Los Lobos encabezó el cartel latino de un festival californiano que tiene que continuar

Mientras que el país sigue en shock ante la inexplicable masacre del domingo pasado en Las Vegas, resulta un poco extraño hablar de otro evento musical al aire libre que se llevó a cabo durante la misma jornada y la anterior en un lugar no demasiado lejano a la Ciudad del Pecado, pero que por su lado resultó completamente placentero para los asistentes.

De todos modos, no vale la pena dejar de lado la oportunidad de reconocer los méritos un espectáculo que, en medio de lo que se vive, sigue demostrando que la reunión de personas hermanadas por un estilo de vida y unos gustos artísticos similares es una de las formas de celebración masivas más apasionantes de la vida moderna, fuera de los peligros que se viven lamentablemente en la actualidad debido a la acción de seres humanos trastornados.

Curiosamente, este exitoso festival se convirtió involuntariamente no solo en la antesala de lo ocurrido en Las Vegas, sino también en el preludio del inesperado fallecimiento de Tom Petty, una leyenda que en apariencia no tenía mucho que ver con la orientación de este concierto de dos días, marcado supuestamente por el ‘indie rock’, pero que finalmente no se desconectó mucho de su propia escuela al presentar a varias bandas de eminente vocación guitarrera.

Una de ellas fue Los Lobos, el emblemático grupo del Este de Los Ángeles que ocupó uno de los lugares estelares del sábado y que fue uno de los cuatro representantes latinos de Music Tasted Good, un festival que se ha venido haciendo en la ciudad de Long Beach desde el 2016, pero que creció considerablemente en su segunda edición para ocupar una extensión mucho más grande (el Marina Green Park), albergar a una audiencia más numerosa pero completamente manejable y convertirse en una especie de mini Coachella con 30 grados menos de temperatura.  

Aparte de Los Lobos, los artistas hispanos invitados eran Bomba Estereo (Colombia), Los Master Plus (México) y Juana Molina (Argentina). Los primeros cancelaron a último minuto su participación debido a razones personales que no se han revelado, pero los demás se repartieron el fin de semana en distintos horarios, aunque el acto más grande de todos fue sin duda el de los veteranos mexicoamericanos, quienes dedicaron su set completo a la recreación de todos los temas contenidos en “Kiko” (1992), un disco lanzado hace 25 años que los expertos consideran el mejor.

En realidad, el tiempo que disponían (poco menos de una hora) no les alcanzó para tocar el álbum completo, por lo que prescindieron de algunas canciones; y eso quiere decir también que no hubo espacio para su ‘cover’ de “La bamba”, que les dio el mayor éxito comercial de su historia pero no representa realmente lo mejor de su repertorio, como sí lo hicieron la noche del domingo piezas del calibre de “Angels With Dirty Faces”, “Kiko”, “Saint Behind The Glass” y “Short Side of Nothing”, marcadas muchas veces por espectaculares solos de guitarra e influencias del blues y del country. Tampoco faltó la cuota regional con “Rio Tenampa”, una composición bilingüe para cuya interpretación sumaron a instrumentistas típicos de una banda sinaloense, incluyendo a un encargado de la tuba.

Después de Los Lobos, le tocó el turno a Sleater-Kinney, una banda completamente integrada por mujeres que se separó en el 2006, luego de más de una década de carrera, y que regresó a las andadas en el 2014. Sin ser demasiado agresivas como para espantar al oyente causal, pero con la garra suficiente como para coquetear con el punk rock, estas mujeres demostraron el poder femenino en el rock, sobre todo en lo que respecta a la vocalista y guitarrista Carrie Brownstein, conocida por las nuevas generaciones debido a su papel estelar en la serie televisiva “Portlandia”.

El sábado tuvo también momentos brillantes; el turno principal de la velada le correspondió a los inclasificables Ween. Pese que estos son ya unos tipos mayores, el combo de New Hope, Pensilvania, recibió toda clase de reconocimientos por parte de un público mayoritariamente juvenil que disfrutó tanto de sus letras irreverentes y humorísticas como de su destreza creativa para elaborar canciones llenas de apasionados ‘jammins’ y arranques guitarreros.

Más temprano, la segunda tarima fue ocupada por Protomartyr, un conjunto de Detroit que emula con gusto lo que hacía Joy Division, aunque lo cierto es que, en consonancia con su estilo ‘dark’, era realmente difícil saber si el cantante Joey Casey (con cigarro y cerveza en mano, pero sin gesto alguno de entusiasmo) estaba disfrutando del momento. Su acto no nos movió demasiado, pero ha sido celebrado por la prensa especializada y tiene sin duda seguidores de lo más fieles.  

En realidad, ante nuestros ojos, uno de los mejores actos de la misma jornada fue Savages, una agrupación inglesa que no hay que confundir por ningún motivo con su homólogo estadounidense de ‘emo’, y que pese a contar únicamente con dos integrantes (el baterista y cantante Isaac Holman y el guitarrista y cantante Laurie Vincent), ofreció un set poderosísimo e inscrito en la mejor tradición del punk, coronado por el ímpetu interminable de Holman, que actuó todo el tiempo sin camiseta y unos pantalones de vestir, sudó como loco y aporreó su rústica batería con un vigor digno de asombro, además de bajar en cierto momento de su lugar para conversar con la audiencia.

En general, pudimos sentir que la audiencia parecía disfrutar del hecho de que el lugar nunca estuvo repleto, lo que permitía desplazarse con comodidad entre los dos escenarios principales pese a la relativa distancia entre los dos, mientras que el clima, cálida pero tolerable, colaboró con el ambiente relajado del asunto entero, en el que no vimos ninguna conducta violenta.  

Por otro lado, el festival entero sirvió como homenaje a su creador, Josh Fischel, una figura muy querida de Playa Larga que falleció días después del evento de debut. A fin de cuentas, la música en vivo no debe ser detenida por nadie, ni tenemos que llegar a un punto en el que sintamos miedo por disfrutar de ella, estemos donde estemos.

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