Cómo fue que todo el mundo supo de mi romance secreto con un compañero de trabajo

Cómo todo el mundo supo de mi romance secreto con un compañero de trabajo

Te aconsejan que no lo hagas, y por algo lo hacen.

Él me dijo que se había enamorado de mí cuando salí del probador con ese vestido de Norma Kamali. No, yo no era una cliente; era una empleada. Sólo me estaba probando el vestido para ver si valía la pena comprarlo con mi reciente descuento para empleados. Era mi primer trabajo en una tienda de alta costura en Los Ángeles, y quería explorar todos los beneficios.

Llevé ese vestido la primera vez que salimos -del piso de ventas, quiero decir-. Hice todo para asegurarme de que no fuera una cita. Me negué a que pagara, pero mis intentos fallaron. Le pregunté acerca de otras chicas con las que había salido. Intenté no consumir demasiado de las bebidas alcohólicas gratis en el juego de los Dodgers. Rogué que no me besara al salir de su coche, cuando me dejó en mi departamento.

Tuve la misma esperanza cada vez que estábamos juntos, hasta que, lentamente, ésta comenzó a disminuir. En lo que podría llamarse la máxima cita platónica, me besó en la playa. Yo también lo besé, y mucho. Ojalá pudiera decir que el resto es historia, pero el resto es más parecido a un tratado sobre la locura.

Le dije que me había prometido a mí misma no involucrarme con nadie del trabajo, considerando que era joven, era mujer y tenía mucho que probar. Me explicó que él era una persona extremadamente reservada cuando se trataba de citas, y ambos acordamos que mantendríamos nuestra relación -o lo que fuese- en secreto. Algo que sólo nosotros sabríamos.

Esto no significaba que no pudiéramos salir juntos en público, sino que no directamente en los parámetros de West Hollywood donde podríamos despertar curiosidad.

Los picnics en la playa, las películas en South Bay, los besos en el coche antes de entrar a mi clase y apariciones nocturnas en mi departamento que involucraban mucha más intimidad que un ligue se redujeron a una suerte de resentimiento hacia nuestra relación furtiva.

Mirarme mientras me preparaba para el trabajo por la mañana y hacer el amor mientras la alarma sonaba se convirtió rápidamente en verlo marcharse velozmente antes de dormir. En eventos laborales y cumpleaños de compañeros solíamos ingeniarnos para escapar juntos, con la excusa de que yo me emborrachaba y le recordaba que me llevara a casa más tarde, cosa que siempre hacía. Sin embargo, nuestro sistema comenzó a colapsarse cuando mis tendencias celosas se enfrentaron con su frustrante actitud despreocupada.

Esto generó varios resultados violentos, algunos que rompieron las barreras físicas y otros que podríamos considerar dentro de la categoría gritos de borrachera por teléfono. Nuestro romance, antes inocente, se había convertido en un anillo de fuego, forrado con detonadores, circundado por cristales rotos.

Cada semana comprábamos tragos y nos perdonábamos, cada semana nos deslizábamos de nuevo en la cama del otro, solo para terminar heridos nuevamente. Quizás la pasión impulsaba todo. O el sexo de reconciliación. Fuera cual fuese la razón, siempre planeábamos formas de terminarlo, solo que ninguno de los dos quería hacerlo todavía.

Justo antes de su cumpleaños, y a los seis meses de nuestra tormentosa relación, volvimos a reunirnos en la playa: una hoguera en Dockweiler, donde quizás incluso llegamos a decir ‘amor’ sin pronunciarlo, deseando preservar lo sagrado del sentimiento y alejarlo de nuestro veneno. Por la mañana, él se mostró inusualmente frío y lo demostró en su ausente beso de despedida. Sabía que algo se había terminado, y quizás volvía a arrepentirse de mí, una vez más. Quité el pensamiento de mi cabeza, esperando que las cosas esta vez fuesen diferentes.

Dos noches más tarde, en su celebración de cumpleaños en el Bar Marmont, llegué y lo encontré borracho. Reconocí a otra mujer que era una de sus amigas en la fiesta, y las dos nos dirigimos a la barra para pedir unas cervezas.

“Oh, ¡ustedes trabajan juntos! ¿Es así como se conocieron?”, me preguntó.

“Podríamos decir que sí”, respondí.

Su borrachera era tan evidente, que hice un comentario al respecto. “Oh, Dios, está destruido”, le dije a la mujer. “No hay vuelta atrás”.

“Sí, y prueba salir con él”.

Mi cerveza se detuvo en mis labios y sentí que, instantáneamente, el suelo desaparecía debajo de mis pies. Créeme, cariño, ya lo he probado, y ahora todo comienza a tener sentido.

“Define ‘salir’”, respondí.

Ella me miró inocentemente, y se quedó muda. La cocaína probablemente no le ayudaba a explicarse.

Lo miré del otro lado del salón, con tal furia que, apenas me vio, comprendió todo.

Hice una escena, revelé nuestro secreto -antes sagrado- a nuestros compañeros de trabajo, y luego me fui. Seguramente hay todavía un trozo de mi ser en Sunset Boulevard; lloré tanto mientras me dirigía a mi auto, que nunca más volví a llorar por él. Él no me había engañado; yo misma lo había hecho.

Sobra decir que no fue el final de la historia. Quién sabe, quizás nunca tenga un final. Si no hubiésemos trabajado juntos, quizás las cosas habrían sido diferentes. Podríamos haber cortado en el Chateau Marmont, para nunca más volver a hablarnos o vernos.

Sin embargo, esa no era una opción. Todos dicen que no hay que involucrarse con alguien del trabajo; lo que no dicen es ‘no te enamores’ de él.

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Traducción: Valeria Agis

Copyright © 2017, Hoy Los Angeles, una publicación de Los Angeles Times Media Group
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