureño. Otras especies viven en el barrio -el mosquito de la encefalitis occidental y el de las aguas sucias- pero el Culex es el más común, transmisor del virus del Nilo Occidental.

Este insecto se alimenta al amanecer y al anochecer, y su única señal reveladora es su aleteo agudo. Algunos mosquitos prácticamente se paran de cabeza al picar, pero cuando el insecto aterrizó en Morris asumió una postura más paralela y empujó su larga probóscide en su piel.

Cuatro agujas cortaron y retrajeron la carne, una quinta lubricó el sitio con saliva, tanto anestésica como anticoagulante. Una sexta aguja tembló y palpó a través de una fina capa de grasa hasta la red de pequeñas venas y arterias, ligeramente más grandes que los capilares y que se encuentran profundamente en la epidermis.

Al igual que cualquier flebotomista experto, el mosquito retrocedió ante el primer sabor de la sangre de Morris y comenzó a bombear, casi sin moverse, pero con un ocasional movimiento del abdomen que comenzaba a llenarse de las proteínas necesarias para nutrir sus huevos (sólo las hembras se alimentan de sangre).

Cuando estuvo satisfecho -ingiriendo dos veces más que el peso de su cuerpo- se retiró y reemprendió el vuelo.

Morris, de 55 años, no se dio cuenta de que acababa de ser picada por un insecto, pero su cuerpo sí. Un pequeño montículo rojo apareció sobre su piel, una reacción alérgica común a las proteínas extrañas de la saliva del mosquito.

Durante los últimos 11 meses, funcionarios de salud de los EE.UU. se han centrado en la propagación del virus del Zika de Brasil. Sin embargo, epidemiólogos y expertos en control de portadores en California siguen alarmados ante la presencia firme del virus del Nilo Occidental en los condados de Los Ángeles y Orange.

Durante la mayor parte de su corta permanencia en el sur de California, el Nilo Occidental ha sido una epidemia transitoria, con un pico cada cuatro años en respuesta al aumento y caída del ciclo inmunológico de su huésped principal, aves que se posan en la noche para dormir. Desde 2014, sin embargo, las tasas de transmisión de la enfermedad se han mantenido intactas cada año.

En 2014, 218 casos se reportaron en el condado de L.A., y en 2015, se informaron otros 300. Cerca del 80% de las personas infectadas con el virus del Nilo Occidental nunca saben que lo tienen. Sus cuerpos luchan contra la infección. El resto desarrolla fiebre, y en menos del 1% de estos casos los síntomas son más graves, especialmente para los mayores de 50 años. En 2014 se informaron 31 fallecidos por el virus del Nilo Occidental en California, y en 2015 se registraron 53 muertes.

Descubierta en América del Norte en 1999, en el Zoológico del Bronx, la enfermedad se propagó hacia el sur y el oeste del continente hace cuatro años, continuando así un viaje que había comenzado hace más de medio siglo en Uganda.

Como todos los virus, el del Nilo Occidental es demasiado pequeño para transportar las enzimas y proteínas necesarias para reproducirse, por lo cual ‘roba’ la maquinaria reproductora de sus huéspedes. Los humanos entran en este ciclo por accidente cuando un mosquito portador desvía su rumbo, pica a alguien y deja en la persona su saliva.

Ya bajo la piel de Morris, el virus comenzó a reproducirse. Más pequeño que las bacterias, el Nilo Occidental se parece a un balón de fútbol con picos. Su envoltura externa es una proteína que le permite deslizarse dentro de una célula, donde se desprende de su membrana y se acopla con el ARN del anfitrión, formando nuevos balones que salen y comienzan su propio proceso.

La epidermis proporciona un refugio temporal, donde el virus puede permanecer sin ser detectado por las defensas del cuerpo. Los glóbulos blancos pasan por allí sin notar nada malo. Este período de incubación finaliza cuando el virus superpuebla la infección e inunda el sistema linfático.

Siguiendo el ritmo cardíaco de Morris, el virus fluyó a través de su torrente sanguíneo. El cuerpo de la mujer intentó defenderse, su sistema inmune trató de detener el ataque, pero sus defensas, que jamás habían hallado ese virus antes, no eran suficientemente fuertes.

Un viernes por la noche, Morris volvió a casa cansada y dolorida, y con temperatura de 103 grados. Es un resfriado -pensó ella-, el riesgo ocupacional de trabajar con niños.

En menos de 24 horas, vomitaba y tenía diarrea, y una suerte de telón había caído entre ella y el mundo. May la llevó a un centro de emergencias en Pasadena. Una solución intravenosa de potasio y sodio le despejó la cabeza, pero más tarde, al caminar de regreso a su casa, se congeló. No podía levantar sus piernas; el impulso nervioso de la médula espinal no movía sus músculos. Con su marido a su lado, se arrastró a la planta baja, donde durmió aquella noche.

Los virus prefieren distintas células. A la influenza la gustan los pulmones y el sistema respiratorio; a la hepatitis el hígado, a las paperas les agradan las glándulas parótidas, en la mandíbula. El Nilo Occidental tiene predilección por el sistema nervioso.

A medida que los millones de balones de fútbol corrían por los órganos de Morris, rozaron las meninges, el revestimiento que protege el cerebro y la médula espinal. Las células allí son las más densas, un diseño destinado a bloquear cualquier invasor, pero el Nilo Occidental puede romper dicha barrera infiltrando las células en el revestimiento o trepado a un glóbulo sanguíneo. Los investigadores desearían saber más al respecto.

Dentro del líquido espinal de Morris, el virus siguió replicándose, destruyendo neuronas a medida que salía de las células. Su cuerpo comenzó a montar un contraataque tan peligroso como el asalto.

El bazo, el centro de mando del sistema inmunológico, comenzó a inundar su cuerpo con glóbulos blancos, linfocitos. Una clase, las células B, preparan una defensa a largo plazo con anticuerpos que pueden enjambrar el virus y evitar que éste coma otras células, un proceso que toma hasta 10 días. Las células T tienen una acción más inmediata, pululando por los sitios infectados.

Los vasos sanguíneos de Morris se dilataron. Sus órganos se inflamaron mientras el plasma fluía hacia la infección y las proteínas envolvían el virus. El aumento de fluidos dentro del cráneo aumentó la presión sobre el cerebro; hasta las células sanas se volvieron locas.

Morris estaba paralizada. May quería llevarla de regreso al centro médico, pero ella insistió en que llevara su lección a la escuela para el día siguiente. Cuando el hombre volvió, llamó a una ambulancia. El lunes por la tarde, la mujer estaba desorientada, era incapaz de responder preguntas básicas: qué día era, quién era el presidente, dónde estaba. Así, fue admitida en el tercer piso del Huntington Hospital, en un centro de cuidados para accidentes cerebrovasculares. Tenía lapsos momentáneos de conciencia.

El personal médico extrajo sangre y líquido espinal y realizaron pruebas para detectar una posible esclerosis múltiple, meningitis bacteriana y el virus del Nilo Occidental. Sus familiares y amigos, vestidos con trajes especiales y máscaras, esperaban en la cabecera de su cama los resultados. May, quien había abandonado su trabajo hacía pocas semanas para convertirse en agente inmobiliario, llevaba un registro:

Mucha actividad pero nada concluyente todavía… Podríamos tener novedades mañana.

Durante casi una semana, ese ‘mañana’ no reveló nada concluyente. Finalmente, las pruebas confirmaron el virus del Nilo Occidental.

No estoy realmente asustado; la posibilidad estaba y ahora se ha confirmado. La mayoría de la gente se recupera totalmente.

Dos días después, su optimismo era menor.

Ella no puede caminar y apenas habla. No hay cura para la enfermedad, ella debe recuperar fuerzas y pasar semanas, quizás meses, en recuperación. Es aterrador. El mundo ha cambiado para nosotros.

El cuerpo de Morris se limpiaba de la infección. Sus células T se habían convertido en células T asesinas. Las células B producían anticuerpos. Ahora debía hacer frente a las secuelas: inflamación del cerebro, médula espinal y las meninges; parálisis flácida aguda, neuropatía y temblores.

May la trasladó a un centro de enfermería especializado. Mientras la llevaba por los pasillos, percibía su miedo y vulnerabilidad. En la cama, luchando contra la encefalitis, tenía lapsos de conciencia pero no se daba cuenta de lo sucedido. Morris veía gente que no estaba allí.

La terapia física y ocupacional se llevaba a cabo en un grupo, de mañana y tarde. Empujar un pasador a través de un laberinto alambrado era difícil; caminar era imposible. El virus había destruido las células de la mitad de su columna, sin las cuales los nervios de las piernas quedaban aislados del cerebro.

Los medicamentos, especialmente una droga que aliviaba el dolor neuropático, ayudaban, y con más fuerza en sus brazos, cuello y torso, pudieron trasladarla a un centro de rehabilitación agudo, un campo de entrenamiento de dos semanas para aumentar su independencia.

A comienzos de diciembre, la mujer volvió a casa. May había visto un video en YouTube para construir una rampa para la silla de ruedas, y en dos horas, una hoja de madera reforzada cubría el camino del patio trasero a la cocina.

Su marido trasladó una cama de hospital hacia la planta baja, y colocó una cama pequeña a su lado.

La vida es mejor que en el hospital, pero nos enfrentamos a nuevos desafíos. Missy se puso un poco triste al comprender que volver a casa no significa tener la vida que teníamos antes.

Decidida a volver al aula, Morris buscó apoyo en Facebook. A fines de febrero podía ir al baño por sí misma, cocinaba casi sin ayuda y pensaba en el sufrimiento, aunque ello la entristeciera.

Un mosquito y un virus habían cambiado su vida para siempre, afectando también a su esposo, hijos, amigos y a sus alumnos de jardín de infantes. ¿Algo volvería a ser como antes?

Durante el verano, el Distrito Escolar Unificado de L.A. invirtió $7,000 en la construcción de rampas y la modificación de umbrales en la primaria Ivanhoe Elementary School. En agosto, Morris saludó a 26 pequeños estudiantes desde su silla de ruedas. Había comenzado un nuevo año.

Ahora echa de menos todo lo que alguna vez había dado por sentado: ir sola al mercado, salir del trabajo cuando quería. Antes de la picadura del mosquito la vida era linda, dice, y admite que era terriblemente ignorante. Hay cosas horrendas que ocurren todo el tiempo -accidentes, enfermedades-, y ella ha podido aceptar su nueva vida. “Lo que ha ocurrido me ha anclado en la realidad”, asegura. “Ahora soy parte de la humanidad”.

El invierno se acerca, y el mosquito Culex sigue activo en lugares cálidos y húmedos. Las tasas de infección en el condado de L.A. se dispararon en agosto, pero desde entonces han caído. Actualmente se han reportado 139 infecciones (16 muertos en el estado). Los expertos atribuyen la caída a las bajas temperaturas y la escasa humedad.

Morris no necesita preocuparse ahora, sentada en su patio trasero; su cuerpo está inmunizado contra el virus. para los visitantes, sobre la mesa hay una lata de Off! Deep Woods con 25% DEET.

Si desea leer la nota en inglés, haga clic aquí.

Traducción: Valeria Agis

Copyright © 2018, Hoy Los Angeles, una publicación de Los Angeles Times Media Group
72°