‘Frida’ se despidió, pero no será fácilmente olvidada

Convencer a la audiencia latina local de asistir a la ópera no puede ser una labor fácil. A fin de cuentas, la unión de música clásica e historias de origen europeo que suelen poblar esta clase de obras resulta una apuesta particularmente distante para quien se haya criado con otros ritmos y en otra cultura.

Es por eso que resulta tan importante lo que viene haciendo la Ópera de Long Beach, una compañía que, bajo la dirección de Andreas Mitisek, ha reforzado su misión de llevar a escena creaciones atípicas y contemporáneas, como es el caso de “Frida”, un título del compositor tejano Robert Xavier Rodríguez que relata la vida de la célebre pintora mexicana Frida Kahlo, centrándose en su tormentosa relación con el no menos famoso Diego Rivera.

El simple hecho de tener al frente a personajes tan populares para el mundo latino garantizaba al menos el interés por parte de una enorme audiencia repartida a lo largo del Sur de California, y eso es algo que los organizadores del evento tuvieron en claro al incluir dentro de la breve temporada de solo cinco fechas una parada gratuita en la California Plaza del Centro de Los Ángeles.

Las demás funciones se dieron en el MOLAA (Museum of Latin American Art) de Long Beach, y aunque había que pagar para verlas, se encontraron completamente llenas. La última de ellas, a la que asistimos, fue el domingo pasado, y si bien muchos de los asistentes parecían ser ese tipo de adultos mayores y anglosajones que se suelen encontrar en conciertos semejantes, la presencia latina de diferentes edades era evidente.

Eso generó al menos un momento que podríamos adjudicar a un choque cultural: el de la pareja hispana ubicada frente a nosotros que tomaba insistentemente fotos con sus celulares y hasta con una cámara profesional como si se encontrara en un concierto de pop, cuando se sabe que las reglas para la ópera son muy distintas. No era necesariamente su culpa, claro; antes de iniciarse el segundo acto, una voz anunció que no podía hacerse algo así, y ellos abandonaron de inmediato sus intentos.

En realidad, una situación como la descrita tiene que ver no solo con la temática de la obra presentada, sino también con el inusual local elegido para mostrarla (el patio al aire libre de este museo) y, por supuesto, con el hecho de que la pieza en sí tiene muchas partes en español en las que se incluyen insultos procedentes del habla mexicana, así como elementos directamente relacionados al folklore de dicho país (la orquesta incluía a un acordeonista).

En todo caso, lo más importante es saber que, a diferencia de otras óperas, esta “Frida” es sumamente accesible, tremendamente entretenida y definitivamente instructiva, ya que sus dos horas de duración parten en la adolescencia de la artista y concluyen con su muerte. Este aspecto narrativo se ve acentuado por otro detalle inusual: el empleo de numerosas escenas de diálogo que, además de resultar sumamente coloquiales y expresivas, permiten el desarrollo de momentos emotivos que no pasan desapercibidos.

Nada de esto sería posible sin los aportes de los intérpretes principales, la mezzo-soprano Laura Virella y el barítono Bernardo Bermúdez, quienes se ponen en la piel de Kahlo y de Rivera con una convicción impresionante. Fuera de ser excelentes cantantes, los dos asumen con eficacia los retos de sus diálogos hablados, que pueden sentirse a veces demasiado vivaces, pero que brindan por eso mismo una cercanía mayor a unos personajes que se encontraban sin duda alguna cargados de pasión en la vida real.

Hay algunos detalles que no nos convencieron del todo, como tener todo el tiempo a Frida hablando en inglés con un marcadísimo acento, aunque es probable que la única solución ideal para eso hubiera sido tener a la obra entera en español (cuando no fue escrita así); por otro lado, si se quiere ser meticuloso, se pueden encontrar en Virella inflexiones que no son mexicanas, lo que tiene todo el sentido del mundo cuando se considera que ella misma es puertorriqueña y que no contó con un periodo de tiempo demasiado prolongado para preparar el rol.

Pero no se equivoquen: Virella es una Frida espectacular, absolutamente elocuente en sus prédicas feministas, liberales y revolucionarias, y plenamente convincente en su representación de ese dolor físico y mental que fue parte inseparable de la existencia de Frida. En el plano estético, las escenas en las que se levanta de su silla de ruedas para lucir los extraordinarios vestidos que solía llevar la artista son memorables, como lo es también la medida recreación de un trío lésbico en una tina de baño.

La obra deja también en una posición sumamente digna a Rivera, sin evitar sus contradicciones y sus infidelidades; y el estadounidense de ascendencia venezolana y mexicana Bermúdez logra su cometido de manera impecable, generando simpatía por un hombre que es profundamente admirado por su talento, pero que sigue siendo una figura controvertida.

No podemos dejar tampoco de lado la impresionante puesta en escena de Mitisek, en la que los intérpretes (completados por cuatro personas que cumplen varios papeles) hicieron lo suyo teniendo como fondo a proyecciones de reproducciones completas o parciales de cuadros y murales originales de Kahlo y Rivera, que en el caso de la primera, cobraron a veces vida con la colaboración de actores disfrazados con máscaras de calaveras y el empleo de uno que otro elemento de utilería.

Llevar una obra de estas características a un recinto abierto, con condiciones naturalmente difíciles de controlar, es un reto del que no se puede salir completamente airoso, lo que se tradujo en algunas fallas de micrófonos (porque sí, esto llevaba amplificación) y en algunos ruidos derivados de una noche con mucho viento.

Pero tener un espectáculo de esta clase en un ambiente tan libre justifica las imperfecciones técnicas y, al menos en esta función, se prestó para coincidencias casi mágicas, como el estallido real de fuegos artificiales en el cielo (no eran parte de la producción) que se produjo justo en el momento en el que los intérpretes entonaban una canción de celebración por el anuncio matrimonial de los protagonistas.

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