Op-Ed Stanford puede retirar el nombre de Junípero Serra de sus edificios, pero no logrará eliminarlo de su historia

Stanford puede retirar el nombre de Junípero Serra de sus edificios, pero no logrará eliminarlo de su historia

La Universidad de Stanford está en un aprieto entre la corrección política y los hechos históricos. Dos dormitorios; un edificio académico; una calle (Serra Mall) que se encuentra frente al histórico Main Quad de Stanford y es la dirección oficial de la universidad; y una vía principal que atraviesa el campus de 8,000 hectáreas están bautizados en honor a Junípero Serra, el fraile franciscano de origen español del siglo XVIII que fundó las primeras nueve de las 21 misiones de California. Ahora, los nativos americanos y otros activistas del campus presionan a Stanford para que borre del campus todos los rastros del padre. Serra, dicen los activistas, castigó a los indígenas en las misiones, cubrió la colonización española y sofocó la cultura indígena al convertir a los indios al catolicismo.

Los administradores de Stanford están preocupados por este tema desde marzo de 2016, cuando la asamblea estudiantil aprobó una resolución para pedir el cambio de nombre de tres edificios y la modificación en la dirección oficial de la universidad (Stanford no tiene el poder de renombrar el Mall, su extensión del campus, Serra Street, o la vía pública más grande, Junípero Serra Boulevard.) El Stanford Graduate Council y el Senado de la Facultad se unieron rápidamente. La universidad creó un comité para recomendar nuevos nombres, pero después de un año y medio de incapacidad para llegar a un consenso, el comité anunció en octubre que se rendía y en cambio, emitiría directrices para futuras deliberaciones.

Esa decisión no le cayó bien a algunos estudiantes y exalumnos. Un activista nativo americano la llamó una “bofetada en la cara”. Y, de hecho, Stanford parece estar al margen de una tendencia creciente de modificar las infraestructuras del campus cuyos homónimos originales ya no representan las nociones actuales de aceptabilidad política.

A principios de este año, Yale cambió el nombre de su Calhoun College porque John C. Calhoun, además de ser exalumno de Yale y exvicepresidente de Estados Unidos, fue un destacado defensor de la esclavitud antes de la Guerra Civil. La Universidad de Duke retiró una estatua de Robert E. Lee. Hace apenas unos días, los regentes de la Universidad de Nuevo México acordaron rediseñar el sello de la entidad, que incluye imágenes de un hombre de la frontera y un conquistador que los activistas indígenas consideran ofensivos. Mientras tanto, en Princeton, los fideicomisarios decidieron no doblegarse ante los manifestantes estudiantiles que exigían la eliminación del nombre del famoso exalumno (y segregacionista) Woodrow Wilson de docenas de edificios e instituciones del campus. En cambio, la universidad patrocinó una exposición en el campus explorando la naturaleza imperfecta del expresidente.

La naturaleza de Serra está abierta al debate. Alguna vez reverenciado en los libros de historia como protector de los nativos de California contra las brutalidades de los invasores militares españoles, y canonizado por el papa Francisco en 2015, la reputación de Serra se ha visto empañada por el pensamiento izquierdista que considera todo lo español y católico en el Nuevo Mundo como una opresión colonialista.

Pero eso no viene al caso. Serra está de forma inextricable entrelazado con la historia de la Universidad de Stanford y de California. No puede ser eliminado fácilmente.

De hecho, se podría decir que Serra inventó el Estado Dorado. Las misiones que él y sus sucesores fundaron fueron las vértebras de la espina dorsal de El Camino Real (casi colindante con la US 101), la vía que conectaba las misiones, la mayoría de ellas separadas por sólo un día de cabalgata. Todas las ciudades importantes de California -San Diego, Los Ángeles (gracias a su proximidad a San Gabriel), San José, San Francisco- se encuentran en la ruta de las misiones.

Serra fue, entre otras cuestiones, un administrador talentoso, e introdujo el ganado y los viñedos como productos básicos de la agricultura de California (su sucesor, el padre Fermín Lasuén, trajo los primeros olivos). También participó en batallas territoriales constantes, bien documentadas y a menudo fraccionadas con las autoridades seculares españolas. Y como una cuestión de estética y estilo de vida, la arquitectura de estilo Misión de California, en un renacimiento masivo que comenzó en la década de 1880, se convirtió en el modo de construcción distintivo del estado, salpicando el paisaje con miles de iglesias con techos de tejas, columnas y patios, edificios cívicos, hoteles, centros comerciales y residencias.

Entre los atrapados en la locura del renacimiento del estilo Misión se encontraron el magnate del ferrocarril Leland Stanford y su esposa, Jane, los fundadores de la universidad, en 1885. La pareja no era católica ni especialmente religiosa, pero consideraban que Serra era una imponente figura californiana.

El Camino Real se encuentra justo en las afueras de los portales frontales del campus, la antigua granja de caballos de la pareja en Palo Alto. El Main Quad, parte de un plan maestro diseñado por el arquitecto paisajista Frederick Law Olmstead, imita las misiones de Serra (con algunos toques románicos). Además del Mall y el bulevar, otras calles del campus llevan el nombre de sus frailes discípulos (Lasuén y Francisco Palóu), así como de José de Gálvez, inspector general de Nueva España, quien facilitó el trabajo misionero de Serra en Alta California. Si los activistas de Stanford tienen como objetivo eliminar la presencia de Serra de su campus, tendrán mucho trabajo por hacer.

Los antiguos romanos inventaron la práctica de damnatio memoriae (“condena de la memoria”), en la cual todos los rastros de aquellos que habían caído en desgracia política eran eliminados sistemáticamente después de su muerte de las plazas públicas, monedas y documentos. La versión de hoy en día convierte a los seres humanos de costumbres y motivaciones complejas en villanos de cartón para que los izquierdistas puedan pisotear. Pero ello miente en nombre de la reinvención. Stanford es libre, por supuesto, de renombrarse y de pretender que un hombre venerado por sus fundadores nunca existió. Pero no puede hacer que los cimientos de la historia de California desaparezcan, y eso es lo que requeriría ganar la guerra contra Junípero Serra.

Charlotte Allen se graduó de Stanford en 1965.

 

Traducción: Diana Cervantes

Si quiere leer esta historia en inglés, haga clic aquí

 

 

Copyright © 2017, Hoy Los Angeles, una publicación de Los Angeles Times Media Group
52°