Reportaje Especial:

Escaramuzas del Sur de California hablan de la pasión y sacrificios por un deporte que las une a su cultura

Primera parte de una serie de historias sobre equipos de escaramuzas en el Sur de California

En las calles oscuras de Avocado Heights se pueden apreciar luces potentes que alumbran el parque en la calle Don Julián. Pero a diferencia de otros parques donde se juega futbol o béisbol, este pequeño espacio es cómplice de una pasión diferente.

A la distancia se pueden escuchar las instrucciones de Atzimba Zamudio, la capitana de Las Palomas de Rancho Los Jiménez, un equipo de escaramuzas del Sur de California basado en La Puente. En este pequeño parque ecuestre se reúnen los lunes, los miércoles y los viernes por la noche para entrenar por un par de horas.

Al igual que Las Palomas, más de 25 equipos de escaramuzas se juntan por las noches para entrenar en California, la mayoría en el sur del estado. Año tras año, compiten en torneos estatales, regionales y nacionales, algunos con ambiciones serias de representar a California en torneos de México y otros con el simple propósito de conservar su tradición y cultura.

Un equipo de escaramuzas se conforma de ocho integrantes, las cuales ejecutan movimientos coreografiados a caballo, con música de fondo. Las escaramuzas necesitan controlar el caballo, mostrando una coordinación perfecta.

El equipo de Las Palomas es una combinación de juventud con experiencia, aunque esta última no tiene nada que ver con la edad.

Paula Andrea Abedoy, de 29 años, comenzó desde los 12 como escaramuza, mientras que Rocío Guerrero, a sus 17 años, es toda una veterana, pues comenzó desde los 11.

Otras integrantes apenas tienen meses en el equipo y cuentan con poca experiencia en los lienzos, como Daisy Ramírez y Jennifer Becerra.

La responsable de mezclar esta experiencia con juventud es Zamudio, una capitana con una voz suave, pero de mucha autoridad y conocimiento. A cambio de este liderazgo, Zamudio le pide a sus compañeras el mismo compromiso: no faltar a sus entrenamientos y cumplir con las responsabilidades el día del evento.

Aunque la sesión de las escaramuzas dura minutos, hay muchas responsabilidades que cada una de las integrantes asumen cuando deciden vivir una vida charra, algo que pocos ven. Las integrantes limpian los corrales de sus caballos y ayudan en todo lo referente al mantenimiento de ellos.

Aparte del mantenimiento de sus caballos, las escaramuzas usualmente batallan para costear sus viajes; algunas no tienen el apoyo de la familia o el del esposo. Otras, como Becerra, sufren para perderle el miedo al caballo.

“Si no entras bien, puedes lastimar a alguien y puede ser algo muy peligroso para el equipo. Además, el caballo sabe cuando tienes miedo. Lo demuestran alborotándose; no hacen los ejercicios”, agrega Becerra, quien tiene seis meses en el equipo.

La hija de padres mexicanos cuenta que a ella le tomó unos cuatro a cinco meses para perderle el miedo a su caballo, más de la mitad del tiempo que lleva en el equipo. 

“En este deporte tienes que estar segura de ti misma”, describe la tapatía Guadalupe Ron, integrante desde hace unos pocos meses con Las Palomas.

Pero una vez que dominan el caballo, el sentimiento es algo que pocas pueden describir.

“Es un tipo de poder y de adrenalina; se siente bonito”, dice Guerrero.

Altos costos

Para escaramuzas como Ramírez, lo más difícil fue conseguir un caballo, pues ella es primera generación de charra.

“A mis padres no les gustaba. Tuve que comenzar a comprar botas y vestuario; me decían, ‘Daysi, está muy caro’”, dice la nacida en Pomona.

El precio del caballo varía en el tipo que se quiera tener (existen desde $1,000 hasta $20,000), mientras que la montura es de $600-$800. Algunas gastan desde $150 hasta más de $350 al mes en el mantenimiento del caballo, excluyendo las visitas al veterinario. Los vestidos cuestan alrededor de $300-$500, aunque los más caros pueden alcanzar hasta los $2,000.

La transportación de un caballo para una competencia en México puede costar arriba de los $1,600.

“Pero trabajando todo se puede; el que trabaja tiene derecho a todo”, dice Lizette Gálvez. “Cuando tienes la pasión, no hay nada que te detenga. Este es un deporte muy bonito, pero tienes que tener mucha pasión, mucho corazón, tenerle cariño a un caballo. Los sueños hay que hacerlos realidad; no importan las barreras. Es un deporte caro, requiere de mucho tiempo y trabajo”.

Para adolescentes como Guerrero, el sostener los gastos es más complicado, pero se las arregla trabajando con su hermana y en su trabajo de tutora.

Herencia

Gálvez tiene un mes con Las Palomas, pero su vida como escaramuza comenzó desde los 10 años en Saguayo, Michoacán, ya que su padre era un charro completo y desde muy temprano le inculcó el cariño a la charrería. Sin embargo, cuando su padre falleció, decidió dejarlo.

“Me faltó mucho; me daba mucha tristeza regresar por la falta de mi padre”, reconoce Gálvez, quien finalmente ha decidido volver a la vida de escaramuza con Las Palomas, ahora que tiene más tiempo y recursos.

“Para mí, el regresar es en honor a él. Quiero que donde esté se sienta orgullosa de mí; es lo que me heredó, lo único que me heredó”, dice Gálvez, quien espera que su hija pequeña siga sus pasos, tal como ella siguió los de su padre.

Guerrero, de 17 años, dedica su vida de escaramuza a su padre Efraín, quien la ayudó a entrar a este universo desde los ocho años. Su padre falleció hace tres meses y ahora desea seguir con esa tradición.

Otras, como Abedoy, lo utilizan como identidad. Ella es mitad colombiana y mitad mexicana. Su papá es de la Ciudad de México, aunque se mudó de pequeño a Guadalajara, donde conoció la charrería.

Abedoy, nacida en Cali y criada en Whittier, comenzó en las charreadas desde los 12 años, gracias a su padre, y a sus 29 años es una de las veteranas del equipo.

Otros retos…

Además de tener dificultades para costear sus actividades de escaramuza, a algunas como Ramírez, se le ha dificultado por las complicaciones en su salud, pues sufre de asma.

“Cuando yo empecé, cada dos o tres días iba al doctor, por el polvo, el estrés, me cansaba mucho, pero poco a poco me hacía más fuerte. Antes usaba mascarillas, pero ya no lo hago”, explica Ramírez.

“Estoy en las batallas en las que una vez si puedo, otro no. Cuando estás montando, estás en otro mundo. Es un desestresante”, expresa Ramírez, cuyos inicios en la actividad representaron para ellos dolores de pierna y de espalda.

“Pero ellas saben de mis condiciones, ellas me dicen que sí puedo. Ese ánimo que puedo para seguir es importante”, indica nacida en el Sur de California de padres de Guanajuato.

Liderazgo

La líder de las Palomas reconoce que muchas veces tiene que ser psicóloga del resto de sus integrantes.

“Tengo que saber cómo hablarles, pero ya la experiencia y el tiempo te dan las palabras y la actitud correcta”, dice Zamudio, cuya fallecida madre Angelina es su inspiración.

“La escaramuza es la novela más grande que he conocido en mi vida”, expresa. “Hay de todo; hay problemas con los papás, las hijas las corren, lloran, les quitan los caballos, les quitan las ‘trailas’, los esposos no apoyan, y hay veces que entre las mismas compañeras hay discusiones”.

Zamudio dice que aunque sus integrantes se desesperan, siempre trata de que haya respeto entre ellas.

“Si me piden un consejo se los doy; no me meto en la forma de cómo hacen su vida. Pero si ellas están bien afuera, van a estar bien adentro en el lienzo. Tienen que estar bien con su familia o su pareja”, señala.

Para Zamudio es muy importante el bienestar de todas sus integrantes, pues las vidas personales de cada una de ellas se reflejan en sus presentaciones.

Y mientras sea sacrificio económico o de tiempo, Zamudio cuenta que al final todo se resume en el sentimiento que se vive antes de cada participación.

“Cuando entro en un lienzo y escucho el nombre de mi equipo, me dan ganas de llorar; a lo mejor no somos las mejores, pero sabemos lo difícil que es esto y se siente mucho orgullo”, asevera ella.

Copyright © 2017, Hoy Los Angeles, una publicación de Los Angeles Times Media Group