Opinión ¿Estudiar literatura inglesa para adquirir aptitudes ‘comercializables’?

Opinión ¿Estudiar literatura inglesa para adquirir aptitudes ‘comercializables’?

Existe una tendencia entre quienes somos profesores de literatura inglesa de considerar nuestra materia, contrariamente a la lógica, como una elección práctica para el estudiante de hoy en día que se enfrentará al mercado laboral del mañana.

No estamos equivocados acerca de eso. Los estudios nos respaldan, mientras que regularmente algún director ejecutivo o gurú de Silicon Valley proclama el valor de una licenciatura en literatura inglesa, o filosofía, o filología clásica. Los graduados en literatura inglesa están tomando una decisión perfectamente pragmática, que les ayudará a cultivar las “habilidades sociales” que los empleadores quieren -pensamiento crítico, comunicación, resolución creativa de problemas, colaboración- mientras al mismo tiempo nutren su curiosidad intelectual y la agilidad mental que les servirá cuando las carreras del futuro resulten ser aquellas que no podíamos predecir.

Los graduados de artes liberales no están condenados a servir frappuccinos a los licenciados en administración de negocios: son maestros y periodistas, escritores y doctores, artistas y ejecutivos. El primer ministro canadiense, Justin Trudeau, se especializó en literatura inglesa; también lo hicieron Sting, Sally Ride, Clarence Thomas y Emma Watson. No hay una línea recta de una licenciatura en lengua inglesa a un trabajo específico, pero eso es una ventaja, no un inconveniente.

Sin embargo, persiste el mito de que una licenciatura en lengua inglesa es, en el mejor de los casos, decorativa y, en el peor, debilitante, y el número de graduados de esa carrera está disminuyendo. ¿Por qué ocurre? ¿Cómo puede ser, cuando los hechos están de nuestro lado? Es desalentador y desconcertante.

Últimamente pienso que es, en parte, por culpa nuestra; que nuestro argumento de autopromoción, aunque es sano, resulta equivocado y también contraproducente. Porque ésta es la verdad: si la prioridad de un alumno es mejorar sus aptitudes comercializables, puede hacerlo -ciertamente lo hará- en mi clase sobre la novela victoriana, pero en realidad no necesita de mi clase sobre la novela victoriana, o cualquier otra clase de literatura, para tal propósito.

Estudiar “Middlemarch” simplemente no es una condición necesaria para aprender pensamiento crítico o incorporar habilidades de comunicación. Muchas otras clases ayudarán con eso, y quizás de manera más eficiente. Leer “Middlemarch” es tomar el camino más largo hacia esos fines genéricos.

Lo único que un estudiante obtendrá en una clase sobre novela victoriana -y que no recibiría en ningún otro lugar- es educación sobre la novela victoriana. Si queremos que los alumnos elijan una especialidad en literatura inglesa sobre otros programas igualmente capaces de mejorar sus habilidades sociales, necesitamos presentar nuestro mejor argumento para esa experiencia específica, no sólo por el valor de estudiar “Bleak House”, “Jane Eyre” o “Middlemarch”, por supuesto, sino por la importancia de comprometerse con nuestra vasta, diversa y estimulante cultura literaria, desde “Beowulf” hasta los poetas de la Generación Beat, desde Tennyson hasta Toni Morrison.

La defensa utilitaria en la que hemos confiado tácitamente reconoce la irrelevancia fundamental de nuestra materia. No es de extrañar que estemos desmoralizados. No es de extrañar que a veces parezca que nuestros propios estudiantes, o más concretamente, nuestros futuros estudiantes, no conozcan lo que tenemos para ofrecer.

Entonces, ¿cuál es el mejor argumento para estudiar literatura inglesa? Podría comenzar con la investigación que están realizando los psicólogos sobre el papel crucial que desempeña la lectura de ficción en el desarrollo de la empatía, o con el caso elocuente que la filósofa Martha Nussbaum ha hecho sobre las ventajas éticas de ver el mundo como lo hace un novelista, como Henry James “a quien nada se pierde”, o como Charles Dickens, quien en “Tiempos difíciles” ofrece un reproche punzante al tipo de utilitarismo económico reduccionista que actualmente domina las conversaciones sobre la educación superior. O podría señalar programas como Changing Lives Through Literature (Cambiando vidas con la literatura), que muestran el potencial transformador, tanto personal como social, del ejercicio imaginativo que exige la literatura.

Pero estos argumentos todavía omiten lo que hizo de la mayoría de nosotros lectores primero y licenciados en literatura inglesa después: la emoción de descubrir lo que las palabras pueden lograr, y de pensar mucho sobre lo que significan. La literatura no es sólo un medio para otros fines. Como todo arte, merece atención por sí misma, y también por nosotros. La literatura es el registro de las muchas historias que hemos contado acerca de nosotros y nuestro mundo, y de las muchas maneras que hemos encontrado para que el uso del lenguaje sea ingenioso y hermoso, pero también cruel y obtuso. Nos refleja y nos da forma. No necesitamos ninguna excusa para tomarla en serio.

Defender lo que realmente enseñamos podría llegar a funcionar mejor de lo que imaginamos. Incluso aquellos que dicen no ver el uso de la literatura, a menudo reconocen implícitamente su importancia, especialmente en momentos de gran emoción o significado profundo: bodas, por ejemplo, o funerales. ¿Con qué frecuencia las personas recurren a la poesía porque reconocen, en cierto nivel, que les ofrece algo que no pueden encontrar en ningún otro lugar?

Pero incluso si esta no es una estrategia triunfante, al menos estaríamos abogando por nuestras clases con base a los principios, en lugar de tratar de convencer a la gente de que deben estudiar a George Eliot para practicar el trabajo en equipo.

No digamos a los alumnos que se especialicen en literatura inglesa si su objetivo es adquirir aptitudes comercializables. O, en todo caso, espero que no tomen mi clase sobre novela victoriana por esa razón. Espero que la tomen porque han escuchado que “Middlemarch” puede ser la novela inglesa más importante del siglo XIX y quieren experimentarla por ellos mismos. Probablemente terminen siendo mejores pensadores por ello, pero “Middlemarch” por sí sola es razón suficiente para estar allí. Será mi trabajo y mi placer ayudarlos a comprender por qué.

Rohan Maitzen es profesor asociado de literatura inglesa en la Universidad Dalhousie en Nueva Escocia, Canadá.

Traducción: Diana Cervantes

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