El Olympic Auditorium, ahora convertido en iglesia, era el lugar para vivir grandes batallas

Cuando Gene Aguilera, un nativo de Los Ángeles, comenzó a acudir al Olympic Auditorium a los 11 años, el ambiente no era precisamente para un menor de edad.

Acudía a funciones de lucha libre y boxeo, su deporte favorito, en 1964. Aguilera recuerda el ambiente del edificio de la esquina de Grand Avenue y 18th.

“El Olympic tenía un olor de sudor, hot dogs y cerveza. Era el lugar para acudir los jueves por la noche”, señaló Aguilera, autor de dos libros del boxeo del Sur de California: “Mexican American Boxing in Los Angeles” y “Latino Boxing in Southern California”.

“El Olympic era el lugar para ver boxeo en Los Ángeles. Era de verdad. Las peleas eran competitivas, difíciles. Después de una pelea buena, la gente tiraba dinero, monedas, a los peleadores después de que ganaban”, expresó Aguilera.

Desde que abrió sus puertas a los angelinos en 1925, el Olympic Auditorium ha sido testigo de legendarias peleas.

“El Olympic era el epicentro del boxeo en Los Ángeles”, indicó Aguilera.

La primera cartelera grande en esta sede fue en enero de 1925 cuando Jimmy McLarnin ganó una decisión a 10 asaltos ante Fidel LaBarba en duelo de peso mosca.

En 1942, el promotor Cal Eaton contrató a Aileen LeBell para que se hiciera cargo del lado de negocios para las funciones de boxeo, con Babe McCoy como el matchmaker. Para 1945, LeBell ya era la encargada de las promociones y tres años después, Aileen se convertiría en la señora Eaton.

Fue así como la señora Eaton fue uno de los personajes más grandes del boxeo en el Sur de California. Eaton movió las peleas de los martes a jueves por la noche para acomodar el horario de la televisión.

“Ella sabía hacer estrellas en el Olympic Auditorium, ella buscaba a los mexicoamericanos, a diferencia del Forum, donde promovían más a los mexicanos como ‘Mantequilla’ Nápoles y Rubén Olivares, Rafael Herrera, Chucho Castillo”, expresó Aguilera.

En los 60s y 70s comenzó la era dorada del Olympic. Pocos pueden olvidar en 1960 cuando Sugar Ray Robinson empató ante Gene Fullmer tras 15 asaltos por la corona de peso mediano de Fullmer. Por $25 podrías ver una pelea titular cerca del cuadrilátero. 

El lugar siempre fue conocido por su ambiente fuerte en las gradas. El 30 de abril de 1964 se desataron varios actos de violencia tras la victoria polémica del japonés Hiroyuki Ebihara por decisión dividida sobre el mexicano Alacron Torres. Aproximadamente 9,400 personas entraron esa noche al Olympic y se desataron varias peleas después del duelo. Al final, el Olympic reportó $150,000 en daños durante los desmanes ocurridos por 45 minutos tras la decisión en contra del local Torres.

Al Olympic Auditorium llegaron peleadores como Mando Ramos, Carlos Palomino, Armando Muñiz, Alberto Dávila, Bobby Chacón, entre otros.

“Era emocionante porque veías a peleadores jóvenes como Bobby Chacón en las preliminares y luego los veías peleando por un título del mundo”, recordó Aguilera. “Eso era lo que lo hacía emocionante”.

En 1970, en una de las peleas más simbólicas de esta sede, Mando Ramos venció por decisión a Ultimo Ramos en una función que quebró el récord de ganancias de boletos de $91,037, en lo que fue probablemente la batalla más famosa en el Olympic Auditorium.

En 1977, Carlos Palomino logró una de las victorias más dramáticas en la historia del Olympic Auditorium al vencer a Mando Muñiz por nocaut en el round 15 de una pelea sumamente cerrada, para retener su título de peso welter del Consejo Mundial de Boxeo. Los dos eran amigos que vivían en Los Ángeles y fue la primera contienda entre hombres graduados de la universidad.

En1980, Los Angeles Athletic Club vendió el edificio a Jack Needleman, y Eaton se retiró.

Entonces se dieron dos peleas que marcaron capítulos oscuros en la arena. En 1981, Johnny Owen, de 24 años, murió tras una nocaut propinado por Lupe Pintor.

Dos años más tarde, otro hombre, esta vez un mexicano, Kiko Bejines, de 21 años, murió también producto de fuertes golpes que recibió en una contienda ante Alberto Dávila.

A inicios de los 2000 cerró sus puertas para el boxeo y una iglesia coreana llegó al rescate de la demolición.

Hoy en día, Aguilera cada que pasa por la Grand y 18th Street, lo compara como pasar por un funeral y ver un ataúd.

“El edificio está ahí, pero el espíritu ya se ha ido”.

Copyright © 2018, Hoy Los Angeles, una publicación de Los Angeles Times Media Group
72°