Cómo es ser adolescente en L.A. y tener un padre indocumentado

Cómo es ser adolescente en L.A. y tener un padre indocumentado

Era difícil no escuchar a escondidas en el diminuto estudio de Pico-Unión donde María García creció.

Tenía alrededor de 9 años cuando, un día, su padre regresó a casa después de su empleo de bajo salario como obrero de la confección, y le dijo a su madre acerca de la redada de inmigración que había ocurrido en la fábrica donde trabajaba, en el centro de la ciudad. La niña pudo oír el alivio de ambos porque su padre no había sido encontrado.

Empezó a comprender entonces que sus padres estaban en constante peligro. Pero le tomó unos años entender por qué.

Cuando García estaba en sexto grado, volvió a casa y le preguntó a su madre qué querían decir sus compañeros cuando hablaban de la migra, que se llevaba a los padres que no tenían papeles. ¿No podían ir a comprar algún papel en la tienda?

"Me acuerdo de ella... tomando mi certificado de nacimiento y respondiéndome: 'Esto es un papel'", relató García, ahora de 18 años de edad. Le permite a uno ir a un médico, dijo su madre, y caminar sin tener miedo de ser alejado de su familia.

"Para ella... ICE no era cualquier cosa, era como un sentimiento", manifestó García sobre la Agencia de Inmigración y Aduanas. "Era un sentimiento de impotencia".

García, quien ahora es estudiante del último año de preparatoria, es uno de los miles de adolescentes que nacieron en los Estados Unidos, de padres que están en el país indocumentados. Un análisis de 2013 de USC encontró que alrededor del 16% de los niños en el condado de Los Ángeles eran ciudadanos estadounidenses con al menos un padre sin autorización inmigratoria. En 1999, García era uno de los 215,000 niños nacidos en los Estados Unidos de padres indocumentados, según el Centro de Investigación Pew.

Estos chicos sienten ahora más ansiedad que nunca sobre el destino de sus progenitores. Muchos adolescentes tratan de asumir la responsabilidad adulta de proteger a sus seres queridos y amigos de la deportación.

Durante la campaña presidencial, cuando Donald Trump apareció en televisión llamando a los inmigrantes mexicanos ‘violadores’ y ‘criminales’, los padres de García se rieron, seguros de que el candidato iba a perder. Entonces se burlaron ante la posibilidad de ser deportados, y de cómo ella tendría que cuidar a sus hermanos menores si eso ocurriera. Nunca fue serio, hasta que el republicano ganó la elección y las noticias comenzaron a informar acerca de las redadas en L.A.

Cuando Trump asumió el cargo, García estaba a dos meses de cumplir 18 años. La joven comenzó a contar los días. Quería ser una adulta para hacerse cargo de su hermano, de 15 años, y su hermana, de 11. Ella, que nunca ha viajado más allá de Santa Bárbara, pensaba en ir a la universidad en San Francisco. Pero ahora eso no es una opción.

"Simplemente siento que debo quedarme en L.A.", afirmó García. "¿Cómo regresaría lo suficientemente rápido para hacerme cargo de mis hermanos? ¿Y a dónde los llevo?

Como muchos adolescentes en su situación, García trata con la impotencia de no tener el poder de proteger a sus propios padres abogando por los jóvenes que la rodean. En la escuela, comenzó lo que llama una ‘organización de santuario’, donde cualquiera puede sentirse seguro compartiendo una historia, hacer preguntas sobre inscripciones a la universidad y ayuda financiera, o hablar de algo más personal.

"Si estás viviendo con miedo... estamos aquí para ti y te escuchamos, porque también estamos viviendo con miedo", García le dijo a sus compañeros de clase en una comida organizada para el Día de Acción de Gracias, un par de semanas después de la elección de Trump. "Conviertan ese miedo en algo productivo y algo que muestre a los demás que no vamos a ser derribados fácilmente”.

 
Ser como mariposas

Lupe decora la pared sobre su cama con calcomanías de mariposas. "Porque son gratis", dice la estudiante de preparatoria, sentada en una cafetería de Boyle Heights después de la escuela.

Lupe y su familia no tienen la libertad de moverse fácilmente. Su madre y su padre se conocieron hace décadas en una tienda de helados en Zacatecas, México. El padre de Lupe es un ciudadano estadounidense naturalizado. Su madre entró sin autorización al país hace unos 20 años para encontrarse con su esposo y buscar una mejor asistencia sanitaria para el tumor benigno que permanece en su cerebro. Ahora, ella (la mamá de Lupe) está cerca de obtener su ciudadanía, dice la chica; tardó tanto tiempo tramitarla porque la familia no tenía dinero para pagar la solicitud y los honorarios legales.

Lupe pidió que su apellido no fuera utilizado por temor a que su mamá sea deportada.

Lupe ha asumido parte de la carga de proteger a su madre, que trata de evitar la televisión en estos días, dijo, porque es demasiado el miedo. Fue la joven quien le contó recientemente acerca de las incursiones de ICE en las cercanías, y le pidió que se cuidara de los agentes de inmigración vestidos con chalecos policiales.

Lupe se prepara para lo peor. Cuando su escuela realizó un taller sobre "Conozca sus derechos" para los estudiantes, ella llevó a casa un paquete de información para su mamá.

Las organizaciones comunitarias dependen de adolescentes como Lupe para recibir noticias importantes para los adultos que los rodean, explicó María Brenes, directora ejecutiva del grupo de defensa InnerCity Struggle, de East L.A. "Veo un mayor esfuerzo por parte de los jóvenes para transmitir información a las personas que más lo necesitan", aseguró Brenes.

Lupe llora mientras habla de la posibilidad de que su mamá sea detenida. “Pero no quiero que se sienta culpable", dijo, por lo tanto intenta no llorar frente a ella.

La chica siente culpa por disfrutar de las libertades que su madre no tiene.

Ella voló recientemente a la ciudad natal de sus padres, algo que su madre no puede hacer, para los quinceaños de una prima. Su madre a veces tiene que esperar meses para la cita de un médico y sólo tiene cobertura médica de emergencia.

 

Sólo quiero que mi madre tenga la libertad que cualquier ciudadano de los EE.UU. tiene, de ir y venir.

Lupe, 15 años.

 

Lupe y sus padres no hablan mucho de lo que pasaría si su madre fuera deportada. Pero frecuentemente ella se preocupa por la situación. Su padre no está bien y no podía cuidar de ella por su cuenta, así que tendrían que mudarse con su hermano mayor cerca, o ir con tíos que viven Texas o Chicago. ¿Y si no se llevan bien con la familia de su hermano? ¿Qué pasa si sus créditos de clase no se pueden trasladar a otro estado?

Especialmente, no puede imaginar la vida sin su madre. Le harían falta sus enchiladas de queso, la comodidad de despertarse y saber que está en la habitación de al lado, la seguridad de contar con ella para cada conferencia de padres y maestros, o en la feria de Colocación Avanzada.

Tales pensamientos la abruman. Así que Lupe se ocupa de los clubes escolares y el activismo, y en su habitación tiene carteles que ha recogido de marchas recientes. Cuando cierra la puerta, trata de mantener su mente enfocada en la tarea que tiene que hacer cada noche. E intenta que sus padres no vean el estrés que ella está viviendo.

Sentada en su cocina de Boyle Heights, mientras teje una cobija color rosa para bebé, la madre de Lupe -quien pidió no ser nombrada por su seguridad- no piensa que su estatus afecte la vida cotidiana de Lupe, más allá de limitar los viajes familiares para ver a los parientes.

Lupe se sienta a su lado, come una galleta y no dice nada. Mientras su madre saca su teléfono y pasa fotos de su familia en México -de la abuela de Lupe en el hospital rodeada de sus tíos y tías, que compartían la marca de nacimiento de Lupe, una sola raya plateada que corre por su cabello negro- la adolescente mira hacia otro lado. Las lágrimas se deslizan por sus mejillas.

"Sólo quiero que mi madre tenga la libertad que cualquier ciudadano estadounidense tiene, de ir y venir", dijo. "Sólo quiero que se sienta segura de ir a visitar a su familia cuando están enfermos, o cuando hay una fiesta, o una reunión… como cualquier ser humano quisiera hacer".

"Tantas personas tenían preguntas, yo no podía responder a todas”.

Daniel García, de 17 años, camina con un folleto de "Conozca sus derechos" que lleva doblado en su billetera, y una pila de panfletos de derechos de inmigración -que él escribió- dentro de su mochila.

El estudiante de primer año de Woodrow Wilson High School es conocido en todo el campus por su participación política. Ha trabajado en el consejo de la juventud del alcalde y es activo en las organizaciones que abogan por cuestiones de justicia social.

Pero no estaba preparado para la necesidad que surgió en noviembre pasado, ni para cuánto sentiría el peso de ésta. Súbitamente, los estudiantes de la escuela que habían sido traídos al país ilegalmente comenzaron a acercarse a él. Querían saber si su estado protegido bajo el programa de Acción Diferida para los Llegados en la Niñez (DACA) estaba en riesgo, si su cobertura médica cambiará, qué servicios legales estaban disponibles. Algunos que se acercaron a él eran amigos; otros eran extraños.

"Muchas personas tenían preguntas, yo no podía contestarlas todas", dijo Daniel. "Después de escuchar a la tercera que se acercó, decidí hacer folletos”.

Daniel sabe que es más afortunado que muchos estudiantes, puesto que nació en los Estados Unidos y sus padres son ciudadanos. Pero su madre fue traída al país sin autorización cuando tenía 5 años, y él siente esa conexión con el tema y la responsabilidad de ayudar a otros.

Los estudiantes que acuden a él han estado especialmente preocupados por los arrestos de DACA. "No quiero decirles algo y que luego ellos hagan alguna cosa y todo salga mal a causa de mí", afirmó. ”Para mí es mucha presión. Realmente no me gusta".

Cuando una amiga cercana le preguntó si era seguro solicitar ayuda financiera para la universidad, Daniel respondió que el gobierno federal no debía usar esa información para detener a la gente.

"Me preguntó: '¿Puedes prometerme que no lo harán?' Y yo no podría prometerle eso", recordó. Así que se sentó con con su compañera y trató de apoyarla, ya que decidió ir al colegio comunitario en lugar de ir a una universidad para una carrera de cuatro años. El siguiente semestre, la chica abandonó sus clases de Colocación Avanzada.

Daniel se siente más privilegiado que sus amigos en parte porque está muy bien informado sobre sus derechos y los de ellos. Por ello, cuando a él y sus amigos los detienen en la calle mientras vuelven caminando a casa, en El Sereno, es él quien habla. La regla tácita en el grupo es que aquellos que no tienen documentos se mueven silenciosamente hacia atrás.

Traducción: Diana Cervantes

Si quiere leer este artículo en inglés, haga clic aquí

Copyright © 2017, Hoy Los Angeles, una publicación de Los Angeles Times Media Group
68°